Veinte guardias lo esperaban en el pasillo. Alejandro se detuvo en seco. La alarma resonaba por toda la prisión, un aullido metálico que perforaba los oídos. Las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre los rostros de los hombres que bloqueaban su camino. Sabían que vendría. Darius los alertó. El capitán de la guardia dio un paso adelante. Era el mismo hombre que lo había escoltado el día del juicio, el de la cicatriz que le cruzaba la nariz como un hacha mellada. «Alejandro Renn.» Su voz resonó sobre la alarma. «¿De verdad pensaste que escaparías?» Alejandro no respondió. Evaluó la situación con sus sentidos amplificados. Veinte hombres. Armaduras ligeras. Espadas cortas. Dos con ballestas en la retaguardia. El pasillo tenía cinco metros de ancho, suficiente para que atacaran

