Capítulo 05

1623 Words
Capítulo 05 Roberto Después del Baile Benéfico de la Familia Cerviantes, salí con la cabeza revuelta y sintiendo que mi cuerpo estaba necesitado. No sabría decir si era por las copas que me había tomado o por el torrente de sensualidad que la misteriosa Leonora había descargado sobre mí, pero necesitaba urgentemente descargarme en un cuerpo de mujer. Por desgracia, la bella acompañante de Kaique no estaba de humor. Nunca he sido el tipo de hombre que se fija en mujeres comprometidas, pero esta era una situación particularmente diferente. Parecía que había encontrado mi "kriptonita". Solo tuve que verla para darme cuenta de que la deseaba y cuando pude acercarme a su cuerpo en aquella pista de baile, me sentí borracho... La bella Betina no era una opción inmediata para mí, la respetaba mucho y esperaba que las cosas entre nosotros se dieran de manera planeada y tranquila, sin embargo, en ese momento lo que tenía era urgencia. Por suerte para mí, Betina se ofreció a llevar a casa a una amiga borracha y yo quedé libre para satisfacer los deseos de cierta anfitriona de la fiesta que me había estado enviando miradas libidinosas toda la noche. Y allí estaba yo, sentado en el sofá del salón de esta Valquiria que, con facilidad, me había arrancado los pantalones y se arrodillaba ante mí como si yo fuera un rey al que tuviera el deber de servir. Mientras chupaba mi m*****o ya rígido con sus labios carnosos, me preguntaba cómo podían existir mujeres tan temerarias. Yo era un desconocido y ella me llevó a su apartamento sin pensárselo dos veces. Pero quizás la chica morena era como yo: con una bomba cachonda en su interior a punto de detonar. Fuera cual fuera su razón, cerré los ojos y saboreé la boca experimentada que me sacaba un chorro grueso y caliente. - ¡Qué delicia! - dijo tragándoselo todo, luego me la chupó y yo la penetré a su vez. Cuando terminamos, la mujer corrió a la ducha. Suspiré un momento, dándome cuenta con alivio de que toda aquella oleada de tensión s****l se había esfumado. ¿Cuándo me había sentido así por última vez? De hecho, ¿alguna vez me había sentido así? No. Aunque tenía cierta facilidad para encontrar chicas dispuestas para mí, nunca había llegado a ese nivel de urgencia de un hombre que ha estado sin nadie durante mucho tiempo. Y ese sentimiento de culpa me invadió de nuevo. Últimamente, había sido así: me acostaba con una mujer y entonces me consumía un extraño sentimiento de culpa, como si me estuviera haciendo algo muy malo a mí mismo. Fue entonces cuando realmente empecé a pensar en Betina como alguien para toda la vida. Era muy consciente de que la joven había crecido, oyendo que sería la nuera de la familia Cerviantes, ya que una unión entre nosotros se consideraba perfecta para los negocios, dado que su padre era el accionista mayoritario del Banco Rupert. Si antes me había parecido todo muy medieval, ahora, ante un vacío cada vez mayor en mi interior, estaba cediendo a todas las cosas que antes había considerado insensatas. Había llegado el momento de serenarme, formar una familia y tener una vida s****l menos perversa. Mi amiga rubia era dulce, guapa y de excelente carácter. Después de todo aquello, me marché sin despedirme de Valquiria y cuando llegué a mi propio apartamento, me di un largo baño y me dormí durante horas. Me desperté a las once con el sonido del despertador, que me recordaba el almuerzo con Betina. Me arreglé y compré flores de camino a su restaurante italiano favorito. Ya estaba en la mesa del restaurante con una taza de vino en la mano cuando vi entrar a Betina por la amplia puerta de vidrio. Con su vestido nacarado hasta la rodilla, era una auténtica princesa de cuento de hadas. Tenía los mismos rasgos dulces que cuando era niña, pero sus generosas curvas demostraban que había crecido. - ¡Rob! - Me dedicó una gran sonrisa al verme - Estás muy elegante, de hecho, eres elegante. - Y tú eres una princesa, como siempre. - La saludé con un beso en la mejilla y luego le entregué las rosas rojas. - ¿Para mí? - Abrazó el arreglo floral- Mis favoritas. - Mi hermano me ha dicho que te encantan las rosas rojas. Ven y siéntate. - Hacía tiempo que no salíamos a solas y me sorprende la invitación. - Para ser sincero, tengo segundas intenciones - Dije misteriosamente-. - Pero primero cenemos. Ah, además, cuéntame cómo va el trabajo con tu padre. - Rob, me cuesta seguirle el ritmo, pero no dejo nada que desear. Seguimos hablando de nuestras rutinas y poco después nos sirvieron. Betina era una compañía agradable y muy neutral, como una hermana... ¡No! Tenía que hacer un esfuerzo para verla como una mujer y perseguir así mis objetivos. Iba a declararme a ella, sin que los sentimientos desbordados se interpusieran en mi pensamiento, sin esa urgencia s****l que me llevaba a actuar como un lobo voraz la mayor parte del tiempo. Tendría que ser delicado con ella. Sabía que nunca había sido de nadie y ahora, ante un paso tan importante, quería serle fiel, porque era lo que se merecía. - Me alegro de que hayas venido - le dije - Tu presencia siempre me produce tanta ternura. - Sí, siento lo mismo. - Nos conocemos desde que éramos adolescentes y siempre he admirado lo fuerte y capaz que eras de resolverlo todo. - Es que yo soy mayor que tú, los niños tienden a admirar a los mayores. - Tal vez... pero no recuerdo haber admirado así a otros chicos. - Has crecido, ¿tienes veinte años? - Tengo veintidós, Rob. - ¿Es la misma edad que mi hermano? - No, ¡Cristian tiene veintiseis! - se rio ella.- ¿De verdad no sabes la edad de tu hermano? - ¿No fuisteis juntos al colegio? - En cursos diferentes. Y llegaba tarde a clase, ¿recuerdas? - Da igual, me estoy saliendo del tema. - Cierto, estabas hablando de lo mucho que he crecido. Así que te has dado cuenta de que ya no soy una niña pequeña. - No te lo puedes perder - dije mirando las generosas curvas de sus pechos. Volvió a sonrojarse y sonreí -. No solo te has convertido en una mujer hermosa, sino que además eres muy noble y especial. -Gracias. - De repente se volvió tímida. - Betina, nuestras familias también están muy unidas, ¿verdad? - Sí.- Ella tomó un sorbo de su vino - Hoy estás actuando extraño, Rob. Las rosas, esta cena elegante y los cumplidos... - ¡Espera!- Entonces saqué una cajita del bolsillo y se la entregué - Quiero dar un paso importante contigo. Abrió el pequeño joyero y la oí exclamar sorprendida al ver el anillo. - ¿Es un anillo de compromiso? - Sí, quiero que lo aceptes. De verdad creo que juntos formaremos una familia perfecta. - Yo... estoy sorprendida... - ¿Y feliz? - Sí... - Su voz temblaba - Sabes que siempre he sentido algo por ti y te confieso que he imaginado este momento muchas veces, pero... - Pero... - Siento que me estoy saltando un paso - suspiró.- ¿No deberíamos salir antes de comprometernos? Quiero decir, nunca nos hemos besado, así que es extraño... - Ya lo solucionaré. Me incliné hacia ella y abrió los ojos. Al rodearle la cintura con el brazo, me di cuenta de que estaba muy rígida y nerviosa, pero tiré de ella para acercarla más, sintiendo sus pechos llenos apretados contra mí. La besé suavemente hasta que su respiración se calmó. Poco a poco fue respondiendo al beso y, cuando me separé de ella, Betina tenía la cara roja como una guindilla. - ¿Te han besado alguna vez? - Claro que sí. Rob, ¡ya tengo veintidós años! - se indignó. - Pero, ¿por qué? ¿Soy mala besando? - se preocupó de repente. - Parecías nerviosa. - Es que no me lo esperaba... - De todos modos, la parte de los besos ya está resuelta. - Aún así... - Querida Betina, siempre fue un hecho concreto que un día estaríamos juntos. Prometo ser un buen marido. - Mira, Rob, ni siquiera sé cómo reaccionar. - Cogió el anillo y se lo puso en el dedo - Le queda perfecto. - Sí, encaja. - Te diré una cosa. Acepto, pero quiero que intentemos ser novios al principio. Ir al cine juntos, pasear de la mano. - Continuó mencionando todo lo que esperaba de una relación. Sinceramente, yo no tenía mucha paciencia para el romanticismo, quería algo sin complicaciones, pero la vida me ha enseñado que las mejores cosas hay que ganárselas. - Estoy de acuerdo. Betina sonrió. Todavía no parecía creerse todo lo que estaba pasando, que pronto estaría usando mi nombre. No quería un noviazgo largo, pero no debía ser tan corto como para que la gente empezara a hacerse una idea equivocada de mis prisas. Al final la llevé a casa, donde vivía con sus padres, y volvimos a besarnos. Parecía tener ganas de más, pero la dejé sana y salva. Cuando volví a mi apartamento me pregunté si debía darle la noticia a mi padre de inmediato. Se habría puesto muy contento, eso seguro. Lo dejé para el día siguiente en el trabajo. - Así es, ahora soy un hombre comprometido. En ese mismo momento, me vino a la mente la imagen de Leonora y me recorrió un escalofrío. Por suerte no la volvería a ver, de lo contrario sería muy difícil seguir haciéndome el caballero.
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