4. Nadie es lo que parece

1972 Words
Ethan - ¿En serio? – No se si reír o molestarme por lo que acaba de hacer. - ¡Vamos! Ni cuenta se dio de quién soy – se qué se está aguantando una risa. Lo conozco como la palma de mi mano, y si no fuera porque nos criamos como hermanos hace mucho tiempo lo hubiera desaparecido. - Eso tu no lo sabes – miro a través de los cristales observando como mi nueva asistente copia algo en una agenda – tenemos reglas Luis, si llamas desde Italia o cualquier parte del mundo jamás digas tu apellido – me levanto de mi cómoda silla para estirar un poco los músculos mientras recorro la oficina. - Estas demasiado paranoico Blake, te aseguro que esta nueva chica está bien referenciada, no nos pasará lo mismo que con la soplona de la mafia rusa – suspiro pesadamente. - Eso espero – por mi mente pasa la cara de Alexandra – porque si vuelva a pasar algo parecido te juro que te castro – y no estoy de broma. Casi pierdo el control de la ‘Ndrangheta y ni hablar de que casi me matan. - Vamos Rey – cierro mis ojos y aprieto mi entrecejo – con mi pequeño no te metas – sabía que diría algo así. - La verdad no se cómo te aguanto – niego entre risas. - Lo que no sé es como vas a cumplir tu dichosa regla de “No te enrolles con tu asistente”, porque si esa chica está tan ardiente como su carácter válgame Dios – vuelvo a reír. - Créeme cuando te digo que es la mujer más ardiente que he visto – separo el teléfono de mi oído antes de quedar sordo. No sé en qué estaba pensando cuando lo dejé al frente de la mafia italiana. -  Eres el rey de reyes Ethan, eres el puto Rey n***o, doma a esa bestia salvaje en la cama. - ¡Luis! – alzo mi voz callándolo en el proceso – sabes que no me gusta que trates a las damas como objetos – silencio absoluto de su parte – tengo una regla que cumplir, por mi descuido casi metemos la pata y créeme, la señorita Steele no es una chica fácil como las demás – más silencio – me atrevería decir que es la mejor mujer que he conocido. - ¡Mierda! – frunzo mi entrecejo – no lleva ni un día y ya logró conquistar al Mrs. Magnate – aprieto mis dientes. Odio ese sobrenombre, pero más que eso odio el significado que hay detrás. Recuerdo cuando inicié mi negocio acá en Alemania, ninguno de mis camaradas creía que lograría gobernar dos mafias al mismo tiempo, y hacerlo tan bien que ninguna agencia de investigación supieran quién es el Rey bajo la máscara; cuando llegue a posicionarme como el gran magnate de Alemania reemplazaron mi título de Rey n***o como Mrs. Magnate. Idiotas. - Déjate de estupideces y dime de una vez para que llamaste – miro mi reloj, el tiempo sí que vuela. - ¡Ah sí! La carga está lista – levanto mi mirada para apreciar la grandiosa vista de Berlín – y llegará justo para año nuevo. - ¿El primero de enero? - Así es, ya tengo preparado todo, desde el muelle la transportaremos a la bodega – asiento para mí mismo. - Quiero que me estés informando, esta venta es bastante importante y no nos puede faltar ni un miligramo de coca. - Si señor – cuelgo sin más. Suspiro pesadamente mientras acabo de retirar mi corbatín, saber que tengo que posar para un camarógrafo me da jaqueca, pero lo bueno es que el dinero de las fotos será donado a una fundación. Algo importante es que nadie aparte de mi mano derecha y mi médico personal ha visto mi cuerpo, y prefiero mantenerlo así, ni siquiera las mujeres que me follo me han visto, algo que les parece raro pero por tenerme entre sus piernas prefieren ignorar. Salgo con Artemisa de la empresa y no puedo evitar mirarla mientras escribe en su libreta y está sentada justo a mi lado, desprende seguridad, inteligencia, belleza, sin quererlo recibe miradas de todos los hombres que pasan por su lado y es algo que ni ella se da cuenta o simplemente ignora, me fascina. - Créame cuando le digo que de princesa no tengo un pelo - ¿les hablé de su risa? Si no es así déjenme decirle que es el sonido más placentero que he escuchado, no me quiero imaginar que otro sonidos puede hacer esa boca. - Usted puede ser mi reina si así lo desea – sería un buen elemento aunque ni loco la metería en esto - ¿no entra señorita Artemisa? – pregunto divertido al ver su expresión de desconcierto. - He … si, si claro … gracias – ¡wow! Es sorprendente como se recompone de fácil ante semejantes palabras, si supiera que en realidad si podría llegar a ser mi reina se comportaría como las demás mujeres, melosas casi como un chicle y coquetas, pero no, ella es muy profesional y eso me agrada … ¿o será tal vez que no le intereso? Eso sería imposible, mírenme, quién no quisiera que la pusiera a ver estrellas … talvez … ¿le gustan los jovencitos? Aprieto mi mandíbula cuando noto como un adolescente está avergonzado bajo la atenta mirada de Artemisa ¿será posible? Espero que no aunque solo nos llevamos tres años, decido levantarme de repente de la silla en la cual estaba posando y me acerco rápidamente al par que tengo al frente, los cuales se levantan estrepitosamente. - ¿Interrumpo? - No – pobre, tiene cara de pollo desplumado - claro que no señor Blake, yo ya me retiro – intento dar mi mejor sonrisa mientras el chico se retira. - ¿Coqueteando con jovencitos? – Por fin Artemisa posa su mirada en mí y luego de un segundo estalla en risas negando. Es la primera asistente que es tan transparente que no duda en mostrar al mundo su estado de ánimo, aunque de una u otra forma siento que debajo de esos dos iris celestes esconde algo más. - ¿Celoso señor Blake? – ¿Qué -? Su pregunta me desconcierta, no estoy celoso, digamos que estoy intrigado, o eso espero, no le pienso decir que quiero su atención, no cuando tengo una maldita regla que cumplir a mi mismo, así que le respondo algo que ella no esperaba. - Tal vez señorita Steele – y sin más me doy la vuelta para retomar la sesión. Que día tan interesante y eso que aún no ha acabado. ___ Aunque ya se que nadie es lo que parece y que la señorita Steele es una dama bastante intelectual no me dejo de sorprender. - ¿Qué tal “la capital del software”? – susurra a mi lado para que solo yo la escuche. Giro mi rostro clavando mis ojos en los suyos mientras llevo mi mano izquierda a mi mentón y rapo mis dedos con mi barba, sopeso el título y es el mejor que he escuchado en la larga reunión. El nuevo proyecto de Blake Enterprises será la creación de una universidad privada especializada en tecnología, el nombre de la universidad ya está decido, pero además quieren establecer tecnología de nuestra marca en otras empresas, lo cual generará un increíble valor, y lo cual aún no tiene nombre, o tenía. - Señores – no necesito levantar la voz para que todos dejen de lado lo que están haciendo y concentren su atención en mi - ¿Qué les parece “la capital del software”? Creo que ese título representa el poder que Blake Enterprises tomará en Berlín – inmediatamente acabo todos empiezan a alabar la idea y deciden aprobarla. Conozco a estos señores, el poder los hace querer sobrepasar a los demás y ven empleos como los de Artemisa bajos y deshonrosos cuando no lo son, por el contrario, si no fuera por esta chica a mi lado la cual toma nota en su computador de la forma más hábil que he visto no podríamos haber dado por terminada esta reunión. Así que decido reprenderlos un poco. - Entonces está decidido – habla uno de los inversionistas – es un magnífico nombre señor Blake, nada raro que se le haya ocurrido a una mente maestra. - En eso tiene usted toda la razón – me giro hacia Artemisa que al sentir el peso de mi mirada más la de todos los presentes deja de digitar y alza su vista – es usted una genio señorita Steele – por el rabillo del ojo noto como todos cruzan miradas entre sí – nunca se me hubiera ocurrido tan espléndido nombre para este gran proyecto – me pongo de pie ante la atenta mirada de todos – así que por favor denle las gracias a mi nueva asistente por su maravillosa idea, cualquier duda por favor háganselo saber a ella – la estupefacción en sus rostro es grata. Todos y cada uno al salir no solo inclinan su cabeza hacia mi sino que miran a Artemisa de arriba abajo, unos con desprecio, otras con admiración y otros con lujuria, esto último me da una breve molestia en mi pecho y me dan ganas de estampar mi puño en sus quijadas. - Siento mucho si lo que hice la molestó – la ayudo a recoger sus cosas mientras no disimulo en observar cada uno de sus movimientos. - No me molestó en absoluto, es solo que – toma su portátil entre sus brazos – no me esperaba que me diera los créditos – me miró a los ojos. Y lo más impactante es que sostuvo la mirada, nadie nunca me sostiene la mirada, ya sea porque se sienten intimidados por ser su jefe, o porque les doy miedo al ser un mafioso, aunque esto último no muchos lo sepan. - ¿Por qué razón no le daría el crédito? Fue su idea, y déjeme decirle que durante las reuniones que tendremos podrás opinar todas las veces que desees sin necesidad de susurrar – aunque me encantó que lo hiciera. - Que curioso es usted señor Blake – ladea su cabeza y toma una actitud juguetona. - ¿Curioso? – llevo mis manos a los bolsillos de mi pantalón mientras me recuesto en la gran mesa de conferencias. - Ajam, la mayoría de los magnates son soberbios, petulantes y narcisistas que no les importa la salud y mucho menos la educación de los jóvenes, o incluso llegan a tener algo sucio escondido – siento como algo hace clic en mi cerebro, si supieras Artemisa - usted es … diferente, eso lo vuelve atractivo para una mente curiosa – ahora hay otro clic pero en mi pecho que recorre hasta debajo de mi pelvis. - Recuerda que por la curiosidad murió el gato – me acerco solo un poco a ella. - Pero murió sabiendo – sonríe mientras da un paso hacia atrás – hasta mañana señor Blake – sin esperar que le responda da la vuelta y cuando está apunto de cruzar el umbral de la sala de conferencia hablo deteniéndola. - Nadie es lo que parece señorita Artemisa – vuelve a sonreír. - En eso tiene usted razón – y sin más se da la vuelta y se va. Suelto una bocanada de aire bajando mi mirada y notando como mi amigo ha despertado. Santa mierda, ni siquiera la he rozado ¿Cómo unas simples palabras y miradas me ponen así? Espero no arrepentirme de haber creado semejante regla para mi mismo, y espero poder acatarla y que el deseo no me haga perder la cabeza.
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