Santiago Álvarez La luz de neón parpadeaba sobre el pasillo, lanzando destellos fríos sobre las paredes manchadas de humedad. Dos guardias me escoltaron hasta la sala de visitas privada. No era común tener ese privilegio, y mucho menos a esta hora. Sabía que Máximo había movido hilos, pero la pregunta era… ¿por qué Pilar Montenegro había pedido que estuviéramos solos? Empujaron la puerta. Ahí estaba ella. Pilar. Chaqueta ajustada color crema, blusa blanca que dejaba adivinar más de lo que mostraba, cabello rojo cayendo sobre un hombro, labios pintados con esa precisión que parece hecha para provocar guerras. Sentada con las piernas cruzadas, no me miraba… todavía. —Buenas noches, señor Álvarez —dijo, sin sonreír, pero con esa voz que araña suave. Me senté frente a ella, despacio, apo

