—¿Por qué él se negó a marcarte a ti? Un Alfa reclama lo que es suyo por completo, a menos que tenga miedo, o que quiera rechazar a su pareja.
¿Qué es lo que Daemon vio en ti que lo hizo retroceder en el último segundo?
Kaelin tragó saliva. La verdad era un secreto que quemaba, que le dolía: Daemon no la marcó porque sabía que el vínculo mutuo era una sentencia de muerte compartida. Si él la marcaba, sentiría cada vez que ella absorbiera una estrella; sentiría cómo su alma se fragmentaba para dar paso a la luz y al final, cuando ella se transformara en polvo cósmico para restaurar el cielo, él sentiría el dolor con ella y él fué lo suficientemente claro para hacerle saber que no estaba dispuesto a sufrir por ella.
—Él me encontró cuando estaba rota —respondió ella con voz cortante, empujándolo ligeramente—. No te daré explicaciones sobre mi pasado con él.
—Lo sé —la voz de Júpiter Craine llegó desde el final del pasillo, pesada y cargada de una autoridad que no admitía réplicas—. Queda claro que no le darás explicaciones de ese maldito malnacido porque lo proteges todavía —bufó molesto, emergiendo de las sombras.
Su sola presencia hizo que la temperatura del pasillo bajara varios grados—. Valerius y Elowen nos esperan en la sala de guerra. El vínculo no solo te envió visiones a ti, Kaelin. Mis manos todavía se sienten como si estuvieran sumergidas en agua hirviendo y quiero saber por qué maldita razón.
Sebastián no entendía, el no había dormido, con esas imágenes de Kaelin fue imposible así que no comprendía de que hablaba su hermano.
La sala de guerra era un espacio opresivo, rodeado de estandartes de los Craine y mapas que mostraban un mundo desmoronándose. El Príncipe Valerius permanecía en la zona más oscura de la estancia, su piel pálida brillando con una luz lunar enfermiza. A su lado, Elowen, el Rey Blanco, movía sus manos sobre una mesa de cristal, donde el mapa del mundo parpadeaba en tonos rojos.
—Llegas tarde, elemental —dijo Valerius, su voz como el roce de la seda sobre una tumba—. Supongo que ya todos están en posición de conversar con mejor disposición —esbozó con ironía.
Kaelin se situó en el centro de la habitación, flanqueada por Júpiter y Sebastián. Se sentía como un espécimen bajo un microscopio, pero la energía que emanaba de su pecho era ahora una armadura.
—Ustedes llaman a esto "el despertar" —comenzó Kaelin, su voz ganando una fuerza ancestral que hizo que las antorchas oscilaran—. Pero lo que está ocurriendo es el cobro de una deuda que sus ancestros se negaron a pagar. La leyenda de la Diosa Selene que les contaron en la infancia es una mentira diseñada para limpiar sus conciencias.
Elowen frunció el ceño, sus ojos de conocimiento perpetuo de la tierra y los bosques antigüos buscando una grieta en el relato.
—Esos sueños que tú tienes... ¿son premoniciones o simples pesadillas? Porque de repente las tenemos todos —interrogó el elfo.
—La leyenda dice que un demonio robó las estrellas y que fueron esparcidas por el mundo porque fuimos bendecidos y estábamos destinados a protegerlas —añadió Júpiter, cruzando los brazos sobre su pecho masivo.
—¡Es una mentira! —exclamó Kaelin, y un pequeño arco eléctrico saltó entre sus dedos, iluminando la sala—. No hubo un solo demonio; El traidor original fue el Rey Licano, el primer ancestro de la estirpe de los lobos.
Él envidiaba la luz eterna de Selene, pero no actuó solo. Fue el Consejo de las Especies completo el que conspiró.
Valerius se tensó, sus colmillos asomando apenas bajo el labio superior.
—Lobos, elfos, vampiros, tritones, furias y brujas...
—Kaelin los señaló uno a uno con la mirada—. Todos se unieron por envidia.
Por la vanidad de poseer algo que no les correspondía, fragmentaron el corazón de Selene para alimentar su propia magia. Buscaban hacerse inmortales, buscaban abundancia, buscaban poder...
Lo que llamaron "botín de guerra", las estrellas que guardan en sus cámaras, son los fragmentos de un equilibrio que nuestras especies rompieron. El mundo se muere porque así lo decidimos.
Decidimos que el universo era algo que podíamos saquear. El silencio que siguió fue absoluto, pesado como una losa de plomo. Júpiter miraba el mapa con una expresión de horror naciente, mientras Sebastián mantenía una calma antinatural que resultaba más aterradora que cualquier rugido.
—Si somos los hijos de los ladrones del cosmos —dijo Sebastián, rompiendo el silencio con un paso al frente—, ¿cuál es el costo de la redención?
Se detuvo a centímetros de ella, ignorando la mirada de advertencia de su hermano.
—Dime, elemental... ¿cuál es el precio que pagas tú? —preguntó Sebastián, sus ojos de ámbar perforando los de ella—.
No nos digas que lo haces por bondad. Nadie carga con el dolor de un mundo entero gratis. ¿Qué te sucede a ti cuando tomas esa luz? ¿Cómo es que las estrellas son recuperadas?
Kaelin apretó los labios. No podía revelar que, al absorber la última estrella, ella dejaría de ser carne y hueso, se convertiría en parte del cosmos, en polvo cósmico, una entidad que ya no tendría lugar en el mundo físico.
Moriría sin conocer el amor, la calidez y algo que no fuera el sacrificio.
Se quedó callada, sintiendo el escrutinio de todos, pero en ese momento de soledad absoluta, ocurrió algo que nunca había experimentado; Através del vínculo que la unía a los gemelos, una sensación comenzó a filtrarse en su sistema, no era la lujuria salvaje de Sebastián, ni la culpa pesada de Júpiter.
Era preocupación, una preocupación pura, angustiante y abrumadora que venía de ambos.
Por un segundo, Kaelin pudo sentir el miedo de Júpiter a que ella se rompiera bajo el peso de la estrella, y la ansiedad inusual de Sebastián ante la idea de que ese aroma a ozono y cielo desapareciera para siempre. Ellos, los "monstruos", estaban sintiendo un terror genuino por su bienestar.
Ese sentimiento inédito la golpeó con más fuerza que cualquier visión, Kaelin se tambaleó ligeramente, y antes de que pudiera caer, dos manos —una cálida y ruda, la otra firme y callosa— la sostuvieron por los codos.
Kaelin miró a sus dos compañeros, dándose cuenta de que el abismo entre ellos se estaba cerrando, y que el secreto que guardaba sobre su propio sacrificio final se volvía una carga insoportable.
—No has contestado por qué tenemos esas visiones —dijo Valerius, su voz extrañamente filosa—. La Leyenda habla de siete fragmentos. Yo poseía uno... y he venido por el mío.
Kaelin lo miró y suspiró: —Pueden verlo porque la estrella que he consumido activó la profecía sagrada, durante siglos, mi propia especie llevó a la casi extinción de los lobos elementales para ocultar esto.
En cuanto se consumió la primera estrella, Daemon Vane me encadenó para que nadie pudiera conocer la verdad. Él quería acaparar el poder, como ustedes saben, la terquedad es un elemento inherente en los alfas.
Elowen, el elfo, al fin habló: —¿Tuviste una visión de mi pueblo?
—Sí… la destrucción de tu pueblo y de todo cuanto existe —respondió Kaelin.
El silencio sepulcral llenó la habitación, solo interrumpido por el sonido del viento golpeando las murallas.
—Pero hay algo más —añadió Kaelin, bajando la voz—. La estrella de agua, la que tienen aquí... está llamando a sus dueños originales.
No son solo visiones lo que comparten, es una baliza y estamos contra reloj, si no la liberamos o si yo no la absorbo pronto, la presión del agua en el mundo exterior no se detendrá hasta que la Ciudadela sea una tumba sumergida.
Júpiter apretó el agarre en su brazo, no para lastimarla, sino para asegurarse de que seguía allí.
—Dime una cosa, Kaelin —dijo Júpiter con voz ronca—. Si te entregamos la estrella... ¿qué nos garantiza que no te convertirás en el mismo monstruo que fue Daemon? O peor... ¿qué nos garantiza que no te perderemos en el proceso?
Kaelin miró a Júpiter a los ojos, y por primera vez, no vio al Alfa que la capturó, sino al hombre que temía volver a perderlo todo. Antes de que pudiera responder, la puerta de la sala de guerra fue golpeada con tal violencia que los goznes de hierro crujieron.
Dorian entró, pálido como un espectro, con la ropa empapada.
—Señor... —jadeó el Gamma—. el agua, no es una tormenta. Es el río, el cauce ha subido diez metros en un minuto y las puertas inferiores están cediendo, además hay algo en el agua... algo que no es humano.
Kaelin cerró los ojos, sintiendo el frío glacial del océano invadir sus sentidos.
Los Tritones no esperaban a que ella decidiera. Habían llegado a reclamar lo que les pertenecía.
—El precio de la traición —susurró Kaelin—. Acaban de empezar a cobrarlo.