Capítulo 23: La Comprensión de la carga

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El silencio que siguió al despertar de Kaelin no fue de paz, sino de una estática ensordecedora. Júpiter la soltó con una brusquedad que nació del puro terror. Se puso en pie de un salto, dándole la espalda para que ella no viera cómo sus manos temblaban, mientras sus hombros subían y bajaban en una respiración errática. A unos metros, Sebastián permanecía de rodillas, con los dedos enterrados en la tierra plateada; sus ojos ámbar estaban inyectados en sangre, fijos en el suelo, como si tratara de asimilar que el latido de Kaelin volvía a sonar. —¿Qué pasó allá adentro? —la voz de Júpiter fue un hilo de acero a punto de romperse. —No... no lo recuerdo —mintió Kaelin. Su voz sonó pequeña, extraña—. Solo hubo luz y luego no lo recuerdo ... Kaelin sintió el peso de la margarita de Selene

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