Victoria llevaba casi veinte minutos mirando por la ventana del automóvil cuando Adriano decidió romper el silencio.
—Si sigues apretando ese teléfono, terminarás partiéndolo.
—Y si sigues observándome, quizá termine rompiéndote algo a ti.
Adriano soltó una risa baja.
—Ahí está la mujer que conozco.
Victoria giró el rostro hacia él. La sonrisa que encontró en sus labios le pareció irritantemente atractiva.
—¿Y qué mujer esperabas encontrar?
—La que entra en una habitación convencida de que puede controlar a todo el mundo.
—Puedo.
—¿A todo el mundo?
La forma en que lo preguntó hizo que Victoria comprendiera que aquella conversación no tenía nada que ver con el registro de sucesión.
—No empieces, De Luca.
—Yo no he empezado nada.
—Tu sonrisa dice lo contrario.
Adriano se inclinó ligeramente hacia ella.
—Mi sonrisa dice que llevas toda la tarde pensando en algo que no tiene nada que ver con tu investigación.
Victoria alzó una ceja.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque yo llevo toda la tarde pensando exactamente en lo mismo.
El silencio que siguió fue diferente.
Victoria apartó la mirada primero, molesta consigo misma por sentir que el corazón le latía más deprisa. Había pasado años aprendiendo a identificar las debilidades de sus enemigos, pero Adriano estaba descubriendo las suyas sin necesidad de interrogarla.
Y eso la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Llévame a casa —ordenó.
—¿A tu casa o a la mía?
Ella volvió lentamente la cabeza.
—¿Siempre eres tan insoportable?
—Solo cuando una mujer hermosa intenta fingir que no desea besarme.
Victoria se quedó mirándolo un segundo.
Después sonrió.
No una sonrisa amable, sino esa expresión peligrosa que aparecía cuando estaba a punto de hacer algo que nadie esperaba.
—Entonces deja de hablar.
Adriano no tuvo tiempo de responder antes de que Victoria se acercara y lo besara.
Fue ella quien tomó la iniciativa, como casi siempre hacía con todo lo que realmente deseaba. Le sujetó suavemente la mandíbula y lo besó con una seguridad que duró hasta que Adriano le rodeó la cintura y respondió con una intensidad que le borró cualquier pensamiento.
El beso empezó como una provocación y terminó convirtiéndose en algo mucho más difícil de controlar.
Victoria se apartó apenas unos centímetros.
—No te confundas —susurró.
Adriano mantuvo una mano en su cintura, sin impedirle moverse.
—Ni siquiera sé qué estoy intentando entender.
—Perfecto. Así seguimos igual.
—¿Igual que qué?
Ella volvió a besarlo.
Esta vez, Adriano sonrió contra sus labios.
Victoria decidió que, en cuanto llegaran a su casa, iba a castigarlo por esa sonrisa.
⸻
No llegaron a la residencia Moreau.
A mitad del camino, Victoria le pidió al conductor que los dejara en una de las propiedades de Adriano, una casa discreta que él utilizaba cuando necesitaba alejarse de las reuniones familiares y los negocios.
No era una decisión impulsiva, se dijo.
Solo quería unas horas de tranquilidad.
Y quizá quería descubrir qué ocurría cuando dejaba de buscar una excusa para alejarse de él.
Al entrar, Adriano dejó las llaves sobre una consola y se quitó la chaqueta.
—Puedes quedarte el tiempo que quieras.
—No necesito permiso para quedarme.
—Lo sé.
—Entonces no lo digas como si estuvieras concediéndome un favor.
Él se volvió hacia ella.
—Victoria, si quisiera darte órdenes, ya me habrías disparado una mirada capaz de atravesarme el pecho.
—Una mirada no.
—¿Ah, no?
—Una bala es más efectiva.
Adriano rio, y ella descubrió que le gustaba demasiado escucharlo hacerlo. Casi siempre lo veía serio, impecable y dueño de una calma que parecía imposible de romper. Aquella versión más relajada de él le resultaba peligrosamente atractiva.
—¿Qué? —preguntó él al notar que lo observaba.
—Nada.
—Llevas dos minutos mirándome.
—Estoy evaluando si eres tan guapo como crees.
Adriano se acercó despacio.
—¿Y cuál es el resultado?
Victoria retrocedió un paso, sonriendo.
—Todavía no termino la evaluación.
—Entonces tendré que ayudarte.
—No necesito tu ayuda.
—Eso dices de todo.
Él se detuvo frente a ella, lo bastante cerca para que Victoria percibiera su perfume. No la tocó. Esperó.
Esa pequeña pausa tuvo más efecto que cualquier frase provocadora.
Victoria había conocido hombres que confundían el deseo con el derecho a exigir. Adriano, en cambio, parecía comprender que su silencio no era una invitación automática y que, para acercarse a ella, debía dejarle espacio para elegir.
Fue precisamente esa consideración la que terminó de desarmarla.
Victoria tomó las solapas de su camisa y lo atrajo hacia sí.
—No vuelvas a hacerme esperar tanto.
Adriano la besó.
Esta vez no hubo bromas.
Victoria sintió una mano cálida en su espalda y deslizó los dedos por el cabello de él, acercándolo todavía más. El beso se volvió profundo, impaciente, cargado de todo lo que ambos llevaban días conteniendo: las miradas demasiado largas, las despedidas que ninguno quería prolongar, la preocupación que disfrazaban de prudencia y la atracción que ya no podía ocultarse detrás de una conversación inteligente.
Adriano se apartó lo justo para mirarla.
—Dime que quieres estar aquí.
Victoria sostuvo su mirada.
—Quiero estar aquí.
—¿Conmigo?
Ella sonrió apenas.
—No me hagas arrepentirme de haberlo dicho.
Él volvió a besarla, y Victoria olvidó por un momento la fotografía, el archivo y las amenazas. No porque hubieran dejado de importar, sino porque llevaba demasiado tiempo viviendo como si descansar fuera un lujo que no podía permitirse.
Con Adriano no necesitaba fingir que nada le dolía.
Y aquella posibilidad la asustaba casi tanto como la intensidad de sus besos.
Cuando él rozó su mejilla con los dedos, Victoria apoyó la frente contra la suya.
—No soy buena en esto —confesó.
Adriano dejó de sonreír.
—¿En qué?
—En permitir que alguien se acerque.
—No tienes que ser buena en nada conmigo.
—No quiero que pienses que soy una mujer que puedes tener cuando te apetezca.
Él le sostuvo el rostro con ambas manos.
—No eres una posesión, Victoria. Ni siquiera cuando te deseo tanto que me cuesta pensar en otra cosa.
La respuesta la dejó sin palabras.
Ella había esperado una provocación, una frase arrogante o una promesa demasiado bonita para ser cierta.
No aquello.
—¿Y qué quieres de mí? —preguntó en voz baja.
Adriano la miró con una honestidad que no solía mostrarle a nadie.
—Quiero conocerte cuando no estás intentando demostrar que eres invencible. Quiero saber qué te hace reír, qué te enfurece y qué cosas deseas aunque te dé vergüenza admitirlas. Y quiero que, cuando me beses, sea porque no puedes evitar querer hacerlo, no porque tengas miedo de perderme.
Victoria sintió que aquellas palabras le tocaban una parte de sí misma que había mantenido cerrada durante años.
—Hablas demasiado para un hombre que supuestamente sabe seducir.
Él sonrió.
—Puedo demostrarte que también sé guardar silencio.
Victoria lo besó para callarlo.
Y esta vez fue Adriano quien soltó una risa contra sus labios.
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Más tarde, la lluvia comenzó a golpear los ventanales.
Victoria estaba sentada en el sofá, con una de las camisas de Adriano sobre los hombros y una taza de café entre las manos. Él apareció desde la cocina con otra taza y se sentó a su lado.
Por un rato, no hablaron.
La tranquilidad resultaba extraña. No había guardias entrando y saliendo, llamadas urgentes ni personas esperando que tomara decisiones. Solo la lluvia, el aroma del café y el brazo de Adriano descansando detrás de ella.
Victoria apoyó la cabeza en su hombro.
El gesto fue tan espontáneo que tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho.
Adriano no comentó nada. Se limitó a acomodarse para que estuviera más cómoda.
—No te acostumbres —murmuró ella.
—Demasiado tarde.
Victoria le dio un pequeño golpe con el hombro.
—Eres un idiota.
—Pero estás aquí.
Ella levantó la cabeza para mirarlo.
—No confundas una noche agradable con una promesa.
La sonrisa de Adriano se desvaneció ligeramente, aunque no se apartó.
—No lo haré.
Victoria reconoció en su respuesta una sombra de decepción. Por primera vez, comprendió que quizá no era la única que estaba arriesgándose.
—No he dicho que no quiera volver —añadió.
Adriano volvió a mirarla.
—¿Eso significa que piensas hacerlo?
—Significa que tendrás que ganártelo.
—Puedo vivir con eso.
—Y deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras besarme otra vez.
Adriano dejó la taza sobre la mesa.
—Victoria, quiero besarte otra vez desde antes de que terminara el primero.
Ella intentó mantener una expresión seria, pero fracasó.
—Ven aquí.
Él obedeció.
El beso que compartieron fue más lento, más tranquilo. Ya no intentaban demostrar quién tenía el control. Durante unos minutos, simplemente se permitieron estar juntos.
Cuando finalmente se separaron, Victoria permaneció cerca de él.
—Mañana volveremos a ocuparnos de todo —dijo.
—Mañana.
—No voy a abandonar la investigación por esto.
—Nunca te pediría que lo hicieras.
—Y no voy a convertirme en alguien que necesite que la protejas.
Adriano le apartó un mechón de cabello de la cara.
—Entonces no lo hagas. Solo permíteme estar a tu lado cuando tú también lo quieras.
Victoria lo observó durante varios segundos.
Después tomó su mano y entrelazó los dedos con los suyos.
Era un gesto pequeño. Para cualquier otra persona, quizá no significaba nada.
Para ella, significaba que estaba empezando a confiar.
Y eso era mucho más peligroso que desearlo.
⸻
A la mañana siguiente, Victoria despertó antes que Adriano.
Se quedó observándolo durante unos instantes, sorprendida de encontrarlo tan distinto mientras dormía. Sin la expresión calculadora que llevaba durante el día, parecía más joven, menos inaccesible.
Victoria sonrió para sí misma.
Después intentó levantarse sin despertarlo.
—¿Adónde vas? —preguntó él, todavía con los ojos cerrados.
—A vestirme.
Adriano abrió un ojo.
—Qué decepción.
—Deberías agradecer que no te haya dejado una bala como recuerdo.
—Habría preferido un beso.
Victoria se inclinó y le dio uno rápido.
—No abuses de tu suerte.
—Demasiado tarde.
Ella se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Adriano.
Él se incorporó un poco.
—¿Sí?
Victoria dudó. No estaba acostumbrada a decir cosas que no pudiera retirar después.
—Anoche estuve bien contigo.
La expresión de Adriano cambió. La sonrisa burlona desapareció y dio paso a algo más cálido.
—Yo también, Victoria.
Ella asintió y salió antes de que él pudiera ver cuánto significaba para ella haberlo dicho.
En el pasillo, su teléfono comenzó a vibrar.
Era Bruno.
—Tenemos novedades sobre Renata —informó él—. Ha pedido salir de la residencia. Dice que necesita hablar contigo en privado.
Victoria miró hacia la puerta por la que acababa de salir.
La realidad había regresado.
—¿Te dijo de qué quiere hablar?
—Solo que encontró algo relacionado con tu madre.
La sonrisa desapareció del rostro de Victoria.
—No la dejes salir sin vigilancia. Voy para allá.
Colgó y guardó el teléfono.
No permitiría que los secretos de su familia volvieran a decidir su vida. Tampoco permitiría que el miedo le arrebatara lo único que había comenzado a disfrutar en mucho tiempo.