Se lavó la cara con agua fría y al verse de nuevo al espejo no pudo contener la risa, su reflejo le recordó mucho a los ajolotes, sus ojos se veían pequeños de tanto llorar y los tenia rojos, tenía el cabello parado como si le hubiese caído un rayo, si fuera más blanca podría parecer una de esas salamandras; no podía tirarse a la desgracia absoluta solo por un hombre que ni siquiera la quería, ligeramente más animada se amarro el cabello en una coleta alta antes de salir del baño viendo a sus dos amigos sonreírle con la misma dulzura de siempre, no era lastima, era dulzura y amor sincero hacia ella. – ¿Me ayudan a empacar mi ropa de la casa de Richard? – pregunto mientras se rascaba la nuca avergonzada por el escándalo que hizo. – Claro ¿Dónde vas a ir? – Liz comenzó a ayudarla a guardar

