Me despierto de golpe a las siete y cuarto de la mañana, empapada en sudor y jugos, con el corazón latiéndome entre las piernas como si tuviera un tambor dentro del coño. Tengo 71 años y el cuerpo me arde como si tuviera veinte. El sueño que acabo de tener ha sido tan real, tan sucio, tan imposible y tan jodidamente excitante que todavía siento el peso de un nabo gordo y caliente entre mis muslos, el prepucio largo y blando cubriéndome el c*****o, los huevos pesados colgando y golpeándome los muslos cada vez que me movía en el sueño. Estoy chorreando. El coño me palpita hinchado, los labios mayores carnosos abiertos y pegajosos, el clítoris protuberante latiendo tan fuerte que casi duele. Las sábanas están empapadas debajo de mi culo y mis muslos gruesos brillan de mis propios jugos. Me

