Es una tarde tranquila de finales de mayo. Tengo 71 años pero el hambre nunca se me quita del todo. Estoy en el jardín regando las plantas cuando oigo una voz que me resulta familiar, aunque más grave y madura que la última vez que la escuché. —¿Carmen? ¿Eres tú de verdad? Me giro y ahí está él: Miguel. Mi vecino de toda la vida, el chico que creció en la casa de al lado. Ahora tiene 53 años. Alto, de complexión fuerte pero no gordo, pelo canoso en las sienes, barba de tres días bien cuidada y unos ojos oscuros que siempre me miraron con algo más que simple curiosidad de vecino. Hoy lleva una camisa azul clara arremangada y unos vaqueros que le marcan las piernas fuertes. —Miguel… joder, cómo has cambiado —le digo sonriendo, con esa voz ronca que sé que siempre le ha gustado—. Ya eres

