El silencio regresó apenas Liana cerró la puerta. Luciana permaneció acostada durante unos minutos, respirando despacio, como si eso ayudara a ordenar todo lo que ahora sabía. Soy Abigaíl. Soy una princesa. Estoy viva. Y voy a morir otra vez si no me espabilo.
Con una mueca de dolor, se incorporó. Cada músculo protestó como si la hubieran atropellado con una carroza imperial. Cojeando hasta el enorme espejo de cuerpo entero que descansaba junto al ropero, se obligó a mirarse.
La imagen que le devolvía el reflejo era la de una joven hermosa, de piel de porcelana, cabello castaño claro en ondas suaves y unos ojos grandes y expresivos. Delicada. Frágil. Demasiado.
—Pareces una de esas muñecas caras que nadie deja jugar —dijo en voz baja, con una ceja en alto—. Pero tranquila, muñequita... yo ya sobreviví a cosas peores. Te voy a endurecer.
Se inclinó hacia el espejo, tocando su rostro con curiosidad. Esa era su nueva vida. Su nuevo cuerpo. Y tenía una historia que cambiar. Una guerra que evitar. Un lobo que enfrentar.
—Esta vez no pienso morir —se prometió—. Y menos por culpa de una hermana con complejo de villana secundaria.
***
Horas después, el sonido de pasos apresurados anunció el regreso de Liana. Entró con una bandeja repleta de papeles, rollos de pergamino, tinta, una pluma con punta dorada y una expresión de orgullo como si hubiera cazado un dragón con una cuchara.
—Aquí tiene todo, alteza —dijo emocionada—. Información sobre el emperador del norte, el tratado, rumores de la corte, sus hábitos alimenticios... ¡hasta conseguí su horario de cacería!
Luciana arqueó una ceja mientras tomaba uno de los pergaminos. Empezó a leer en silencio... y a medida que avanzaba, su ceño se fue frunciendo con fuerza.
—Esto no es todo lo que te pedí —murmuró, con voz tan afilada como una daga bien afilada.
Liana se encogió como un conejo asustado.
—Lo siento, alteza... Pero no hay registros de que esas criaturas... los hombres lobo... existan.
Luciana cerró los ojos y respiró profundo. No le sorprendía. En la novela pasaba lo mismo: ni los eruditos, ni los nobles, ni siquiera el propio emperador creían en su existencia. Al menos no públicamente. Era parte del misterio.
Ocultos a plena vista. Eso era parte del juego de los licántropos.
Volvió su atención a los informes y repasó los datos del Rey del Norte: Kilian Aurelian Luperca, veintisiete años, aún soltero —lo que, por cierto, tenía a medio continente murmurando cosas obscenas—, invicto en batalla, frío, metódico, odiaba las audiencias y apenas salía de su territorio. Una joyita.
Según los registros oficiales, su compromiso con Abigaíl era parte de un tratado de paz organizado por el emperador padre. Pero no era amor. Nunca lo fue.
Lo que nadie decía —pero ella sabía— era que Kilian aún no había encontrado a su luna. Su compañera predestinada. Y si no la encontraba antes de la décima luna de sangre, su lobo interior, el Alfa ancestral, tomaría el control y lo arrastraría a una espiral de violencia sin retorno.
Luciana repasó mentalmente los detalles de la novela.
Kilian tenía solo nueve lunas de sangre antes del límite. Abigaíl era la décima. La última oportunidad del rey... y la única barrera que evitaba que el mundo entero se convirtiera en su campo de caza.
—¿Qué sabe el emperador sobre este tratado? —preguntó de pronto.
—Su Majestad dijo que era el acuerdo más conveniente para afianzar las fronteras. El Norte se mantiene alejado, pero nadie se atreve a provocarlo. Algunos dicen que solo buscan comercio. Otros... que temen una guerra.
Luciana asintió. Claro. Nadie sospechaba lo sobrenatural. Nadie se atrevía a decir que el Rey del Norte era algo más que un hombre. Era la sombra que susurraba desde los bordes del mapa.
—¿Y los rumores sobre por qué no se casa?
—Dicen que está maldito. Que las mujeres que lo rechazan desaparecen. Que su mirada es suficiente para helarte la sangre.
Luciana soltó una risa seca.
—Ojalá fuera solo eso.
Pasó el dedo por la superficie del escritorio. La pluma descansaba, lista. El papel en blanco, esperándola.
Si la historia que recordaba era cierta, tenía poco tiempo para despertar su herencia antes de que su cuerpo colapsara. La sangre de lobo dormía en ella. Y solo su voluntad podía activarla antes de que las circunstancias la obligaran... o la destruyeran.
—Necesito un libro —dijo de pronto—. Algo prohibido. Viejo. Algo que hable de transformaciones, de magia... o de maldiciones.
Liana la miró con miedo.
—Alteza... ¿está segura? Ese tipo de textos están en las cámaras ocultas de la biblioteca real. Solo los sumos magos o el emperador pueden verlos.
—Entonces consigue un mapa de la biblioteca.
—¿Va a...?
—Liana —interrumpió con una sonrisa—. ¿Alguna vez quemaste tu ceja con una vela por curiosa?
—Sí...
—Bueno, esto es lo mismo, pero con más estilo y riesgo de decapitación. ¿Te animás?
La doncella palideció, pero al final asintió.
Luciana se recostó en su silla, cruzando los brazos.
El tiempo corría. No podía esperar a que alguien la salvara. Esta vez, ella era la luna. Ella era el cambio. Y no iba a quedarse esperando al rey con un vestido bonito.
Ella iba a buscar respuestas.
Y si en el proceso tenía que sacudir los cimientos de ese imperio, lo haría con gusto.