El viento del Norte era seco esa mañana, pero en el salón principal del Bastión del Lobo, la tensión era tan espesa como la escarcha sobre los ventanales. Kilian Aurelian Luperca, Rey del Norte, Alfa supremo de las manadas de licántropos, leía el informe de un conflicto territorial en el distrito de Varka. Sus dedos, sin embargo, no pasaban página. Su mirada estaba fija en el fuego de la chimenea, como si intentara encontrar respuestas en las llamas. Sobre la mesa de piedra oscura, abierta y sin arrugas, yacía una carta con el sello real de Normalia. Roja. Impecable. Inútil. Una invitación. —¿No va a responderla, mi rey? —preguntó Ian, su beta, con el tono de quien ya sabía la respuesta. Kilian gruñó por lo bajo. Un sonido ronco, gutural. Un aviso más que una respuesta. —Es solo una

