Desde que abrió los ojos aquella mañana, Luciana supo que algo no andaba bien.
Le dolían los dientes, no como un simple malestar, sino con una punzada constante, como si algo desde dentro intentara abrirse paso. En las puntas de sus dedos sentía un ardor sordo, una energía nueva, incómoda y vibrante que la hacía apretar los puños sin saber por qué.
—¿Será posible que me esté volviendo alérgica a este vestido? —murmuró con mal humor mientras Liana ajustaba el corsé.
—¿Perdón, alteza?
—Nada... Solo que si esto me aprieta un poco más, voy a vomitar el desayuno y el nombre del próximo traidor del imperio.
Liana rió con nerviosismo, sin estar segura si hablaba en serio o no.
Luciana se miró al espejo. Estaba deslumbrante: el vestido azul medianoche realzaba el gris afilado de sus ojos, su cabello rubio caía en ondas suaves como oro líquido, y su porte era el de una princesa segura de sí misma… pero por dentro, todo era un caos.
Su cuerpo ardía. Su respiración se volvía cada vez más superficial. Era como si tuviera fiebre, pero no era fiebre lo que la recorría. Era otra cosa. Algo más primitivo.
Algo que despertaba.
Pasó el día actuando en automático: reverencias, saludos, sonrisas falsas. El emperador la tomó del brazo justo antes del inicio del baile.
—Hoy es tu noche —le dijo con orgullo—. Tu debut y despedida como princesa de Normalia. Recuerda que después de esta velada, partirás con el Rey del Norte.
—Lo recuerdo —respondió ella, con una sonrisa forzada—. Difícil olvidar que me están regalando como trofeo diplomático.
El emperador no captó el sarcasmo.
Cuando el baile comenzó, Luciana trató de mantener la compostura. Cada paso, cada giro, cada palabra de cortesía, requería de un esfuerzo monstruoso. A su alrededor, nobles de todas partes del continente intercambiaban miradas y rumores. Entre ellos, licántropos disfrazados de humanos. Lo supo por el modo en que la observaban. Por el modo en que... la olían.
Y ese era el problema.
Ella misma se estaba oliendo. Sentía su cuerpo como una fuente de calor, su piel liberando un aroma dulce y salvaje que no podía controlar. Estaba jadeando, sus sentidos al máximo, los sonidos agudos, los aromas más intensos, los colores demasiado brillantes.
Una ansiedad extraña le recorrió el vientre. Se sentía caliente. No enferma. No débil. Sino… exitada. Y lo peor: no entendía por qué.
—¿Liana...? —susurró al pasar cerca.
—¿Alteza?
—Necesito aire. Ahora.
***
El jardín estaba decorado con faroles colgantes y flores nocturnas. Luciana caminó hacia una de las columnas de piedra y se apoyó ahí, tratando de recuperar el aliento. Cerró los ojos, pero eso solo empeoró las cosas. El calor en su vientre crecía, se propagaba como una llama. Sentía la necesidad de... de algo. Algo que no sabía nombrar.
"¿Qué demonios me pasa? ¿Me pusieron algo en la copa? ¿Un afrodisíaco?"
Pero no. Esto era distinto. Más interno. Más salvaje.
Y entonces lo supo.
Su celo había comenzado.
La loba en su interior estaba despertando… en medio de una fiesta llena de licántropos.
No estaba sola.
Desde la oscuridad del jardín, varias sombras se acercaron. Rostros masculinos, elegantes, de nobles perfectamente vestidos. Pero no humanos. No del todo.
Lobos.
Uno de ellos se detuvo a escasos pasos, con las pupilas dilatadas, respirando agitado.
—Es ella —dijo, con una mezcla de deseo y asombro—. La pareja.
—¿Estás seguro? —preguntó otro.
—Ese olor… la luna... está llamando.
Luciana retrocedió un paso. Sintió cómo todos sus músculos se tensaban.
—Aléjense —ordenó con voz firme.
Pero uno de ellos sonrió.
—¿Sabes lo que eres, princesa? ¿Sabes lo que llevas dentro?
—No tengo tiempo para tus acertijos.
—No importa si no lo entiendes. Lo importante es que aún no estás reclamada…
Uno de ellos extendió la mano. El otro dio un paso más.
Luciana sintió el impulso de correr, pero sus piernas temblaban. Iba a gritar cuando…
Una sombra más grande que todas descendió sobre el jardín.
El aire cambió.
Como una tormenta silenciosa. Los faroles parpadearon. Las hojas se sacudieron. La presión se volvió insoportable.
Y todos los lobos retrocedieron.
Una figura se abrió paso entre ellos. Alto, imponente, de capa negra y mirada asesina.
Kilian.
Su aura llenó el jardín. Sus ojos brillaban como brasas. Y cuando se detuvo frente a ella, los demás se inclinaron sin siquiera pensarlo.
Luciana apenas podía mantenerse en pie.
Kilian no dijo nada al principio. Solo la miró. Sus pupilas se estrecharon. Un gruñido ronco escapó de su pecho. Su mano se alzó, y con una seguridad brutal, tomó el rostro de ella con una caricia que no pedía permiso.
—Pareja —declaró su lobo, su voz resonando como un rugido sagrado.
Luciana parpadeó. Algo dentro de ella respondió, sin que pudiera evitarlo.
—Pareja —repitió… o al menos eso creyó. Porque no fue su voz. Fue otra. Una voz grave, salvaje, interna.
Su loba.
Todo se nubló.
El aire ya no entraba. La cabeza le latía. Las piernas le fallaron. Sus ojos se pusieron vidriosos. Intentó sostenerse… pero no pudo y se desmayó.
***
—¡Rey alfa! —exclamó Ian, acercándose—. Debemos sacarla de aquí.
—Sí —respondió Kilian, dominando a duras penas a su bestia interna—. Si no la alejo ahora, la marcaré aquí mismo.
La alzó en brazos. Su aroma lo envolvía como un veneno delicioso.
Liana apareció corriendo por el sendero con una jarra de agua.
—¡Alteza! —gritó, alarmada al verla inconsciente—. ¿Qué ocurrió?
—Se desmayó —dijo Kilian, con voz firme y calmada—. ¿Dónde está su habitación?
—Por aquí, por favor. Yo lo guiaré… y llamaré al médico real…
—No será necesario. Mis hombres irán por los míos.
Liana lo miró, impresionada por la autoridad que emanaba de cada palabra.
—Si no le molesta que pregunte... ¿quién es usted? Debo informar al emperador.
Kilian la observó un segundo antes de responder.
—Soy el Rey del Norte. Kilian Aurelian Luperca. Prometido de la princesa Abigaíl.
Y al decirlo, volvió la mirada hacia la joven en sus brazos.
Su loba.
Su luna.
Y suya, desde ese momento.