capítulo 4

1535 Words
Volver a mi habitación sin que nadie me viera fue más fácil de lo que esperaba. Supongo que cuando creen que estás postrada en cama medio moribunda, no se les cruza por la cabeza que estés vagando por los pasillos buscando libros prohibidos sobre hombres que se transforman en bestias con problemas de ira lunar. Me dejé caer sobre el colchón con un suspiro largo. La cabeza me latía, pero no por el dolor físico, sino por la avalancha de información. Kilian. Rey del Norte. El licántropo alfa. Mi luna. O, mejor dicho, yo era su luna… según los libros malditos. Y si no me equivocaba, mi transformación ocurriría al cumplir los dieciocho. Lo que, según mis cálculos, sería en unos días. Solo que, si mis queridas hermanas me asesinaban antes… fin de juego. ¿Qué haría una princesa dulce, ingenua y con una vida predestinada? Nada. ¿Qué haría una exlíder mafiosa con información clasificada y una loba dormida bajo la piel? Un plan. Me senté frente al espejo. Observé mi reflejo. Ojos grandes, facciones delicadas, aire de inocencia trágica. Frágil, sí. Pero frágil como el cristal templado: se ve fino, pero puede cortarte en pedacitos. —Muy bien, princesa —me dije—. Hora de mover las piezas. Recordé algo… una conversación, una visita… El emperador. Mi "padre". Había venido a verme después del “accidente” —que en realidad había sido un intento de asesinato con firma familiar— y me había propuesto aceptar el compromiso con el Rey del Norte. Abigaíl, la original, se negó. Yo… no podía darme ese lujo. No podía aceptar de golpe, claro. Tenía que parecer natural, estratégico. Necesitaba acercarme a Kilian sin levantar sospechas. Y se me ocurrió la excusa perfecta. *** Al día siguiente, mientras Liana me peinaba, le ordené que enviara un mensaje urgente al emperador. No podía esperar más. Una hora más tarde, él entraba en mis aposentos con su mirada inquisitiva, seguido por dos guardias. —Abigaíl —dijo sin emoción—. Me alegra que estés despierta. Fue una imprudencia lo que ocurrió. —Sí, padre. No volverá a pasar. Justamente por eso he tomado una decisión —respondí con una sonrisa casi dulce. —¿Una decisión? —Aceptaré el compromiso con el Rey del Norte. El silencio se volvió denso. Pude ver la sorpresa cruzarle el rostro, aunque lo ocultó rápido. —¿Estás segura de lo que dices? —Estoy por cumplir dieciocho años. Mi presentación oficial en sociedad está cerca, ¿no es así? —me acomodé el camisón como si fuera un vestido de gala—. Quiero aprovechar esa ocasión para que se realice un baile. Un evento diplomático. Inviten a Kilian. El emperador entrecerró los ojos. —¿Un baile? —Mi debut y despedida como princesa soltera. Será el escenario perfecto para estrechar lazos. —Le dediqué una mirada calculadora—. Quiero conocer al Rey antes de aceptar cualquier cosa definitiva. Así todos quedarán contentos. Usted gana su alianza. Yo recupero mi reputación. Y los rumores cesan. —Antes no querías ni escuchar su nombre —respondió con frialdad—. ¿Por qué el cambio? —Casi muero. Eso cambia muchas cosas —respondí con sinceridad en la voz—. Además, ya no quiero seguir pareciendo una carga. Quiero mostrarle a todos que puedo cumplir con mi deber… a mi manera. Lo pensó unos segundos. Luego asintió levemente. —Muy bien. Hablaré con los ministros. Se organizará un baile en tu honor antes de tu cumpleaños. Pero Abigaíl… no subestimes al Rey del Norte. No es un hombre común. Le sostuve la mirada con calma. —Perfecto. Porque yo tampoco soy una mujer común. *** Esa noche, sentada frente a la ventana, observé la luna creciente en el cielo. Aún no era una luna de sangre, pero cada noche me acercaba más. Kilian vendría al baile. Y cuando lo hiciera, tendría que enfrentarse a dos cosas: 1. A la princesa que todos creían débil. 2. Y a la loba que acababa de empezar a despertar. No soy solo Luciana. No soy solo Abigaíl. Soy ambas. Y esta vez… nadie va a decidir por mí. Las siguientes horas fueron una sinfonía de pasos apresurados, doncellas corriendo con rollos de tela, criadas revisando listas de invitados y una Abigaíl que, contra todo pronóstico, se paseaba por los pasillos como si no hubiera estado al borde de la muerte hacía dos días. Luciana —porque seguía siendo ella, aunque ahora usara faldas con demasiados lazos— se adaptaba con la soltura de una víbora entre corderos. Su nuevo plan estaba en marcha y nada ni nadie iba a interponerse. Bueno… casi nadie. —Abigaíl —canturreó una voz venenosa desde la galería lateral. Luciana detuvo el paso con lentitud, girando apenas el rostro. Su vista se encontró con la figura elegante y plástica de Anet, la primera princesa. La favorita del emperador. Y la misma que había intentado matarla a empujones por una escalera de mármol. —Hermana —respondió Luciana con una sonrisa helada—. Qué milagro verte sin copa en la mano ni excusas preparadas. Anet avanzó un par de pasos, su vestido crujía con cada movimiento. —Espero que hayas aprendido la lección —dijo en voz baja, cargada de veneno—. No vaya a ser cosa que vuelvas a rodar por las escaleras… por accidente. Luciana sostuvo la sonrisa, pero sus ojos se afilaron como cuchillas. —Tranquila, hermana. La próxima vez que alguien se enferme en este palacio… no voy a ser yo. Anet parpadeó. Pero no dijo nada. Luciana se inclinó ligeramente hacia ella, como quien comparte un secreto inofensivo. —¿Qué tal estuvo la fiesta de té de esta mañana? ¿Te sientes bien? —preguntó con dulzura, como si hablara de flores—. Nunca se sabe cuándo una doncella puede agregar veneno a tu bebida por error. O por lealtad mal entendida… Anet empalideció. Tragó saliva con torpeza. Desde hacía unas horas, su estómago le había estado jugando una mala pasada. Pero no había querido hacer escándalo. ¿Sería posible…? —Yo que tú haría que mis sirvientas prueben primero tus alimentos —añadió Luciana, encogiéndose de hombros—. Nunca se sabe… Tal vez tu próxima infusión sea la última. Anet retrocedió un paso. Otro. Luego frunció el rostro, tan rígido como una máscara de porcelana, y se alejó sin decir nada más. Pero Luciana la vio: ese temblor sutil en las manos, el modo en que apretaba el vientre. Y luego… corrió. La princesa se fue prácticamente a los tropezones hacia su ala privada del palacio. Luciana la observó desaparecer con calma, alisando su falda con parsimonia. —Lo que dije —murmuró, satisfecha—. Villana de segunda. --- Los días siguientes pasaron en un torbellino de bordados, pruebas de vestido, selección de menús y debates innecesarios sobre si las orquídeas debían colocarse junto al vino o junto a las fuentes de fruta. Luciana no intervino mucho. Solo cuando algo realmente la incomodaba. Como esos zapatos que parecían diseñados por un torturador. —No quiero parecer una víctima elegante en mi debut —le dijo a Liana, tirando los tacones al otro lado de la habitación—. Quiero parecer una trampa irresistible. Las invitaciones habían sido enviadas por toda Normalia y los reinos aliados. Y la noticia más esperada no tardó en llegar. Una carta sellada con el emblema de un lobo plateado fue entregada por un emisario del norte. Luciana la abrió con manos firmes. “A Su Alteza Real, la Cuarta Princesa Abigaíl de Normalia: He recibido vuestra invitación. Estaré presente. K.” —¿Así firma? ¿Una sola letra? —bufó Luciana, aunque en el fondo… sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco. Él venía. El Rey Lobo en persona. El protagonista de la historia que había leído en otra vida. El hombre que, según todas las leyendas, estaba predestinado a encontrarla. A sentirla. A reclamarla. Y ella… iba a estar lista. O eso pensaba. *** La víspera del baile, Luciana se encerró en su habitación. Mandó a Liana a dormir temprano y repasó todos los datos recopilados. Gustos, hábitos, rutas comerciales, últimas decisiones políticas de Kilian. Incluso había mandado pintar su retrato a escondidas. Tenía que provocar el encuentro. En la novela, él no la reconocía a primera vista. Solo al oír su voz bajo la luz de la luna. Entonces su lobo la olía. La sentía. La reconocía. Ella iba a forzar eso. Todo lo que hiciera falta. Se miró en el espejo una vez más. La Luciana mafiosa. La Abigaíl frágil. La loba dormida. Todas se reflejaban en ese cristal. —Lo que no pudieron los puñales de mis hermanas, no lo logrará un rey con colmillos —murmuró, mientras sus dedos acariciaban la carta. Esa noche soñó con lobos. Con sangre. Y con ojos dorados que brillaban en la oscuridad como brasas vivas. No sabía que al día siguiente, todo su plan iba a tambalear. Porque Kilian no venía solo. Y el pasado que ella creía solo una ficción… estaba a punto de despertar también.
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