Perdomo permanecía acostado sobre el viejo colchón mientras miraba al techo pensativo. Los fantasmas parecían recorrer su mente, pero ya no importaba, ya él parecía ser uno de ellos y había aprendido a perder el miedo hacía lo que no te podía hacer daño, al menos de forma física. El cigarro en su boca se fue convirtiendo en cenizas mientras el hilo de humo se amontonaba sobre el cielo falso de la habitación y que con el paso del tiempo se había vuelto amarillento por culpa del vicio.
Ya había pasado más de un año desde que se había divorciado de aquella arpía a la que de joven se había empeñado en llamar esposa. Constantemente se preguntaba si habría habido algún indicio que le advirtiera en lo que ella se convertiría más adelante y en las humillaciones que recibiría de su parte. Probablemente las hubo, se decía a sí mismo cuando los pensamientos llegaban a su mente, solo que la fiebre de la juventud y el desespero por no llegar a los treintas soltero le habían nublado el juicio.
Él la conoció a ella por las mismas casualidades por la que se conocería a cualquier otra persona tal vez más agradable. Rene, quien en aquel entonces no era más que un joven alcohólico bien parecido y de lentes redondos, se encontraba a las afueras de su facultad junto a su grupo de amigos fumando de aquellos cigarros que dan risa. La música en la plazoleta, los juegos de los jóvenes y la caída de la tarde se convertían en una amalgama agradable de casualidades que más adelante se convertirían en recuerdos de una juventud perdida entre lo que alguna vez fueron los mejores años. Un conjunto de recuerdos que se mezclaron una hermosa tarde de verano mientras una joven rubia, alta y de porte orgulloso salía de la biblioteca cargada de libros y a prisas.
Rene se levantó de su puesto acostumbrado mientras trataba de sortear un mareo que lo desestabilizó por unos segundos que parecieron eternos. Sus piernas temblaban su mente se entre mezcló y en menos de lo que cantaba un gallo continuaba apresuradamente su camino hacía aquella chica que caminaba con una altivez fascinante. Rene no era necesariamente un galán, sin embargo, sabía que, con las preguntas adecuadas, la mirada segura y una postura que favoreciera su altura podría lograr grandes resultados. La chica, sin embargo, lo vio con despreció y apresuró su paso calle arriba tratando de sonsacarle la mirada y evitar cualquier tipo de conversación.
La calle, adornada con hermosos árboles y rodeada de locales comerciales de todos los tipos, así como de bares con anuncios en neón, se expandía por varias cuadras hasta llegar a un monumento de un antiguo libertador. La chica caminaba con velocidad y firmeza sin dejar de sorprender por aquella gran altura y las piernas más hermosas que Rene había visto alguna vez. Claro que todo era difuso estando llevado por los efectos de una hierba que nunca sería completamente legal.
De uno de los arbustos salto un hombre menudo, mal vestido y con el cabello enmarañado entre suciedad y fango. Su olor era espantoso y más aún su dentadura amarilla y escasa de dientes con un aliento que alcanzaba a sentirse a metros de distancia. En sus manos llevaba lo que parecía un gigantesco cuchillo de carnicero que ni él mismo era capaz de levantar con facilidad. Se puso frente a la chica y sin tener el mínimo sentido de piedad intentó arrebatarle la gran carga que llevaba en sus brazos.
-Monita, deme todo o queda como carne de hamburguesa-. Gritó el hombre mientras se acercaba a la chica y olfateaba de forma pervertida su cabello liso y largo. -Mejor que sea para ya.
Perdomo se sorprendió ante el cambio de escena y se apresuró a correr donde el hombre que se tambaleaba de un lado para otro tratando de mantener su mano rígida. La calle permanecía sola y la oscuridad empezaba a esconder las sombras en una infinita negrura. René se adelantó y saliendo de la espalda de la chica dio un puñetazo sobre la muñeca del bandido que soltó de inmediato el cuchillo y se agarró el brazo con la otra mano. Sin pensarlo, Perdomo soltó una patada contra el hombre y agarró uno de los pesados libros de la chica dando una bofetada al tipo que giro sobre sí mismo y cayó al suelo en medio de lamentos.
La mujer gritó de terror y agarró del brazo a Perdomo que la arrastró hasta una zona segura donde se aseguraría de que ella estaba bien. Después de unas tazas de café, por fin ella sonrió y así comenzaron a salir por semanas, que se convirtieron en meses y luego en un matrimonio de varios años. Su familia estaba bastante acomodada y ella había conseguido un excelente puesto en el gobierno que eventualmente perdería por culpa del grano en el trasero que representaba el periódico para el gobierno, en especial Jon.
A pesar de esto, Perdomo no guardaba ningún motivo para odiar a su amigo, aunque sabía que en parte por él habían empezado los problemas con su esposa. Él no tenía la culpa de que ella fuera una caprichosa, pero tampoco tenía una completa inocencia al respecto. Así mismo, Jon era un excelente amigo, un buen profesional y un consejero innato que nunca dudó en darle la mano cuando los momentos se habían puesto más difíciles. Tal vez por esto, fue que Perdomo trató de dar todo de sí cuando Paula había sido diagnosticada con problemas psiquiátricos. No era nada justo que una chica tan dulce y amable tuviera que sufrir cosas tan duras mientras que la cizañera de su mujer hacía mala cara todas las tardes cuando él llegaba cansado.
Perdomo, a su vez, llegó a entender la depresión y la negación inicial de Jon después de la partida de su esposa. Su muerte había sido bastante trágica para todos, por lo que trató de estar para su amigo, más joven y fuerte que él en todo momento. Sin embargo, Jon parecía estar siempre ocultándose tras una cortina peligrosa que lo alejaba de la realidad. Constantemente se le veía hablando solo, escribiendo cartas en aquella caligrafía incomprensible o haciendo planes con una mujer desconocida que hasta mucho después Rene descubriría como el fantasma de Paula.
Jon había desaparecido hacía unas cuantas horas, el celular estaba fuera de servicio y tampoco contestaba al timbre de su departamento. El chico no era el más cuerdo luego de tantas cosas que había visto y esto preocupó aún más a Perdomo que generalmente se preocupaba por la actitud impulsiva del chico. Solo que esta vez era distinto, él parecía haberse desquiciado con el caso de un Culto que en realidad no debía estarle haciendo daño a nadie. Perdomo no entendía en realidad qué era lo que deseaba probar colocándose en peligro, si es que este existía. El chico era demasiado estúpido o confiaba mucho en su propias capacidades como para pensar con claridad. De cualquier manera, Jon parecía no haber dejado aviso a nadie de cuál sería su paradero.
Perdomo se levantó de su colchón y revisó los últimos apuntes de las conversaciones con Jon, cualquier indicio que le permitiera dar con su paradero si a la mañana del siguiente día él no aparecía. Entre las notas, un nombre llamó la atención de Rene: La Cacería.