-Todos siempre suelen regresar acá después de renegar y decir que no somos más que un fraude-. Dijo JJ sonriente mientras miraba a Jon sentado en la sala de espera.
-He venido a buscarla a ella, estoy seguro de que se está escondiendo acá-. Respondió con violencia Jon tratando de mirar al interior de la oficina de JJ. -Es mi esposa, necesito hablar con ella.
-Ella no te pertenece, Jon, ella ha decidido ser uno con nosotros-. JJ tomó de las manos a Jon y lo obligo, sin decir nada, a ponerse de pie. -Ella es uno con la congregación y eso es algo que no puedes cambiar de ninguna manera.
Incluso en aquella hora de la mañana, el ambiente parecía agitado en el interior del espacioso salón donde tan solo dos días atrás estuvo a punto de producirse una pelea por una libreta. Jon estaba totalmente cansado y libre de cualquier arma, había conducido por más de media hora sin siquiera haber puesto algo en su estómago y el ambiente lo estaba comenzando a marear de nuevo. Por su parte, los asistentes a la reunión de aquel día tenían un semblante muy distinto al de las noches anteriores, estos eran más jóvenes, con ropas notablemente más caras y de una expresividad mucho más introvertida.
Jon se mantuvo sentado por unos minutos mientras JJ se dirigía con su acostumbrada sonrisa en dirección de unas jóvenes que ensayaban en compañía de los jóvenes una serie de coreografías. Los movimientos eran bastantes simples, las piernas daban un giro en el aire, otro en el suelo y luego el cuerpo bajaba en una reverencia. Posterior a ello, levantaban el tronco con solemnidad y el brazo izquierdo daba apertura para que la pierna derecha comenzara con el mismo movimiento. Todos parecían jóvenes muy contentos y mientras ensayaban y bromeaban con sus propios movimientos se dibujaban sonrisas extrañas en su rostro. No era una risa tan perturbadora como la de JJ, pero tampoco se le podía llamar una sonrisa de genuina de felicidad.
Mientras Jon miraba de forma distraída a los jóvenes con su baile, JJ llegó desde la dirección contraria acompañado de una mujer mayor con una carpeta en bajo su brazo y una sonrisa profunda en su rostro. Jon los observó con curiosidad y malestar, pues la cabeza le había empezado a palpitar de nuevo, y no se molestó en ponerse de pie para recibir las explicaciones de JJ.
-Jon, te presento a nuestra hermana Margarita, ella es una de nuestras más devotas hermanas y que nos ha acompañado con los procesos desde hacía ya mucho tiempo-. JJ los presentó.
-Mucho gusto, señor Guerrero, tengo la fortuna de conocerlo gracias a sus artículos periodísticos del pasado-. La mujer le ofreció a Jon la mano en señal de saludo, pero él no devolvió la buena intención.
-Con que me conoce, dígame, señora Margarita, que tal le han parecido-. Contestó Jon sin darse cuenta de que había empezado con su rutina de probar a las personas sospechosas, solo que ella no era una sospechosa, aún no.
-Bueno, me temo que no me encuentro muy de acuerdo con sus métodos tan…-. La mujer que hablaba sin inmutarse dudó por unos segundos. -Me temo que no comparto muchas de sus ideas, pero para ello no he venido a verlo.
-Me temo que no es a usted la mujer que estaba esperando encontrarme, señora-. Contestó de forma altanera Jon.
-Por supuesto que no, Jon-. Interrumpió JJ con la tétrica expresión de su rostro que parecía mantenerse inmutable. -Pero ten en cuenta que esta mujer lleva con nosotros mucho tiempo. Estoy seguro de que te llevaras bien con Margarita si quieres hallar a tu mujer.
- ¿Qué tan difícil es hacerla llamar? -. Contestó Jon sin importarle la opinión de la mujer. -Solo díganle que no estoy molesto… Ya no.
-Señor Guerrero-. La mujer se adelantó con su voz diplomática y aquella sonrisa que daba la impresión de que cerraba sus ojos. -Tal vez Jon Jairo ya se lo dijo, pero lo repetiré, ella es ahora uno de nosotros. Es una conexión que solo podemos tener entre hermanos. Por otra parte, tengo entendido que usted llegó acá inicialmente por una nota periodística, así que déjenos guiarlo para que se convenza de que lo que hacemos acá no es más que servir a los nuestros.
El tono de la mujer parecía ser muy severo y Jon estaba demasiado débil como para entrar en una confrontación lingüística con aquella mujer. Definitivamente aquel no era su ecosistema y si quería sacar algo de ellos, fuera lo que fuera, tenía que jugar bajo sus propias reglas y no llegar rompiéndolo todo. Ante todo, era un periodista, un periodista con una mujer extraña, pero al final de cuentas tenía responsabilidades como investigador.
-Estoy segura de que va a disfrutar su estadía con nosotros-. La mujer seguía con su profunda sonrisa mientras esperaba una respuesta de Jon. -Estando acá no tiene nada de qué temer.
- ¿Temer? -. Se sorprendió Jon ante las insinuaciones de la mujer. - ¿De qué tendría yo que temer?
-Señor Guerrero, dígame, quién en la vida no tiene miedo. Usted no es inmune al miedo del mañana, al miedo de fallar y al miedo que se experimenta por perder a un ser querido-. Respondió Margarita de forma tranquila.
- ¿Miedo de perder a un ser querido? -. Jon se puso de pie y agarró a la mujer del camisón que escondía debajo del abrigo. - ¿También ustedes me van a salir con la misma mierda? Ella está viva.
-Señor Guerrero, no sabemos a qué es lo que se refiere con ella, le pido que no se tome personal cada palabra de lo que le decimos-. Jon soltó a la mujer que continuaba con la sonrisa dibujada en el rostro. -Lo que le podemos ofrecer es acompañamiento, le aseguro que quedará muy satisfecho de nuestro servicio.
- ¿Qué es lo que se supone que ustedes quieren de mí? -. Preguntó Jon regresando a la compostura de un periodista.
-No, Jon ¿Qué es lo que tú quieres de nosotros? -. Contestó la mujer abriendo por fin los ojos después de mucho tiempo. -Creo que sería un intercambio justo el hecho que de usted asista a nuestras reuniones, observe lo que verdaderamente hacemos mientras lo convencemos de lo hermoso que es nuestro culto, al tiempo que usted escribe su nota.
- ¿Por qué están tan seguros de que necesito su ayuda? -. Preguntó Jon tratando de buscar la letra pequeña de aquel contrato verbal en el que estaba a punto de meterse.
-Se dará cuenta que contar con nuestra ayuda es un privilegio que pocos están dispuestos a aceptar. Usted ya dio el primer paso regresando con nosotros-. La mujer se agachó hacía Jon y su figura se veía ahora más monstruosa. -Dime, Jon ¿por qué regresaste con nosotros? No lo sabes ¿verdad?
Una luz de confusión pasó por los ojos de Jon, estaba seguro de que tenía que ver con Paula, pero no exactamente por qué. Los recuerdos del último par de días parecían más que flashbacks o retazos de una memoria que no era exactamente la suya, una habilidad que había aprendido para ponerse en los zapatos de las personas que investigaba.
-Fuego-. Respondió Jon con confusión al cabo de un rato. -Tiene que ver con fuego.
-Así es, Jon, algo te está quemando por dentro y por eso viniste con nosotros. Quieres escribir la noticia, pero sé que tienes otros métodos para hacerlo, pero preferiste venir con nosotros-. La mujer se acercaba cada vez más a Jon haciéndolo poner nervioso.
Jon sufrió un estremecimiento de repente y comenzó a temblar entre una sensación de terror y de vulnerabilidad. No la había sentido ni siquiera cuando Paula… Rayos, ni siquiera cuando salió de aquel maldito hospital o cuando los doctores habían diagnosticado mal a su esposa. Jon no era más que un niño ahora, un niño que temía a que mami se molestara con él por no seguirle el juego. Sus uñas parecían tan sabrosas y excitantes ahora, tenía que morderlas, una mala costumbre que su madre se esforzó por quitarse hacía ya mucho tiempo.
- ¿Qué me van a hacer? -. Preguntó Jon con nerviosismo mientras sentía que se helaba su corazón.
-Jon, no hay que apresurar las cosas, deja que todo pase como el destino requiere que pase-. La mujer sacó de su carpeta una boleta de colores y se la entregó a Jon. -Para que veas lo comprometidos que estamos con tu proceso, queremos que asistas a uno de los retiros de nuestra Célula.
Al escuchar aquel nombre a Jon se le abrieron los ojos por completo y sintió como si se estuviera despertando de un sueño. Estaba confundido y sudoroso, la ropa se pegaba a su cuerpo, pero ahora sentía tener la ropa y los pantalones en su lugar, de algún modo escuchar La Célula, lo llenó de confianza de nuevo.
- ¿La Célula? -. Preguntó Jon con una fuerza más que renovada. - ¿De qué me están hablando?
-Tenemos programas para las personas que más lo necesitan-. Contestó JJ uniéndose de nuevo a la conversación. -Comprenderás que no todas las personas que vienen en nuestra ayuda requieren exactamente la misma ayuda. Los retiros a La Célula permiten que se encuentren con ellos mismos. Por supuesto que nuestros métodos no parecerán los más ortodoxos, pero han probado ser muy útiles.
- ¿Me tratan de decir que tengo caso especial? -. Respondió Jon tratando de simular un tono de indignación.
-Por supuesto, señor Guerrero-. Contestó Margarita regresando a su tono de solemnidad. -Usted es uno de los invitados más especiales a nuestros retiros. Generalmente estas reuniones tienen un costo, que lo vemos más como una inversión, pero usted vino a hacer su trabajo y como le decía, queremos facilitárselo.
-Tengo una última pregunta, si me lo permiten-. Jon estaba a punto de lograr su cometido inicial.
-No dude en preguntarnos-. Contestó Margarita con aquella sonrisa que parecía ya una escultura.
- ¿Qué saben ustedes de aquel culto con personas que se visten por completo de n***o y se tapan los rostros más o menos a esta misma época del año?
La expresión de JJ y de la mujer cambiaron de repente. La sonrisa se borró de sus rostros y aunque parecían mantener la apariencia de amigables, se notó la incomodidad ante dicha pregunta. JJ miró a la mujer y se apresuró a hablar, pero Margarita lo interrumpió con la mano y tratando de retomar su sonrisa amplia respondió.
-Sinceramente, Jon, no tenemos idea de a quién te refieres. Lo único que queremos decirte y que es importante que quede claro, es que acá no obligamos a nadie a hacer nada que no desee y que esto no es ningún tipo de secta religiosa-. La mujer hizo una reverencia y después de despedirse se marchó con lentitud, pero con molestia
Una de las jóvenes que hasta ese momento continuaba en aquel ensayo de baile pasó frente a ellos y rescató a JJ de una conversación que se ponía más incomoda. El hombre, tratando de retomar su sonrisa y no mostrarse nervioso, se despidió de Jon y se encaminó hacía el escenario donde los demás jóvenes ahora los observaban.
El ambiente, de un momento a otro, se hizo más pesado y Jon sintió la necesidad de salir de allá como alma que se lleva el diablo. La mirada hostil de los jóvenes se clavaba en el como si de cuchillos afilados se tratase, pero Jon no quiso darse ni un solo minuto para esperar que lo picaran allí adentro sin que nadie se diera cuenta. Bajó rápidamente los doce escalones y al llegar al sexto estuvo a punto de tropezar, pero la baranda lo salvo de un hecho tan bochornoso en una mañana que ya casi llegaba al medio día.
Al salir, Jon no pudo acabar con aquella incomodidad. Un vagabundo que llevaba su botella de licor envuelta en un paquete, un hombre barriendo la calle y con una gorra, una mujer aún en pijama y sacando a su perro, el hombre que caminaba tranquilamente con su celular al oído, todos parecían estar observando al tipo con chaqueta y jeans del salón. “Son estupideces” se decía Jon mientras trataba de colocar las llaves en la perilla de su carro, pero el temblor y el sentimiento de vulnerabilidad había regresado y no le atinaba al agujero correcto.
- ¡Eh tú! El de la chaqueta oscura-. La voz de una anciana se escuchó a sus espaldas y Jon estuvo a punto de morir de un infarto. -Tú, chico, voltéame a mirar que lo que te voy a decir es importante.
Jon se desesperó aún más con su llave, pero los nervios lo estaban quemando por dentro y la llave, la maldita llave no quería entrar en la perilla.
- ¡Que voltees a mirar, maldito! -. La anciana lo enganchó con el bastón del hombro y de una zarandeada lo obligo a observarla. -Hijo, mírame cuando te estoy hablando no seas irrespetuoso.
La mujer había salido de la nada y ello era lo que más sorprendió a Jon, pues no era ninguna de las personas que parecían haberlo estado observando hacía unos minutos. La anciana olía terriblemente mal y sus largos mechones no cubrían por completo la calva que se asomaba en su cabeza. Vestía una camisa holgada y delgada que no dejaba absolutamente nada a la imaginación, asqueando a Jon de inmediato. Una falda, que parecía más ser una funda de un almohadón, se cubría las piernas hasta las rodillas y debajo de estas unas medias de lana se desaparecían en unos rotos zapatos. Parecía un bruja por cualquier lado que se le viera.
- ¿Qué es lo que pasa? -. Contestó Jon en un sonido que más parecía una súplica.
-Ilusiones, todo eso no son más que ilusiones y mentiras-. Comenzó a hablar la anciana con palabras que parecían carecer de sentido. -Mentiras e ilusiones es todo lo que venden. Cazan, tienen abre y queman a todos cuantos no se comprometen con la causa y con dios, tienen poder, tienen malicia y harán lo posible por darte el descanso.
-Señora, de qué me está hablando-. Respondió Jon confundido.
-Imbécil, trato de salvar tu vida-. La mujer agarró con sus manos temblorosas la camisa de Jon y con una fuerza sorprendente lo obligo a hincarse hacia ella. -Son salvajes, tienes que estar verdaderamente con ellos o te cazaran hasta que desaparezcas. Eliminarán tu individualidad. No regreses, no termines como yo.
-Señora, usted no se encuentra bien, déjeme y llamo a un doctor-. Contestó Jon sacando su celular.
-Doctores no, ellos están con los cazadores, ellos los ayudan-. La mujer de repente ya no le hablaba a Jon. -La cacería salvaje nos manda a los doctores. Los doctores no nos creen sobre los salvajes porque la hora del juicio ya habrá pasado y solo quienes permanecen fuertes en la fe son quienes sobreviven, yo no pase la prueba, el señor de dejo en este mundo.
- ¿Quiénes son ellos? -. Preguntó Jon.
-Los cazadores-. La mujer se volvió y trató de aferrarse a Jon. -Los cazadores, los ángeles de dios son quienes nos dicen quienes van al cielo y a quienes nos mandan al infierno si nuestra fe no es realmente fuerte. Los que visten de n***o son los jueces, los que vestimos de blanco somos los juzgados.
- ¿Quiénes son los de n***o? -. Jon trató de aferrarse a la mujer, todo parecía estar conectado. - ¿Quiénes son los jueces?
-Los jueces no tienen rostro, ellos lo perdieron-. La mujer comenzó a llorar. -Ella ya no existe, debes dejarla ir. Por favor, Jon solo déjala ir. Ella ahora está en el paraíso no la resucites.
Jon soltó a la mujer sorprendido ante sus palabras confusas y sin sentido alguno. Sin embargo, hablaba de ella, que la dejara ir ¿A quién debía dejar ir? Jon no tenía a nadie quien dejar ir, la mujer estaba loca o bien tenía el poder de la sabiduría. Todo pendía de una delgada línea.
-Necesito comer-. La voz de la anciana cambio de repente. -Dinero, necesito dinero. Dame dinero, ahora.
Sorprendido, Jon comenzó a hurgarse entre los bolsillos en busca de algo que pudiera ofrecerle aquella anciana. Sin embargo, ante las prisas de los últimos días, no conservaba ni un céntimo y trató de disculparse inútilmente.
-Maldito tacaño, alguien como tú tiene mucho dinero-. La mujer miró con furia a Jon mientras que un líquido se escurría sobre sus piernas y se encharcaba en los zapatos de Jon. -Te lo mereces por tacaño, espero que la cacería salvaje te degollé vivo.
-Usted es una maldita bruja loca-. Contestó Jon perdiendo los pocos estribos que aún mantenía. -Tiene que irse a un sanatorio.
- ¿Yo estoy loca? -. La mujer se reía mientras trataba de restregar sus manos contra Jon. -Dígame, quién no lo está. Todos estamos locos, este mundo es de locos y ellos están creando más locos.
Jon abrió desesperadamente la puerta de su vehículo y por fin esta abrió a la primera, ni en su peor borrachera le había pasado algo como eso. Entró al vehículo con velocidad y la mujer apoyó su cuerpo sobre la ventana esparciendo una sustancia extraña sobre el grueso vidrio mientras continuaba riéndose. Jon encendió el vehículo, y como si este entendiera su desesperación, encendió de inmediato. La mujer seguía encaramada sobre él, pero a Jon no le importó y arrancó de golpe.
El sondo del cuerpo de la anciana revolcándose sobre el metal del auto se sintió de forma inexplicable en los huesos de Jon. El auto avanzó a alta velocidad y Jon observo por el retrovisor como ella se levantaba y continuaba riéndose desde lejos. La risa se colaba aun en la mente de Jon mientras que a toda velocidad cruzaba las acalles tratando de sacar de su mente aquella risa tan intensa y fastidiosa.
-Voy a devolverme y atropellar a esa maldita, lo juro-. Gritó Jon, aunque sus pies y sus manos avanzaban hacia adelante a toda velocidad.
Jon tomo el celular y llamó a Rene, el primer contacto que mantenía en el celular. Dos tonos y él no contestaba, los nervios lo estaban matando y ya no tenía el control sobre sí mismo, la bruja lo controlaba y lo estaba llevando hacía la muerte. Esa risa, aquella risa tan espelúznate, pero no era solo eso, el olor ahora impregnaba los asientos, el volante, la caja de cambios y la tapicería del vehículo.
De nuevo el celular dio a correo de voz y de nuevo lo intentó. Todo se hacía borroso y confuso ¿En realidad estaba allí? ¿De veras estaba vivo? No lo sabía. Por el retrovisor de nuevo la anciana parecía correr tras de Jon, pero él iba a más de ochenta kilómetros por hora no era posible.
- Jon, ¡qué es lo que pasa! -. Contestó Rene con una notable molestia. -Estoy ocupado, por favor…
Antes de que pudiera terminar la frase el automóvil dio tres vueltas sobre sí mismo dejando a Jon debajo de tres toneladas de hierro. Antes de quedar inconsciente por el golpe, la risa de la anciana se hizo más clara junto a su imagen en el retrovisor quebrado.