01.

1743 Words
ASLAN YILMAZ Siempre me pregunté qué es lo que lleva a una mujer a quedarse con un hombre que no hace más que golpearla. Me lo pregunté con mi madre, luego con mi hermana y desde que me mudé al edificio, me lo pregunto con la pareja que vive al lado. Todas las noches es una discusión nueva, por temas estúpidos, pero discusiones que acaban con él gritando que todo pasó por culpa de ella. Tan poco hombre que la culpa por sus mierdas, aunque supongo que todos los cobardes son iguales, por eso cuando llego a mi casa y escucho sus gritos ya constantes, no les presto ni la mínima atención porque sé que es la historia de todos los días. Dejo mi bolso a un lado de la puerta, estoy quitándome los tenis para darme una ducha después de una larga sesión en el gimnasio cuando escucho una amenaza particular a las de siempre. —¡Te mataré, aquí vas a morir! Los gritos son constantes, las amenazas igual, pero esta en particular es una que jamás escuché y eso que grita todas las putas noches. Sé que no debo entrometerme porque no me corresponde ser el salvador de todos, pero por alguna razón esa pareja siempre captó mi atención. Me quedo junto a mi puerta escuchando los gritos un rato más hasta que no hay más. De un momento a otro todo queda en silencio, entonces escucho un pedido de auxilio, algo que tampoco escuché hasta ahora. La voz débil de una mujer es lo único que queda en mi cabeza mientras me debato si entrar o no. Es algo que no me incumbe. Problemas de pareja que suceden cada maldita noche, sin embargo ahora es diferente y me llama la atención. Mucho. Tanto así que dejo de pensar y permito que mis acciones sean lo único que hablen al empujar la puerta con tanta fuerza que acabo rompiendo el cerrojo. El sonido que hace la puerta es tan fuerte que de seguro llamarán a la policía por allanamiento, aunque cuando ingreso también sé que pronto la llamarán por homicidio. La escena es sangrienta. Donde está el hijo de puta que veo siempre en el ascensor o en las calles aledañas al edificio, está lleno de sangre. Una gran herida en su frente parece ser la causa de muerte y sé que está tieso porque la masa cerebral quedó en lo que parece ser una estatua de madera maciza a solo metros de donde se encuentra una mujer. Delgada, con el cabello n***o escurriendo sangre, sentada a pocos metros de distancia mirando perdida al tipo que acaba de asesinar, porque no hay nadie más aquí, solo ella. Demacrada y casi desfigurada, no logro definir si es su sangre o la del tipo, pero está cubierta del líquido carmesí. Me acerco con cuidado, busco su rostro y quedo impresionado al ver los ojos grises que me miran asustada. —¿Estás bien? Vamos, levántate—digo, tendiéndole una mano, aunque está tan perdida que solo logra sacudir su cabeza. —No... mi novio, él... —Ese hijo de puta está muerto—admito con una sonrisa—. Lo mataste, felicidades. La mujer no reacciona, solo continúa negando con su cabeza, balbuceando alguna cosa hasta que, quizás de la impresión, acaba desmayada. Y es justo por esto que no me gusta entrometerme, porque después quedo en medio de toda esta porquería. Con una mujer desmayada, con un tipo infeliz muerto y con un charco de sangre donde ahora también están mis huellas en la puerta. —Mierda, esto es lo último que me faltaba experimentar—maldigo para mí mismo, pensando qué carajos hacer—. Todo por ser buena persona. O al menos intentarlo. Viendo el panorama sé que no tengo escapatoria. ahora mismo solo puedo pensar que necesito sí o sí una salida, por lo que saco mi móvil llamando a Fez . —Hermano, necesito que vengas a... solucionar un problema. —¿Un problema? —Sí, solo uno—digo, mirando a la chica que poco a poco comienza a reaccionar sola—. Trae también un equipo de limpieza. —Bien, ¿dónde quieres que lo lleve? —A mi edificio. Estoy en el apartamento de al lado. —¡Maldición, Aslan! No me digas que mataste a tu puto vecino. Me río al saber que sigo siendo su dolor de cabeza, sin importar cuánto tiempo pase. —Trae lo que te dije y rápido. Aquí te espero. Cuando guardo el móvil la chica ya está llorando al ver lo que hizo, pero no tiene por qué. Fue un acto de defensa, este tipo quería asesinarla y puedo dar fe de eso, aunque no sé qué tanto pueda servir nuestro testimonio cuando el tieso resulta ser hijo de uno de los hombres más influyentes de la ciudad y no de la mejor manera. Me arrodillo frente a ella, intentando que me mire. Sus ojos grises son tan profundos que denotan toda la tristeza que siente su alma en estos momentos. —Escúchame, puedes llamar a la policía—digo calmado—. Te iba a matar, puedes alegar legítima defensa. Sacude la cabeza, llorando con ganas. —No puedo... yo lo maté, yo... le pegué con esa cosa. —Lo sé. ¿Tienes familia? ¿Quieres que llame a alguien por ti? Vuelve a negar, llorando esta vez con más fuerzas que antes. —No tengo a nadie—susurra—. Soy huérfana, él... era todo lo que tenía. Veo a esta mujer solitaria, quien acaba de cometer un terrible crimen en contra de uno de los mimados más estúpidos de toda la ciudad y siento pena de solo recordar lo que pasaba aquí cada noche, y lo que pasará si la policía la tiene. Van a desaparecerla. No tiene familia que se ocupe por su bienestar, no le darán ni siquiera un abogado. En cuanto la policía la tenga, no tendrá paz, quizás ni siquiera tendrá días y si los tiene, de seguro la enviarán al prostíbulo más barato que encuentren hasta que decida morir o su cuerpo se rinda. Y no sé por qué eso me causa cierto malestar. —¿Cómo te llamas? —Ginevra... Ginevra Bianchi—admite, lo que me deja helado. Sabía que esos grises los había visto en otro lado. Es la maldita hija de Bruno Bianchi, o al menos es un familiar, lo sé. Esto despeja toda maldita duda en mi cabeza. —Escucha, te ayudaré, pero primero tienes que poner de tu parte, ¿de acuerdo? Intento que me mire, pero está en shock. Es algo bastante común cuando no estás acostumbrado a este tipo de situaciones, por lo que intento ser más paciente con ella, porque necesitaré de su ayuda si queremos que esto salga bien. —Ginevra... tienes que darte una ducha—digo, a lo que me responde con una mirada de confusión—. Tienes sangre encima. Ve a ducharte, pero antes desnúdate aquí. Alterada intenta alejarse de mí. —¿Por qué me pides eso? —Porque te ayudaré a esconder lo que hiciste—admito—. Ahora, quítate la ropa si no quieres terminar en prision o muerta por llevarte a este imbécil. ¿De acuerdo? Sin darle tiempo a pensar, voy hacia la cocina. Busco una bolsa, también un trapo mojado y regreso junto a la mujer que ya se ha quitado el pantalón que llevaba puesto dejando ver los moretones en sus piernas. Viejos, algunos nuevos, otros a punto de formarse, pero tan espantosos que me provocan náuseas. Entonces se quita la blusa dejando ver sus costillas y senos. De no ser por todos los moretones que tiene en el cuerpo, sería preciosa, pero es difícil de descifrar cuando lo que veo es solo una masa amoratada. Queda completamente desnuda ante mí, deja su ropa en la bolsa y se limpia las manos al igual que la sangre de la cara para luego mirarme, esperando más instrucciones. —Ahora ve a darte una ducha. Luego haces una maleta con tus cosas y regresas. —Está bien—susurra. Se mueve como puede hasta perderse en el pasillo que lleva a las habitaciones mientras me quedo de pie, pensando en cómo demonios la hija de Bruno Bianchi terminó con el idiota de Alex Volkovich. Lo que se suponía que sería solo una intervención para intentar hacer una buena obra, acabó siendo la peor de las coincidencias. Al cabo de veinte minutos la puerta se escucha. Atiendo, encontrando a mi primo, quien lo primero que hace es darme un golpe al ver la escena frente a él. —La idea de que vivieras se suponía que sería para alejarte de los problemas un poco, no para que asesines a tu vecino—me regaña. —Pues no lo hice yo, sino su pareja. Ella lo mató. —¿Entonces qué hacemos aquí limpiando? ¡Vamos a la mierda que esto no le agradará a tu padre! Hace ademán de voltearse, sin embargo lo detengo. —Le importará, créeme. Fez parece reconocer al tipo que yace muerto en el suelo porque de un momento a otro palicede, hasta el punto en que veo cómo su mano comienza a temblar, lo que no es para menos si perteneces a nuestro mundo y sabes que su padre controla media mafia de la ciudad. —Es... Es Alex Volkovich, Aslan... esto está jodido. ¡Vámonos! —No puedo dejar a la chica—digo, dejándolo en silencio—. Limpiaremos, recogeremos el cuerpo y dejaremos la escena como si nada hubiera pasado aquí, ¿de acuerdo? —¡Tu padre nos odiará por esto si se entera! ¿Tienes idea de lo que su padre hará para encontrarlo? ¡Comenzaremos una guerra! —Mi padre lo entenderá, Fez. Limpiemos y... —¡No va a entender un carajo!—dice alterado—. Deja a la chica, que la mafia rusa la mate si quieren, que la despellejen viva, no veo por qué tiene qué importarte. —Importa, porque la chica que lo mató no es más que Ginevra Bianchi, la hija de Bruno Bianchi. —Mierda. —Sí, así es. Tenemos la obligación de limpiar. Papá entenderá. Fez suelta un largo suspiro, indicando a sus hombres que comiencen a limpiar. —Maldito sea Bruno Bianchi—reniega. —Lo sé, maldito sea.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD