ASLAN YILMAZ
En mi profesión he visto millones de cosas. He visto gente muriendo, desangrada, mutilada, incluso bajo mis manos y nunca nada me ha traumado. Puedo soportarlo todo porque crecí dentro de este mundo donde todo es posible y donde sé que no debemos encariñarnos con nadie.
Aprendí de muy joven que no somos indispensables y que tener una larga vida no va a ser posible si continuaba. Lo acepté, sin embargo no puedo comprender cómo una mujer, siendo hija del hijo de puta de Bianchi, luce tan en shock por haber asesinado a Alex Volkovich.
Mientras mis hombres limpian ella está ahí, sentada, incapaz de poder voltear la mirada, lo que me altera. ¿Cómo demonios creces con ese hombre y todavía te queda algo de humanidad como para sentir lástima por una muerte?
Creí haberlo visto todo, hasta ahora, que no entra en mi cabeza cómo esto es posible.
—¿Crees que quede loca?— pregunta Fez, observándola con el ceño fruncido.
—No lo sé.
—Está muy tiesa. ¿Estás seguro que es hija de Bruno? Porque parece... tierna.
Entiendo su confusión, de hecho estoy igual aunque no diga nada. Intento recrear todo en mi mente para poder asegurarme de que hice bien en salvarle la vida y no que me confundí de Bianchi y acabé por salvar a una mujer que nada que ver con el socio de mi padre.
—Tengo que hablar con ella.
Me acerco con firmeza quedando frente a sus ojos que ahora mismo están enrojecidos por todo lo que han llorado, o por los golpes, no lo sé. Lo único que tengo claro es que las horas son claves y no podemos perder ni un minuto más de nuestro tiempo.
—Necesito que te concentres, ¿de acuerdo? Tenemos qué hablar.
Ella asiente levemente.
—¿Tienes familia?—pregunto, a lo que niega, lo que de inmediato me da un mal sabor de boca—. Dime el nombre de tus padres.
Da una gran bocana de aire. Intenta hablar, pero las heridas en su boca son tan recientes que apenas hace el intento veo sangre escurrir de sus labios, logrando una mueca en su expresión.
—Franchesca y Bruno Bianchi. Ambos murieron.
Guardo silencio. Fez, a unos metros de distancia, parece haber oído todo porque niega con su cabeza impidiendo que diga alguna otra cosa sobre Bianchi. No tengo idea de cómo carajos fingió su muerte o si ella lo está encubriendo y sabe que sigue con vida. Sea como sea, no entro en detalles, solo sé que debo idear un plan para salvarla, de todos.
—¿Cuándo murieron?
—Mi padre cuando tenía cinco años y mamá... cuando tenía dieciocho.
—¿Cómo conociste a este imbécil?
Sus ojos de inmediato se enrojecen y se llenan de lágrimas. Por alguna razón tengo un sentimiento atorado en el pecho al ver que alguien fue capaz de querer a este hijo de puta que nunca fue merecedor de nada.
—En mi antiguo trabajo. Solía ser frecuente, comenzamos a hablar y nos enamoramos. Él me propuso matrimonio, me mudé aquí y entonces todo cambió. Comenzó a golpearme, me prohibió ver a mis amigos y hoy se molestó porque salí. Iba a matarme—dice con desesperación, temblando a más no poder—. Te juro que iba a matarme si no me defendía. No quise hacerlo, no quise asesinarlo, pero...
Levanto una mano cortando su discurso. Mi mente va a mil por hora y en lo único en que puedo pensar es en que necesito un plan para salvarla porque en cuanto Volkovich padre se entere que su hijo desapareció, se va a desatar el infierno y la primera persona a la que va a buscar será a esta chica.
Si Ginevra muere, el infierno quedará como el cielo mismo por la guerra que se va a desatar si no hago hasta lo imposible por defenderla.
—La única forma en que te libres de esto, o al menos de que consigamos algo más de tiempo, es casándonos—menciono, logrando que todo a mi alrededor se paralice.
La mujer frente a mí me mira como si hubiera perdido la razón mientras que Fez se acerca de inmediato, excusándome con la chica y llevándome hacia un lado, terriblemente molesto.
—Te lo diré con todo el amor del mundo, querido Aslan. ¿Acaso perdiste la cabeza?—pregunta en voz baja—. ¿Casarte? ¿Estás demente?
Niego repetidamente.
—No encuentro otra solución. Sabes que si está casada conmigo, por ley no pueden tocarla.
—¡No es necesario eso! Llevémosla con su padre, que sea él quien lidie con las porquerías que hizo su hija.
—Fez, la escuchaste, cree que su padre está muerto. No hay tiempo para idear una reunión familiar y aún si se reencuentran y él quiere salvarla, no podrá. Si Volkovich quiere su cabeza hará lo que sea para tenerla.
—Igual si la conviertes en tu esposa.
—No. No será lo mismo porque pertenecerá a la mafia, a la familia. Ya tendrá dos buenos motivos para no acercarse a ella—digo con firmeza, ganándome una mirada de su parte—. ¿Qué?
—¿Por qué te importa tanto? Ni siquiera la conoces.
Y tiene razón, no lo hago. Llevo viviendo en el edificio más de seis meses y jamás la he cruzado ni siquiera en el elevador. No tenía idea de quién era la mujer que sufría en este apartamento cada noche a manos de Alex, sin embargo hay algo que me despierta un instinto protector enorme. No sé qué es, pero tengo la necesidad de mantenerla con vida.
—Supongo que quiero hacer un acto de bien—comento en voz baja—. Y lo haré bien.
Fez suelta un suspiro, negando al mismo tiempo.
—A tu padre no le gustará esto. Para que sepas.
—Lleva diciéndome que siente cabeza hace años. Le ahorraré todo el rollo del compromiso y saltaremos directo al casamiento. Se pondrá feliz.
Mi amigo se encoge de hombros alejándose para asegurarse que sus hombres estén haciendo un buen trabajo mientras yo regreso con Ginevra quien está limpiándose las lágrimas con cuidado de no seguir dañando su piel.
—¿Cómo te sientes?
Levanta la cabeza, anclando sus ojos a los míos.
—Como si me hubiera pasado un tren por encima—susurra—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué pasará con él?
Tomo asiento a su lado. El olor a desinfectante está inundando todo el lugar, al menos cubriendo el olor a sangre que había cuando llegué.
—Vamos a desaparecerlo—respondo—. Nos llevaremos su cuerpo y lo quemaremos en un horno industrial que tenemos fuera de la ciudad. Nos llevaremos algunas cosas, simularemos un robo o quizás que se fue de vacaciones, pero quedará como que simplemente escogió desaparecer.
Siento su nerviosismo. Su cuerpo tiembla al verme a la cara, dejando ver que no tiene idea del mundo al que pertenece ahora, ni tampoco a lo que tendrá que enfrentarse.
—¿Qué pasó con el plan de la policía? ¿Por qué no llamamos? Me entregaré, yo...
—¿Tienes idea cuál era el trabajo de Alex? ¿A qué se dedicaba?—le corto, a lo que sacude la cabeza—. Alex pertenece a la mafia rusa. Su padre es el líder de dicha organización y en cuanto llames a la policía quedarás a su merced.
—¿Qué? No puede ser. Él no...
—Déjame adivinar, no tenía un horario fijo de trabajo, tampoco tenía un lugar porque tenía que viajar cada dos días más o menos. Recibía llamadas por la madrugada y mentía que tenía que arreglar ese asunto de inmediato, ¿cierto?
—Él no habría sido capaz de mentirme.
—Casi te mata—le corto con fiereza—. Mentir es algo mínimo comparado a lo que hacía contigo, ¿por qué crees que no lo haría?
Como toda mujer golpeada, sé que por más que le de toda la información sobre Alex no va a creerme. Necesita tiempo para darse cuenta de cómo son las cosas en realidad y lo tendrá, después de que firmemos la maldita acta de matrimonio.
—¿Qué va a pasar conmigo?—dice con temor—. Puedo hablar con su padre, quizás entenderá que no quise...
Sacudo la cabeza.
—Te asesinará—le corto—. Justo después de torturarte, quizás hasta tú implores porque te mate porque te juro que es lo que vas a desear.
Sus ojos se ponen cristalinos en dos segundos.
—¿Vas a entregarme?
—No. Voy a salvarte.
—¿Por qué? Ni siquiera me conoces.
—Lo sé, pero lo haré—digo, ahorrando los detalles que me llevaron a esta decisión—. Vamos a casarnos, ¿de acuerdo? Esa es la única forma que tengo de protegerte, Ginevra.
—¿Cómo nos casaremos? No entiendo nada, no sé qué...
—Serás mi esposa y después veremos cómo seguimos, solo tienes que estar de acuerdo.
—Lo estoy. Acepto.
—Es todo lo que necesito.
Me pongo de pie y me acerco a Fez quien ya tiene el cuerpo en plástico, listo para mover sin dejar ningún rastro de sangre. Sus hombres están armando la escena, moviendo cosas, esparciendo dinero y también quitando su ropa del armario al igual que su pasaporte.
—Nos vamos—le digo—. Llevaré a la chica conmigo, nos iremos a algún lugar donde podamos casarnos ahora mismo, sin testigos sin nada, y luego regresaré a la ciudad. ¿De acuerdo?
Él asiente.
—¿Qué le digo a tu padre?
—Dile todo.
—¿Estás seguro?
Palmeo su hombro, intentando no reírme porque juro que puedo ver la expresión que pondrá cuando sepa lo que voy a hacer. También es seguro que quiera asesinarme, sin embargo entenderá cuando sepa de quién se trata.
—Se pondrá loco.
—Pero entenderá cuando le explique. Solo dile que conocí a alguien y... me enamoré.
—Aslan...
—Dejemos que enloquezca un rato.