03.

1485 Words
GINEVRA BIANCHI Las escenas de mí, golpeando a Alex, no me dan paz alguna. He intentado por todos los medios poder dormir, pero es imposible. Abro los ojos una vez más encontrándome en la carretera junto a un hombre del que conozco absolutamente nada. Todo a nuestro alrededor está a oscuras. No tengo idea de dónde vamos, solo sé que me dejé llevar porque no tengo razonamiento propio desde el momento en que le quité la vida a mi prometido. Apenas recuerdo eso, mis ojos se enrojecen y arden al dejar salir las lágrimas por todas las horas que llevo llorando a mares. Algo que al parecer le incomoda a mi acompañante ya que lo escucho suspirar profundo. Al mirarlo creo que es la primera vez en que realmente lo hago en todas las horas que llevamos juntos. Con su mandíbula perfilada, apenas una creciente barba que rodea su boca grande y de labios gruesos me llaman la atención hasta el punto en que me quedo colgada en ellos durante varios segundos hasta subir a sus ojos. Con unas pestañas largas y negras, cubren unos hermosos ojos azules profundos que brillan incluso en la oscuridad. —No me incomoda que me mires, pero tengo curiosidad de saber qué te llama la atención sobre mí—comenta entonces, logrando que de un salto por el susto—. Ginevra... —Eres muy lindo para formar parte de la mafia—le suelto, sorprendiéndome incluso a mí por soltar algo semejante, porque desde el momento en que me dijo sobre Alex y su padre, no le creí. Supongo que mi mente entró en cortocircuito. —¿Por qué supones que pertenezco a la mafia? —Tienes hombres trabajando para ti, encubres un asesinato y... te sientas al lado de una asesina sin siquiera pestañar. Eso no te molesta, y a una persona común lo haría. Una sonrisa se planta en sus labios entonces, aligerando el ambiente. —Bueno, a diferencia del hombre que mataste, no finjo ser algo que no soy. ¿Quieres saber la verdad? Sí, pertenezco a la mafia, no me da verguenza admitirlo—dice, encogiéndose de hombros antes de voltear a verme—. Y no eres una asesina. Inhalo profundo, sintiendo un malestar en mi estómago al recordar cómo la sangre escurría por mi cuerpo, tiñiendo todo el suelo cuando estaba tomando la ducha, intentando limpiar en vano mi pecado. Casi puedo sentir en mis manos el espeso líquido carmesí que acaba por darme arcadas. —Le quité la vida. —Por salvar la tuya—me corta—. Eso no es asesinato, es defensa propia. Sacudo la cabeza, rogando porque el aroma a hierro de la sangre abandone mi mente porque lo tengo ahí, incluso lo siento en el coche después de haberme dado dos duchas. Una de ellas con un poco de cloro. —Si fue defensa propia, como dices, creo que su padre podría comprender... Mi comentario lo hace reír, enseñando sus dientes perfectos. —Te habría perdonado la vida, solo para que continuaras siendo una esclava y así torturarte a más no poder. ¿Quieres saber cuál es su castigo preferido? Deshollar a sus víctimas. Trago grueso. —Supongamos que te creo—susurro, mirándolo fijamente—. ¿Por qué te pones en esa situación entonces? Porque he visto demasiadas películas como para saber que esto es grave para ti. —Lo es. Podría ponerme en peligro de muerte, pero digamos que tengo intereses propios al salvarte. No le respondo. Sea cual sea el motivo por el cuál me está protegiendo, lo agradezco. Este hombre ha sido capaz de ayudarme a quedar libre o al menos a no perecer a manos de un hombre cruel y despiadado, por lo que haré lo que sea que me pida de ahora en más. Continuamos en silencio durante varios minutos más. Al no ser capaz de dormir solo me dedico a mirar por la ventanilla del coche hasta que el sol comienza a hacer de las suyas deslumbrándome. Noto por los carteles que pasamos que nos estamos acercando a Milwaukee. —¿Qué hacemos aquí? —Hay una capilla antes de entrar a la ciudad. Ahí nos casaremos. —¿No necesitamos una licencia para eso? —pregunto, con el ceño fruncido, a lo que él me pide que saque un papel de la guantera del coche. Me sorprendo al ver que tiene una licencia de matrimonio vigente, donde solo falta colocar los nombres de las personas a contraer matrimonio. —¿Desde hace cuánto la tienes? Noto que aprieta las manos al volante, respirando profundo al mismo tiempo. —Eso no te incumbe—me corta, y no es necesario que diga más porque se nota que en algún punto quiso contraer matrimonio, pero no pudo. O la otra persona no quizo, vaya a saber. Sea como sea la cuestión, no pregunto más. El único problema que surgió en mi mente ya está resuelto así que dejo que él continúe conduciendo por otra hora más, en completo silencio, acercándonos al lugar donde estaciona. A este punto el sol está en lo alto, las personas ya están comenzando sus días así que tenemos bastantes testigos a nuestro alrededor cuando nos bajamos. No me sorpende que me miren con el ceño fruncido, que algunos incluso comenten sobre mi estado porque sé que me veo del asco. Se nota a leguas mis heridas, las viejas y las nuevas, también mi forma de caminar un poco agazapada junto a las muecas que hago para moverme y es algo que llama la atención, por eso entiendo que me miren, sin embargo mi acompañante no piensa lo mismo. —¡Qué tanto miran, basuras!—les grita, logrando que se dispersen un poco cuando se vuelve hacia mí—. Vamos, mejor apresuremos esto. —De acuerdo. Por primera vez en mucho tiempo, un hombre muestra un acto de compasión hacia mí ayudándome a caminar. Es algo que me desestabiliza por completo al tiempo en que me conmueve porque un extraño tiene más compasión conmigo que el hombre que fue mi pareja durante más de cinco años. Con los ojos llenos de lágrimas llegamos hacia la capilla que, sorprendentemente, está llena de personas. —Vamos a tener que esperar—menciono, ganándome una sonrisa de su parte. —Esperar es de pobres, cariño. Nosotros no hacemos eso. Apenas acaba, saca de su espalda un arma de color n***o con la que apunta hacia el techo haciendo dos disparos que dispersan a las personas y a mí casi me obliga a cagarme del susto. No esperaba que hiciera eso para despejar la fila, pero al menos funciona porque en menos de dos minutos no hay nadie a la vista. Ni siquiera el oficiador de ceremonias. —¡Queremos casarnos!—grita Aslan—. ¡Apúrense que me pone de mal humor esperar! Muerto de miedo, un hombre sale detrás de un palco observándonos con todo su cuerpo temblando. Se nota a leguas que está a punto de sufrir un ataque de nervios, por lo que le sonrío. Puede que Aslan tenga este método para conseguir las cosas, pero a mí no me agrada mucho qué digamos. Detesto ver el miedo en los demás, mucho más ser parte del hombre que lo genera. —¿Usted oficia las bodas?—pregunta al hombre que no tarda en asentir—. Bien, queremos casarnos. Comience, por favor. Me mira asustado. —Yo... necesitan una licencia de matrimonio. Aslan le entrega el papel. —Tenemos eso. Ahora, prosigamos. —Y testigos. Es aquí que mi acompañante muestra una sonrisa casi maquiavélica. —No creo que nadie quiera testificar en esta boda así que saltemos ese paso—dice de forma carismática—. Y otra cosa, necesito que altere un poco la fecha y la hora. —¿Qué dice? Aslan le apunta con el arma. —Que no nos casamos hoy, sino ayer. Por la mañana—dice con firmeza—. ¿Estamos claros? Al pobre hombre no le queda más opción que asentir. Bajo nuestra atenta mirada escribe en los registros y en el acta la fecha y hora que Aslan le indica, sin dejar de apuntarle en ningún momento. Entonces viene la parte donde debemos firmar el acuerdo, con el que no siento absolutamente nada. Sé que estoy contrayendo matrimonio, y esperaba en mi mente e infancia algo mucho más romántico que esto, sin embargo una vez más mis sueños se ven frustrados. Estoy casándome para salvarme, con un hombre que no conozco. No hay amor, no hay romance, no hay ni siquiera pasión entre nosotros, solo un trato que hasta ahora, parece que solo me favorece solo a mí. Entonces las dos firmas están ahí y el oficiador nos mira cuando dice: —Felicidades. Ahora son marido y mujer ante la ley.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD