ASLAN YILMAZ
Ver a la mujer dormida a mi lado me da una sensación extraña porque sé que ya no es una simple desconocida nada más. Es mi esposa también, y ese título sí que tiene peso en mi familia.
Con el certificado de matrimonio en mano, estoy nervioso de llegar a casa más que nada porque sé que nos enfrentaremos a mucha mierda de ahora en más. Comenzando por nuestras familias.
Mi padre no se pondrá feliz. Ha querido que me case desde hace tiempo y la única persona con la que quise casarme ya se comprometió con alguien más, lo que me restó ganas de contraer matrimonio, pero eso no es lo peor, sino la persona en sí de quién se trata.
Estoy preparado para lo que sea, por eso a pesar del nerviosismo trato de mantenerme tranquilo a medida en que nos acercamos a la casa. Pasé toda la noche conduciendo, mi acompañante necesita una ducha y yo una cama con urgencias. Eso es todo lo que quiero al llegar a mi hogar.
Entrar a mi territorio me da tranquilidad. Sé que todo lo que pase aquí llegará a nuestros oídos, por eso me quedo en paz. Volkovich no va a poder poner un pie dentro de mis calles sin que yo me entere, así que lo estaré esperando.
Frente a mí, la enorme mansión se deja ver. A pesar de ser de madrugada veo las luces encendidas en la sala de estar después de pasar por los controles de seguridad.
Sé lo que eso significa. Mi padre está esperando por mí.
Cuando estaciono el coche en la entrada de la casa me veo en la obligación de despertar a Ginevra, al tiempo en que Fez sale por la puerta principal en mi dirección.
—Despierta, ya llegamos—le digo, moviéndola con suavidad.
Adormilada responde unos segundos después.
—¿Dónde estamos?
—En casa de mi padre. Nos quedaremos aquí por un tiempo.
—Bueno.
Es todo lo que dice. Ginevra es tan obediente que es imposible no relacionar su actitud con la forma en que Alex la moldeó o su forma de protegerse de él, sin preguntar demasiado, sin interponerse en sus decisiones, solo cediendo.
Baja del coche y se une a mi lado al ver a Fez de frente.
—Señora Yilmaz—saluda él con una sonrisa—. La llevaré a su habitación.
Volteo a ver a Ginevra.
—Gin, él es Fez. Mi primo. Atiende las cuestiones de seguridad de los Yilmaz, por lo tanto, siempre debes acudir a él si tienes algún problema—indico, logrando que ambos estrechen sus manos.
—¿Tú no vendrás a dormir?
—Sube, iré en poco tiempo.
Ella me sonríe caminando junto a Fez, dejándome en la incógnita de si debemos dormir juntos o no. Sé que estamos casados, pero no entiendo bien cómo funciona este matrimonio porque no pensé en los detalles, solo pensé en salvarla para evitarle una muerte lenta y dolorosa.
Entrando en la casa de inmediato puedo sentir la tensión en el aire. Sé que mi padre me espera en su despacho porque es ahí donde siempre tenemos nuestras conversaciones por lo que me dirijo hacia allí encontrando la puerta abierta y a él mirando fijo hacia la entrada, conectando con mis ojos de inmediato.
—Padre—saludo—. Supongo que me estabas esperando.
Se pone de pie mientras yo ingreso en el despacho.
—Sí, hijo. Te esperaba porque no he podido dormir—se queja—. Me inquietan algunas cosas, como el que mi único hijo sea tan idiota como para casarse con una Bianchi sin tener mi consentimiento.
Inhalo profundo haciéndole frente. Sé que su estado sereno y tranquilo no es más que una fachada. Conozco a mi padre lo suficiente como para saber que va a estallar en dos segundos si no comienzo a hablar de inmediato.
—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?—continúa—. ¿Sabes siquiera el peligro en el que nos has puesto?
—De una u otra forma habríamos terminado en esta guerra, papá. Ahora solo nos compré tiempo.
—Pudiste dejarla ahí y todo habría acabado.
—¿De verdad crees que Bruno Bianchi iba a dejar la muerte de su hija así nada más? Eres su socio, papá. Te habría pedido ayuda y no habrías podido negarte por los negocios que los unen.
—¡Eso podría haberlo solucionado yo, no era necesario que te casaras con esa chica!—grita alterado, haciendo que la vena en su frente casi estalle, aunque yo mantengo la calma.
Conozco a mi padre, sé cómo tratarlo, justo por eso no reacciono.
—Al casarme con ella logré que tu lazo con Bianchi se afiance. No confían en el otro para hacer negocios, ahora son familia. Obligadamente tendrán que velar por la seguridad del otro, además... esa chica no tiene a nadie. Iban a asesinarla como un perro que...
—¿Por qué siquiera te importa? Volkovich pudo haberla asesinado y todo el drama acabaría ahí, pero no. Tuviste que salvarla y no conforme, casarte con ella.
Elevo el mentón con orgullo.
—La convertí en mi esposa porque eso impedirá que se le acerquen tan fácilmente. Estoy seguro que Volkovich lo pensará dos veces antes de atacar a la familia. Querrá un trato.
—¿Y si el trato la incluye?—dice entonces—. La entregaré, Aslan. Si con eso te mantengo a salvo, entregaré a esa chica para evitar una guerra.
—No lo harás porque es mi esposa.
—¡Apenas y la conoces! ¿Por qué te importa tanto?
Le doy una leve sonrisa.
—En las últimas veinticuatro horas me hice la misma pregunta y llegué a la conclusión de que me gustan las mujeres que luchan. Ginevra luchó por su vida, se salvó y si puedo hacer lo mismo por ella, no me quedaré de brazos cruzados.
Mi padre no puede creerlo y la verdad esperaba esta reacción de su parte. Siempre suele evitar las guerras porque no quiere que nadie de la familia salga herido, cosa que entiendo, pero algunas cosas son difíciles de evitar.
—Papá, si hubiera dejado a esa chica a su suerte, la habrían asesinado. Es hija de tu socio de negocios. Él te habría pedido que lucharas para ayudarlo a vengarse, ¿te habrías negado? No, porque nuestra ley no lo permite. Eres un hombre de palabra y juraste con sangre proteger a Bianchi y sus intereses.
—No me hables de juramentos, mocoso.
Me encojo de hombros.
—Solo me casé con ella para evitar una guerra. Si Volkovich se cree nuestra mentira, la muerte de su hijo quedará solo como una desaparición—digo con confianza—. No dejamos rastros.
Apunta hacia arriba, todavía con los ojos rojos, inyectados en rabia.
—Justo en tu cuarto tienes al único cabo suelto en tu brillante plan.
—Ginevra no es un problema.
—¿Por qué crees que te salvará el pellejo? ¡No la conoces!
—Sé que no lo hará—afirmo—. Nosotros pondremos de nuestra parte para evitar que la verdad se sepa. Fingiremos estar enamorados, daremos nuestra declaración, entregaremos las evidencias en unas horas cuando la policía venga a buscarnos, pero eso solo funcionará si tú estás de acuerdo en apoyarnos en nuestra mentira.
Sacude la cabeza agitamente.
—Volkovich no se creerá que su hijo desapareció sin más.
—Lo creerá cuando vea que compró un avión privado que también desapareció, que vació una de sus cuentas bancarias y lo creerá aún más cuando no pueda encontrarlo ni debajo de las piedras.
Me mira con cierta confusión.
—¿Y el cuerpo?
Miro mi reloj en mi muñeca.
—A estas horas ya no existe rastro de Alex Volkovich en esta Tierra.
Durante algunos minutos se queda en completo silencio, quizás sopesando mi plan que a decir verdad, es infalible. Siempre y cuando todos finjan con nosotros sobre nuestro matrimonio, estaremos bien.
—Vendrá a preguntar aquí por la chica—comenta entonces.
—Ginevra sabe qué decir. El plan es que, al ser vecinos, comenzamos una relación a escondidas de su prometido. Después de una paliza decidió dejarlo, yo le propuse matrimonio y finalmente nos escapamos para casarnos.
—Parece que tienes todo planeado.
Me encojo de hombros.
—Lo pensé demasiado. Otra cosa, Volkovich querrá hablar con ella y cuando eso pase, no te negarás. Ginevra dirá todo lo necesario para salvarse, y así, salvarnos.
—¿Y qué hay de su padre?—apunta ofuscado—. ¿Se supone que debo llamar a Bruno y felicitarlo porque ahora somos consuegros?
Sacudo la cabeza.
—Ese es otro problema del que planeaba hablarte.
—¿Qué sucede?
—Ginevra no sabe que su padre está vivo—admito, viendo la sorpresa dibujada en el rostro de mi padre—. No sabe que es tu socio de negocios.
—Y supongo que tampoco sabe que es el padre de la mujer con la que te casarías, ¿cierto?
Trago grueso, negando con mi cabeza.
—Entonces, supongo que el primer paso es... decirle a Bianchi que tenemos a su hija.
—Mejor aún, dile que ahora somos familia.