En un parpadeo el entorno volvió a cambiar. Los engranajes eran gigantes, se movían con esfuerzo. El chirrido era envolvente y atronador. Faltaban pocos escalones para llegar a la cima de la torre. Entonces oyó la voz de su hermano con perfecta claridad. —¡Hermana! —gritó Arion. El corazón aceleró, de golpe, los latidos. Subió a toda prisa y llegó al final del trayecto. —Hermano —susurró Juliet, asustada al presenciar el sitio. Era un anexo espacioso. Había una reloj de arena gigante y dentro estaba Arion, atrapado. Detrás del reloj de arena, estaba la gran circunferencia de vidrio de la torre. Más arriba, a sus espaldas, estaban los engranajes que producían la barahúnda mecánica. La gran campana, oscura y ominosa, colgaba, aunque parecía como si fuera parte del techo y no un o

