S E X T O .

1416 Words
Lara. Después de vestirme, demasiado distraída con las palabras de Killian, me subí al ascensor, dirigiéndome a la sección de pediatría, donde tenía pacientes por canalizar, medicar y revisar. Observé distraída cómo las puertas metálicas estuvieron a punto de cerrarse; jamás esperé que una mano masculina se metiera en medio. Killian ingresó al ascensor. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba de pies a cabeza, pero no lo miré; no estaba dispuesta a mantener una charla con él después de las tensas palabras en el estacionamiento. La caja metálica comenzó a ascender, la tensión recorriéndome. Quise que la máquina se apresurara para poder salir del maldito infierno que sentía en mi interior. Al parecer hoy no era mi día de suerte. Un sacudón me hizo trastabillar, las luces parpadearon a nuestro alrededor y la caja quedó sumida bajo un tenue resplandor rojizo. —No me jodas… Apreté los botones como loca. Sentí cómo las paredes comenzaban a cerrarse a mi alrededor, el sudor frío recorriéndome las extremidades temblorosas. De pronto, el oxígeno comenzó a entrar con debilidad en mis vías respiratorias. No faltaba mucho para que empezara a hiperventilar, presa de un ataque de pánico. —Lara… Fue un susurro suave a mi derecha. Alcé la mirada asustada, encontrándome con una expresión ceñuda en el rostro de Killian. —Estoy bien… Fue un murmullo sin fuerza. No estaba para nada bien; las paredes se cerraban cada vez más, mis pulmones luchaban por oxígeno. Sabía que todo estaba en mi mente, que no iba a morir, que el oxígeno me rodeaba. Pero no podía hacer nada. —Te ayudaré. Manos masculinas me tomaron de los brazos, los cuales temblaban con fuerza. Killian me hizo recular, sentarme en un rincón del ascensor. Una bolsa de papel apareció en sus manos, la cual me dio amablemente. La coloqué en mi boca, inhalando y exhalando. Su mano grande frotaba mi espalda con suavidad, haciendo que la corriente eléctrica me recorriera de pies a cabeza. Apreté los dedos dentro de mis zapatillas blancas. Por unos minutos, mientras el pánico dejaba de cerrarme la garganta, el único sonido a nuestro alrededor era el de la bolsa, expandiéndose y contrayéndose. —¿Tienes pánico a los lugares cerrados? No lo miré, demasiado avergonzada, contrariada, para clavar los ojos en él. Despegué la bolsa de mis manos, dando un suspiro tembloroso. —Cuando tenía siete años, jugábamos a las escondidas con mis primos. Me metí dentro de un baúl en el desván. Jessica pensó que sería divertido pasarle llave…— Cerré los ojos con fuerza, intentando no rememorar el pánico que me causaba el recuerdo. — Estuve más de dos horas encerrada. Cuando mis padres me encontraron, estaba tan traumatizada que me tomó años de terapia sobrellevar el hecho. Silencio, demasiado silencio. Alcé la mirada; Killian fruncía el ceño, bañado por aquella luz rojiza, parecía un demonio, salido de mi infierno personal para torturarme con su belleza. —Bueno, escuché esa historia, pero tú no eras la protagonista. Rodé los ojos, aferrando la bolsa con fuerza. —Por qué no me extraña… Fue un murmullo entre dientes, demasiado bajo. Por un momento pensé que Killian no me había escuchado, pero cuando volvió a hablar supe que no era así. —Realmente tú no dijiste nada. No fue una pregunta. Alcé la mirada. Se encontraba muy cerca, tan cerca que casi respirábamos el mismo aliento. Aún me temblaban las manos, aún sentía esa mano apretándome la garganta. Sin embargo, el temblor se intensificó por otros motivos, la garganta se me secó con otro deseo más fuerte que el de querer respirar. Lo quería a él, lo deseaba tanto que dolía. Y no podía hacer nada, no podía manejar mis sentimientos, porque después de todo, nadie elige qué sentir ni por quién. Odié que la química de mi cuerpo, que todo de mí, lo deseara y lo anhelara. La culpa me carcomía por la tentación. En ocasiones me dolía mirar a Jessica, más allá de todo lo que me hizo, más allá del dolor que me causaba diariamente. Me dolía querer lo que le pertenecía, porque fuera de todo lo que vivíamos constantemente, era mi hermana, y la quería a mi forma, por más retorcida y malvada que fuera. —La historia que me contó, esa de que tú le robaste a su novio, ¿también es a la inversa? Su voz fue una caricia lenta, sensual. Tuve que cerrar los ojos para no caer bajo el hechizo en el que me sometía, para no soltar la lengua. Sí, lo deseaba en mi cama, pero no sería yo quien hablaría mal de mi hermana con él, no sería yo el detonante para que su relación se fuera a la mierda. Por más que la idea no me desagradaba, no pensaba llenarle la cabeza al novio de mi hermana para que la dejara. Yo no soy así, maldición. Tuve que repetírmelo muchas veces, clavar la mirada en la pared del ascensor y responder sin mirarle a los ojos, temerosa de que descubriera la verdad en los míos. —Tendrás que preguntarle tú mismo, no voy a meter las narices donde no me llaman. Una risa burlona brotó del pecho masculino. Su mano aún seguía haciendo círculos perezosos en mi espalda. Me concentré en las sensaciones, odiándome por disfrutar tanto de su toque, por ansiar más de ese toque. —¿Ni siquiera para defenderte? Dejé la bolsa a un lado, girando la cabeza para mirarle. No supe descifrar las emociones que bailaban en esos hermosos ojos; las mantenía lo suficientemente ocultas para no poder adivinar qué pasaba por su cabeza. —No tengo nada por lo que defenderme, poco me importa lo que pienses de mí, lo que piense cualquier persona. Te dije que las cosas caerán por su propio peso, estoy segura de ello, pero no seré yo quien las fuerce a ir más rápido. Nos miramos por muchos segundos. La mirada se le oscureció, tanto que bajo la tenue luz, sus ojos parecían negros. Esperé su reacción, que me presionara a abrir la boca, porque tenía las herramientas para hacerlo. Sin embargo, alzó la mano en dirección a mi rostro, tomando un mechón rebelde que se había zafado de mi coleta, colocándolo con delicadeza detrás de mi oreja, rozándome el pómulo en el proceso. El oxígeno quedó estancado dentro de mis pulmones. —¿Sabes una cosa, sirena? — Murmuró, haciéndome temblar. — He intentado buscarte un defecto, una mala actitud que te encasille como una persona ruin, algo que te haga menos… hermosa. Recorrió mi rostro con la mirada, siguiendo cada ángulo, cada sutil peca desperdigada por ahí. El calor de su mirada se filtró por otras partes, haciéndome sentir plena, haciéndome sentir cosas que no debería sentir. —Pero no he podido encontrar nada. He creído en las palabras de Jessica porque he querido hacerlo, necesitaba hacerlo. Cada mala cosa que sale sobre ti de su boca, intento convencerme de que es real, de que eres esa persona que ella pinta en sus cuentos. Me quedé estática, intentando procesar sus palabras, intentando ver el significado oculto que nadaba ahí en la superficie, pero no podía entender. —¿Por qué? Murmuré, sabiendo que estaba lo suficientemente cerca para escucharme. Killian quedó unos segundos estático en su lugar; casi podía ver los engranajes de su mente rodando, decidiendo qué hacer a continuación. Lo observé tomar un suspiro tembloroso, vi la determinación en su mirada y supe que las siguientes palabras cambiarían todo entre nosotros. —Porque desde el primer momento en que te vi supe que estabas prohibida para mí, supe que nunca, por más que las cosas no funcionaran con Jessica, podrías ser mía. Supe que esta pasión desmedida que siento por ti no tendrá un final feliz. – Se acercó a mí, tanto que sus labios estaban solo a unos centímetros. — Me has hechizado, sirena, y por más que intente convencerme que esto está mal, que no debo sentirlo, no sé cómo salir de este hechizo, ni siquiera sé si quiero hacerlo. No me dio tiempo a pensar en sus palabras, a procesar la confesión que acababa de hacerme. Sus labios se acercaron tanto a mí que supe dónde terminaría, encima de los míos, en un beso con el que había fantaseado más de una vez, un beso que deseaba con toda mi alma. La pregunta era. ¿Respondería a ese beso, por más dolor que me causara después, o lo negaría?.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD