TERCERO.

1933 Words
Capítulo tres. Lara. Mi teléfono sonó en el primer semáforo, apenas cinco minutos después de que me marchara. Lo saque con una sonrisa, respondiendo. —¿Han enviado a la caballería?. La risa estridente de Owen llenó el coche, sentí como Savannah se tensaba de repente, frunciendo el ceño. No se llevaban ni un pelo, o al menos dejaron de hacerlo en cuanto se volvieron adolescentes. —Mamá está hecha una furia. Chasquee la lengua, colocando el teléfono en manos libres para poder conducir. —Esas son noticias viejas, troglodita. —De verdad, pulga, su enfado sobrepasaba los límites normales. – Segundos de silencio. — ¿Qué has hecho?. —Recordarle que su perfecta niña de oro, no es más que un feo regalo envuelto en papel rosa. —Lara… —Ella empezó, Owen. No puedo con la hipocresía que se cargan. – Bufe. — Deberías ver a mamá, toda algodón de azúcar y modales delante del yerno perfecto, puaj. Desearía tener una aguja para pincharles su falsa burbuja de felicidad. —Nena, ya lo has hecho. Le dediqué una sonrisa a Sav, esperando la respuesta de mi hermano. Se tomó varios segundos y un carraspeo antes de volver a escuchar su voz. —Tengo que irme, nos veremos en unos días, me tomaré unas vacaciones y pienso pasarme por el averno. —Con averno se refiere a nuestra mansión, un nombre muy preciso. — Mandale besos a Sav, de mi parte y donde ella decida. Las mejillas de mi amiga se tornan de un rojo fuerte, casi me parto de la risa al verla fruncirle el ceño al teléfono, como si pudiera matarlo con una mirada, a través de la comunicación. —Te estoy escuchando, cerdo demoníaco. —Lo sé, nena. Y corto, dejando a Savannah con las palabras en la boca, la miré con profundidad. Jamás quiso compartir conmigo el porqué de su extraña relación con Owen. Abrí la boca, dispuesta a preguntarle. —¿Alguna vez vas a… —No vayas por ahí, Lara. Levante las manos en son de paz, ¿Me molestaba que no me confiara eso?, un pelin, muy diminuto, muy pequeño. Después de todo, cualquier ser en la tierra tenía el derecho de guardar ciertos secretos, yo más que nadie lo sabía. —Bien, cuando estés preparada, estaré aquí para escucharte. Soltó un bufido, sin embargo, una sonrisa sincera le tensó los labios. —Estarás allí para saciar tu curiosidad, cotilla de los cojones. Me reí. —Apoyo emocional, cabrona, y un poco de cotilleo. El resto del camino se volvió tranquilo, cada una de nosotras sumergida en su propio caos emocional. *** Hoy comenzaba mi trabajo en uno de los hospitales más prestigiosos del país. Como enfermera y Instrumental Quirúrgico. Hace unos años comencé un Máster en medicina, no lo termine. Mi vida, la que creía era perfecta, se desmoronó ante mis ojos. Así que decidí hacer un curso de enfermería al que termine amando, un par de especializaciones después tenía un título en enfermería y otro en instrumental quirúrgico. La última profesión dejando una pasta considerable. Así que aquí estaba yo, emocionada hasta las trancas, con mi nueva casaca color verde, el cabello recogido y preparada para lo que sería mi primer incursión por el quirófano. Lanzando un suspiro, observe el papel impreso que me dieron en la recepción, tenía una hora para preparar los instrumentos para una toracotomía por derrame pericárdico. Con la ayuda de algunos colegas llegue al lugar, observe la placa que dictaba el nombre del Cirujano, Sr OˋMalley. Bueno, tenía pinta de ser un veterano experimentado y esperaba con toda mi alma que no fuera un hijo de puta mandon. En menos de sesenta minutos, con ayuda de los demás enfermeros encargados de los aparatos electrónicos, logre colocar todo lo necesario para la operación. Con una charla tribal, donde comencé a conocer a mis compañeros de trabajo, la hora se pasó volando. Cuando quise darme cuenta volvíamos a estar fuera de la sala, esterilizando nuestras ropas y manos nuevamente. Sentí los nervios haciendo mella en mi estomago, esta seria mi primera vez, fuera de las prácticas, que asistiría una intervención. Nuestra charla fue cortada cuando paciente ingresó, era apenas un niño de trece años, con una neumonía tan avanzada que la infección se dispersó por varios órganos, el pericardio era el modo afectado, ya que la pus se vuelve gomosa, cosa que los antibioticos no podían drenar. —Cuenta hasta diez, campeón. Observe todo el proceso del anestesiólogo, antes de ponerme a trabajar. Me encontraba esterilizando la zona de incisión cuando el cirujano ingresó a la sala, no presté atención, estaba demasiado concentrada en mi labor. —Buenos días, Kill. Me quede congelada en mi lugar, la mano suspendida a unos centímetros del paciente. ¿Cuántas posibilidades había de que coincidiéramos en el mismo hospital y en la misma maldita sala de operaciones?. Ninguna, me dije. Pero eso cambió cuando sentí un calor conocido en mi espalda, no pude evitar que la respiración se me acelerara. —¿Todo listo?. Su voz ronca ronroneo detrás de mí, tuve que tomar un suspiro largo para recomponer mis facciones, para evitar dar una mala impresión a mis colegas el primer día de trabajo. Me di la vuelta, clavando mi mirada en la suya. No me paso por alto, la sopresa y estupefaccion que le surco las facciones, no me paso por alto lo jodidamente anormalmente bueno que le quedaba la carcaza azazumarino, deberia sserilegal estar asi de bueno, joder. Agradecí todo el equipo médico que cubría la mayor parte de mi rostro. —Todo listo señor. Agaché la cabeza dirigiéndome a mi puesto, el muy cabrón supo disimular bien. —Entonces comencemos. – Me miró, extendiendo una mano en mi dirección. — Enfermera, Busturi de mango cuatro y tijeras de Mayo, por favor. Procedí a entregarle todo, observando cada paso que daba. Intenté no concentrarme en sus fuertes brazos, los músculos que se marcaban debajo de la tela, las manos fuertes que trabajaban con la mayor seguridad del mundo. El cabrón sabía lo que hacía y lo hacía más que bien. —Señorita… – Su mirada se posó en mi tarjeta de identificación,diversión bailando en sus orbes. — Callaghan, sudor, por favor. Estreché los ojos en su dirección, tomé un apósito esteril y me coloque a su lado. Tuve que pararme de puntitas para poder dar toquecitos a su frente perlada, me pareció escuchar una suave carcajada contenida. Fueron sesenta minuto de tortura y tension antes de que la cosa terminara, sesenta minutos en los que no supe si las personas a mi alrededor se dieron cuenta de lo que pasaba entre nosotros. Ya fuera, respirando aire fresco, no pude evitar pensar que la vida me odiaba, mi perfecto primer día se veía manchado por la tentación con patas, tentación a la que tendría que asistir en cada operación, ya que estaba bajo su equipo médico. Este era mi primer día, ¿Iba a dejar que mi maldito, buenorro, cuñado me robara la felicidad?, jodidamente no. Solté un bufido, dejando que el humo del cigarrillo saliera de entre mis labios, pasos sonaron en mi espalda, haciéndome tensar. Lance una plegaria al cielo, no fue hasta que una cabellera rubia entró en mi periferia que la tensión abandonó mi cuerpo. La rubia se giró en mi dirección, encendiendo un pitillo. —La nueva, ¿Callaghan, no?. Clavé la mirada en ella, regalándole una suave sonrisa. —Lara, por favor. Me devolvio el gesto, diversion pululando por sus orbes de color miel. —Amelia…— Me miró unos segundos antes de volver a abrir la boca. —¿Conoces al doctor O'Malley? Bueno joder, le daba un homron por ir directo al punto. —¿Tanto se nota?. Negó con la cabeza, aún sonriendo. —No, soy muy observadora. — Arrastró sus ojos por mi cuerpo, sin disimular la evaluación. —¿Ex o actual? Mi expresión de horror debió ser demasiado evidente, porque estalló en carcajadas. —Es mi cuñado y en mi defensa tengo que decir que no sabía que trabajaría aquí. —¿No se llevan muy bien? Hice una mueca, dando una última calada al cigarrillo. —La verdad es que no, y preferiría que nadie se entere de esto. No quiero que piensen que hay favoritismo. Asintió, no había nada malicioso en su forma de mirarme, ni en las preguntas que podrían parecer invasivas. Me recordó un poco a Sav y eso hizo que me cayera bien al instante. —Tranquila, soy una tumba. – Simuló cerrar su boca con candado, tirando la llave en el bote de basura. SOnreí. — Es difícil conseguirle un equipo médico. Fruncí el ceño. —¿Por qué? —Porque todo el personal femenino quiere tirárselo. Rodé los ojos, ¿Estaba bien sentir la punzada de celos que me sacudió?, jodidamente no. —Mi hermana estaría muy feliz de escuchar eso. Una pequeña carcajada salió de entre sus labios, se acomodo un mechón de pelo dorado de su coleta despeinada. Era muy bonita, una belleza clásica y tranquila. —Tu hermana es una maldita afortunada, cualquier ser con ojos entendería las razones. No sabía qué demonios responder a eso, ¿Se supone que debería defender al novio de mi hermana de esas declaraciones?, me parecen muy ciertas asi que opte por quedarme callada. Amelia me acompañó en el silencio, al menos por unos minutos, hasta que tiró el piti en un contenedor, haciéndome señas al interior del hospital. — Ven, te presentaré al resto del equipo. Mis compañeros eran un amor, se notaba que tenían un vínculo fuerte y sano. Mentiría si dijera que no me sentía fuera de lugar, después de todo no era más que la chica nueva, pero sabía que eso cambiaría con el tiempo. El resto del día me la pase en el ala post quirúrgica, haciendo canalizaciones, repartiendo medicamentos. Cuidando de los pacientes que pasaban por intervenciones. Casi al final de la jornada me encontraba cansada, tanto mental como físicamente. No podía dejar de pensar en los días que me tocara la guardia, y la cantidad de cafeína que tendría que consumir. Estaba a punto de terminar mi turno cuando una mujer, a la que no conocía, se acercó a mí. —¿Callaghan?. Asentí, frunciendo el ceño. —El Sr OMalley solicita su presencia en su oficina, sigueme. No esperaba que respondiera, comenzó a caminar por el pasillo sin pararse a mirar si la seguía. Mire a mi alrededor, feliz de que ninguno de mis compañeros estuviera presente. Esto no me gustaba, no quería que él me llamara, no quería que demostrara conocerme, lo quería lo más lejos posible de mi persona, no podría soportar verlo todos los días, la culpa y el deseo me consumirían. Seguí el taconeo de la mujer, hasta que me dejó varada en la puerta de una oficina, el nombre de Killian brillando en todo su esplendor. Me quedé mirando la espalda femenina mientras se marchaba, la inexistente simpatía y educación. Negando con la cabeza, di un suspiro, llenándome de un valor que no tenia abri la puerta, encontrándome con mi ceñudo cuñado esperándote del otro lado. Mentiría si dijera que no me bebi la imagen de él en bata blanca, los fuertes antebrazos apoyados en la madera de su escritorio. Mentiría si dijera que el deseo no corrió por mi cuerpo, alojandose en mi centro mismo. Mentiría si dijera que su mirada oscura, rayando el enfado, no me envió a un vórtice de deseo insoportable. ¿Qué demonios quería?.
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