La alarma me informa del inicio de un nuevo día. La apago y desconecto mi celular que se encontraba cargando. Por la tarde asistiré con Josh a la fiesta en la playa, pero mientras tanto saldré unas horas a disfrutar del hermoso día y radiante clima que se puede visualizar desde la ventana de mi habitación.
Camino hacia el armario y me decido por un atuendo bastante relajado que consiste en un short blanco y una blusa de un rosado claro.
Mientras tomo una ducha, escucho música desde el celular y sigo la letra. Una ventaja de vivir sola es que puedo cantar a todo pulmón sin molestar a nadie.
Después de vestirme y colocarme unas sandalias blancas con un pequeño lazo decorativo, tomo mi cartera donde coloco mi celular y las llaves de mi casa.
Camino hasta el garaje y elijo mi Ferrari F430. Conduzco hasta City place, donde se encuentra la cafetería con uno de los mejores cafés que he probado. “Juan Valdez café” es uno de los sitios que a menudo visito y generalmente desayuno ahí.
Al llegar al lugar, estaciono mi auto y camino hasta la cafetería en donde pido un cappuccino viennese y un trozo de torta de chocolate.
Mientras preparan mi pedido me siento en una de las pequeñas sillas de madera que hay en el lugar. Una pequeña mesa igualmente de madera de forma circular frente a mí será donde minutos más tarde sirven mi café y postre.
Veo algunas personas a mi alrededor disfrutando de la comida mientras platican con sus parejas. Junto a la pared con un dibujo de una taza de café sobre un pequeño plato se encuentra una pareja de una mujer morena y un hombre rubio. Juntaron las sillas para poder estar más cerca el uno del otro y de esa manera poder besarse tal y como lo están haciendo en este momento. Parece que se olvidaron de la comida y solo se encuentran concentrados en los labios de su pareja.
Desde hace mucho tiempo he notado como el amor, o más bien la demostración de este, ha cambiado. Hace unas cuantas décadas besarse en público era juzgado e incluso castigado, pero hoy en día las parejas pueden demostrarse cariño sin miedo a ninguna represalia.
A veces pienso que el amor no es para mí, o sencillamente no estoy destinada a enamorarme de nadie y luego recuerdo que una vez si amé. Me enamoré de la única persona que no debía y hasta ahora sigo pagando por ello, pero no me arrepiento. Si hubiera sabido que enamorarme traería consigo un sufrimiento eterno, no me hubiera importado y lo volvería hacer, porque enamorarme también me enseñó a valorar cada segundo que compartí con esa persona y no alteraría ninguna de mis decisiones pasadas si eso me llevó a conocerlo.
Tal parece que la pareja está a punto de casarse o al menos eso supongo por el anillo con un gran diamante que reluce en el dedo anular de la mujer. Me alegro de que el amor siga siendo algo tan importante en la vida de los personas.
Termino mi comida y pago en efectivo con una propina generosa para el hombre que me sirvió la comida. Al salir del sitio una corriente de aire caliente me pega en el rostro. Camino hasta mi auto, pero a unos escasos pasos de llegar visualizo a una pareja con un niño de no más de cuatro años junto a un auto.
El hombre sostiene al niño entre sus brazos mientras la mujer parece caminar muy lentamente. Solo logro ver su espalda y la larga cabellera rubia que cae en cascada hasta la altura de sus hombros. Parece que tiene alguna dificultad física que le impide caminar adecuadamente. Cuando llega a la puerta del copiloto puedo observarla de perfil y en ese instante noto su abultado vientre. La mujer que no debe tener más de cinco meses de embarazo sube al auto, el hombre abre la puerta de los asientos traseros e introduce al niño. Tarda un par de minutos en lo que creo que sienta al niño en su asiento y abrocha el cinturón de seguridad. Seguido cierra la puerta e ingresa al auto por la puerta del conductor.
Me parece una hermosa familia y en realidad siento algo de envidia. Cuando era una adolescente soñaba con formar una familia como ellos, hasta que alguien llegó y truncó mis sueños y esperanzas.
Quise tener hijos y un esposo que me amara y respetara, pero desde siempre supe que al menos hijos, no debería tener en ningún momento de mi existencia. Un esposo lo tuve y no funcionó nuestra relación. Diría que fue “diferencias irreconciliables” pero más bien todo fue mi culpa.
A veces odio mi origen, mis antepasados y hasta mi sangre. La sangre que recorre mis venas implica que me mantenga huyendo y escondiendo desde mi nacimiento.
Mi padre me enseñó que la línea de sangre acabaría con mi muerte, claramente él tenía planeada toda mi vida.
Todavía recuerdo la forma en la que me grito cuando le informe de mi sueño de tener una familia en cuanto creciera.
- Papá, ¿Por qué nunca tuviste hijos?
Mi pregunta lo dejó sorprendido, evidentemente no se lo esperaba.
Mientras caminábamos rumbo a, bueno, en realidad no recuerdo hacia donde caminábamos. Mi padre era un hombre serio, pero amoroso y aun que no era mi padre de sangre si que lo era por su decisión.
- ¿A qué viene esa pregunta?
- Solo quería saber, hubiera sido lindo tener con quien jugar.
- Malakh, no deberías pensar en esas cosas. Tú eres mi hija y no me gustaría tener otra más.
- Bueno, cuando yo tenga hijos me gustaría que fueran mínimo dos, para que tengan con quien jugar.
Mi padre se detuvo abruptamente y regresó a mirarme. Sus ojos reflejaban furia mientras yo no entendía lo que estaba sucediendo.
- Tú jamás tendrás hijos Malakh.
Dijo mi padre tan fríamente que supe inmediatamente que había enfurecido, pero yo no me quede atrás. Él no podía decidir sobre mi vida de esa forma.
- ¿QUÉ? ¿Por qué no?
- Porque no lo digo y no te permito que me alces la voz.
- Yo quiero tener hijos. Es la función de toda mujer, casarse y tener hijos.
- ¿QUIÉN TE METIO ESA IDEA A LA CABEZA? – mi padre jamás me había gritado por lo tanto me asusté y estuve a punto de llorar. – Las mujeres no solo nacen para tener hijos y tú eres de esas que jamás se casarán ni tendrán bebés.
- CLARO QUE SI, yo tendré un apuesto esposo y tendré muchos bebés.
- CALLA YA NIÑA. Solo tienes trece años y no sabes lo que es la vida. Bien sabes quién eres y si llegaras a tener descendencia podría nacer una niña y ella sufrirá lo mismo que tú. ¿Eso es lo que quieres? ¿Dejar a una niña huérfana y que ella tenga que huir toda su vida?
Las lágrimas comenzaron a caer sobre mis mejillas y pensé un momento en sus palabras. Claro que no quiero que mis hijos tengan que sufrir lo mismo que yo.
De inmediato me arrepentí de haber gritado y me acerqué para abrazarlo rápidamente.
- Lo siento papá.
En un principio mi padre no correspondió a mi abrazo, pero después de mis palabras me devuelve el abrazo con una sola mano mientras que con la otra acariciaba mi cabeza.
- Tranquila niña, te perdono.
Minutos más tarde me relajé y continuamos con la caminata hacia nuestro próximo destino.
Después de aquella discusión, nunca más volvimos hablar sobre el tema. Estaba claro que jamás podría tener descendencia, no condenaría a mis hijas o nietas a ese martirio.
Cuando me casé, muchas veces pensé que tenía que hacer hasta lo imposible para no quedar embarazada, hasta que me di cuenta de que eso no era posible. Hoy en día, sé que soy infértil, pero durante años tuve miedo de un día darme cuenta de que mi vientre había crecido y tenía nauseas todo el tiempo.
Con el pasar de los años supe que no podía tener hijos y sinceramente eso me alegró, ya que no tendría el miedo constante de condenar a nadie.
Mi esposo aceptó la idea de que jamás tendríamos hijos, pensé que me abandonaría por no poder convertirlo en padre, pero muy al contrario de mi creencia, él lo comprendió y hasta incluso se alegró un poco. No creí que ningún hombre se llegaría alegrar por una noticia así, pero él lo hizo. Años después descubrí el motivo. Al igual que yo, Hizzand no podía condenar a un bebé a tenerlo de padre.
Supongo que éramos el uno para el otro en ciertos aspectos, pero también enemigos a muerte en otros tantos.
Subo al auto y conduzco de vuelta a casa. El tráfico a esta hora es muy ligero por lo que no tardo ni quince minutos en estar frente a mi puerta.
Guardo el auto en el garaje y entro a mi casa dispuesta a ver televisión mientras preparo algo para el almuerzo. Ya sé que apenas y desayuné, pero quiero preparar algo un poco elaborado para el almuerzo por lo que me tomará algunas horas en terminarlo.
Mientras cocino, el sonido de la televisión me hace compañía. En realidad, no presto mucha atención al aparato, pero al menos me produce una sensación amena que evita que me sienta completamente sola. Hace siglos adoptaba cachorros y de esa forma, al menos alguien vivía conmigo, pero después de ver a tantos perros morir desistí de la idea de tener compañía. Amo los animales, pero cuando tus mascotas envejecen y mueren cuando tú no envejeces ni un solo día, al final solo te causa más tristeza y soledad de lo necesario.
Las mascotas son unos excelentes compañeros, no sé cuántos animales he tenido en toda mi vida, pero hace un par de siglos me rendir y decidí que ya no quiero ver morir a más mascotas.
Horas más tarde tengo terminado la comida. Un delicioso ceviche de pescado que en algunas partes de Latinoamérica se preparan. Cuando viví en Sudamérica aprendí a cocinarlo y al igual que otros muchos platillos aún me gusta prepararlo.
El volumen de la televisión se encuentra tan alto como para poder escuchar hasta la cocina, que en realidad no se encuentra tan alejada de la sala de estar, pero llevo la comida hasta la mesa de centro y con el control remoto bajo el volumen. Mientras me alimento comienzan a dar las noticias del país y pongo un poco más de atención al televisor para escuchar los acontecimientos del día.
Tras varios minutos de acontecimientos en la política de la nación comienza un comunicado importante. Unos gemelos recién nacidos fueron raptados de un hospital en Memphis, Tennessee. Muestran una fotografía de los bebés y me sorprende mucho darme cuenta del parecido tan asombroso con unos gemelos que cuide hace mucho tiempo atrás.
Mauro y Emilio eran unos gemelos que conocí cuando ellos tenían apenas unos días de nacidos. La madre había muerto durante el parto y la familia buscaba una nodriza. Fue sencillo encontrar a una mujer para alimentarlos y al ser amigas muchas veces me pedía ayuda para cuidar a los pequeños ya que al ser dos, tenía que alimentar a uno mientras que al otro entretenía. Se le complicaba alimentar a los dos a la vez por lo que requería de mi ayuda.
Cuando los bebés dejaron de necesitar la leche materna el padre decidió contratarme para cuidar de ellos y enseñarles todo lo necesario. Acepté con gusto y durante diez años me encariñé de ellos, pero mi relación con el padre comenzó a tornarse más íntima y varias veces compartí lecho con aquel hombre.
Por supuesto mi corazón solo podía pertenecer a un solo hombre y cuando el padre de los gemelos quiso formalizar nuestra relación, que para ese entonces yo solo veía como algo carnal sin mezclar sentimientos, tuve que rechazarlo. Mi negativa a su propuesta de matrimonio causó un sentimiento de venganza en su interior y apartó a los gemelos de mi lado. Viajaron hasta Europa y no volví a ver al padre nunca más, pero por el destino o Deus, pude ver una vez más a los gemelos una década más tarde.
Mientras caminaba por el mercado de frutas y verduras en Grenoble, Francia, me detuvo un hombre unos quince centímetros más alto. En mi mano izquierda traía una pequeña canasta en donde guardaba las frutas que iba comprando. No había notado que me seguían hasta que vi a un hombre viéndome directamente, en un principio creí que quería lastimarme así que aparenté no darme cuenta de su presencia a unos metros de mí y comencé a caminar hacia un lugar alejado por donde sería más fácil correr más tarde si era necesario.
Un minuto más tarde el hombre había notado mis intenciones y antes de poder escapar él tomó mi brazo derecho, truncando de esa forma mi huida.
Se mantuvo observando mi rostro un tiempo incómodo y cuando traté de soltarme de su agarre dos palabras salieron apresuradas de sus labios.
- Señorita Dara.
Dice el hombre en un perfecto español que me desconcierta.
Solo había dos personas en el mundo que me habían llamado de esa forma en toda mi existencia.
Noté mejor las facciones de aquel hombre y comencé a percatarme de varias similitudes con uno de los gemelos que dejé de ver hace casi once años.
Tenía mis sospechas de que se trataba de Mauro, que estaba segura de que, sí así era, tendría que fingir no conocerlo. Él estaba consciente de que mi edad actual sería de unos cuarenta años, lo que claramente no aparentaba, así que mientras me mostraba confundida comenzaba a idear alguna mentira en mi cabeza para las próximas preguntas que, de seguro, tenía que formular para satisfacer su interés.
- ¿Disculpe, lo conozco? - hablo para romper la conexión de nuestras miradas.
- Este yo… - claramente se está formando ideas en su cabeza que no quiero que se desarrollen. – disculpe, creo que la confundí.
Suelta mi brazo y retrocede un solo paso, pero sin dejar de observarme de arriba abajo.
- Usted se parece demasiado a la señorita Dara, pero claramente me confundí. Disculpe usted hermosa Manquer.
Una pequeña sonrisa se forma en mis labios. Al parecer mis lecciones cuando era niño sirvieron para convertirlo en un caballero no solo apuesto, también educado y respetado.
Estoy segura de que me llegaré arrepentir de mis siguientes palabras, pero en serio extrañé a los gemelos y quiero saber un poco de su vida después de abandonar América.
- ¿Dijo señorita Dara? Amable caballero creo que me está confundiendo con mi querida tía.
Mi mentira tenía que parecer creíble y no pensé en nada mejor que ser pariente de la mujer que él
pensaban que era y de esa forma justificar la similitud física.
- ¿Habla usted en serio? ¿La señorita Dara se encuentra en Francia?
Y aquí van más mentiras.
- Lamento informarle que mi tía falleció hace un par de años.
Mauro muestra tristeza en su rostro, pero después de charlar unas horas más, me entere de su vida los últimos diez años.
Fingí que mi tía me había hablado sobre ellos y de esa forma pude obtener más información de sus vidas. Minutos más tarde llegó Emilio, que al igual que su hermano, se mostró asombrado y posteriormente triste por mi supuesta muerte.
Ambos habían contraído matrimonio, un matrimonio arreglado por su padre a tan corta edad, pero que a pesar de solo haber cumplido un año de matrimonio hace pocos días, se encontraban felices con sus esposas. Emilio pronto de convertiría en papá y eso le entusiasmaba de sobremanera.
Eran dos hombres felices y mientras ellos fueran felices yo también lo era por ellos. A pesar de prometer visitarlos al día siguiente no podía permitirme un encuentro desagradable con el padre. Lo odie durante varios años, pero al fin y al cabo mi separación de los gemelos provocó un final feliz para ellos.