La cabeza me palpita como si tuviera resaca, tal vez es eso, recuerdo muy poco, pero estoy segura de que fui a una fiesta con Jesse. Cuando abro mis ojos, sin embargo, es el rostro de otro hombre el que tengo en frente.
Un hombre de belleza dolorosa.
—¿Te encuentras bien?
Salto fuera de…del piso. Piso húmedo. Piso con textura a…césped. Oh, por dios.
La rapidez con la que me siento hace que me maree y todo se oscurezca momentáneamente. Llevo mis manos a mi cabeza y siento que mi piel arde y duele.
—Oh, dios —gimo.
Parpadeo, esperando que todo se haga más nítido. Me doy cuenta de que no estoy en mi casa, ni en una estructura techada. Estoy en el suelo de un parque con un hombre extraño a mi lado.
Él me escudriña y cuando me encuentro con sus ojos mieles los recuerdos vienen como balas.
—Oh, dios —cubro mi boca—. Oh, dios. Oh, dios. Oh, dios.
Iban a violarme, Jesse me engañó con otra y…este hombre.
—¿Quién eres tú? ¿Dónde estamos? —estallo.
Perdí mi teléfono y el resto de mis cosas. Estoy incomunicada, en problemas y con un extraño que podría parecerse a un dios, pero ese no es el punto.
Me siento mareada cuando me pongo de pie, me tambaleo hacia atrás y antes de que pueda caerme de culo el extraño me sujeta el brazo. Lo que siento cuando me toca es cálido y brillante y…arrebatante.
Salgo fuera de su toque abrumada.
—Estamos en el parque Madisson —dice el hombre. Dios, es…como enorme—. No te asuste, no voy a lastimarte —su tono es calmante, pero también demandante.
Él retrocede y la luz de los postes vuelven a iluminar su cabello claro, tiene una barba de días y una piel de aspecto prístino.
Inspecciono con dureza sus inquebrantables ojos mieles.
—No has respondido —le digo—, ¿Quién eres?
Aunque estoy agradecida, no puedo permitirme bajar la guardia. A veces soy estúpida, pero no lo sería en esta ocasión.
—Kaled —soltó—. Ese es mi nombre.
En su mirada la inseguridad se tuerce, pero apenas unos segundos.
—¿Y qué haces aquí, Kaled? —vacilo cuando su nombre sale de mis labios.
Me pregunto si lo que está en mi memoria sobre él diciendo que estaba aquí para cuidarme fue una alucinación. No me sorprende, esta noche mi estrés va a acabar conmigo.
Su mirada se intensifica.
—Tienes conocimiento sobre la existencia de seres celestiales e infernales —espeta—. Ángeles y demonios.
Creo que dejo de respirar.
Mierda.
Es alguien del gobierno.
¡Lo sabía!
Sabía que este día llegaría, cuando el conocimiento de estos seres llegara a las personas equivocadas. Tarde o temprano vendrían por nosotros. Mierda.
—¿Qué?—finjo una risa—. Por dios, ¿ángeles y demonios? ¿Hablas en serio?… Eh, nah, no lo creo —niego—. Tú estás equivo…
Un gruñido poderoso me detiene.
—Me doy cuenta de que estás fingiendo —cierro mi boca parlanchina—. Sé lo que sabes —jura—. Porque yo soy un ángel puro.
Me quedo tensa en mi lugar. No me gusta que jueguen con este tipo de cosas.
Es fuerte, alto, pero solo hay una forma de comprobarlo.
En los diarios de mi tía Lidia está escrito que cuando los ángeles bajaban a la tierra mortal eran armados con un corazón, pero uno no latiente. La única forma para comprobar si el sujeto me está diciendo la verdad es…verificar su pulso.
—Quiero comprobarlo —exijo con dureza.
—Está bien —masculla.
Las razones por las que está aquí no son importantes a menos de que esté diciendo la verdad.
Me acerco con cautela, sin perder de vista su expresión tensa. Cuando levanto mi mano, él sujeta mi muñeca con suavidad, enviando corrientes de algo sagrado a través de mi cuerpo. Ignoro la sensación. Ignoro la propia mueca en su rostro. Lleva mis dedos a su cuello, donde su pulso debería estar latiendo con fuerza como el mío, solo porque quiero que esté tan afectado como yo.
Pero donde lo toco no siento nada, es decir, lo siento a él, su piel, el repentino aliento que toma. Pero no hay latidos.
Cuando los ángeles toman la forma de un humano, todos sus órganos funcionan, pero su corazón es otro, su corazón o lo que enciende el resto de su cuerpo está atado a su alma o forma “celestial”. Porque su forma angelical no tiene nada que ver con la forma humana, no sienten o perciben de la misma forma, es por eso que cuando están en la tierra y empiezan a experimentar sensaciones…los golpean con la intensidad de mil soles. No están acostumbrados al tacto, al frío o al calor, todo para ellos es una bomba abrumadora.
Retiro mi mano rápidamente de su cuello. Su mirada es intimidante.
—¿Eres un guardián? —pregunto confundida—, ¿qué rayos haces aquí? ¿Quién te envió? ¿Por qué me buscas? —balbuceo.
—No soy un guardián. Estoy aquí porque le prometí a tu padre que te cuidaría.
Mi mundo entero se sacude.
¿QUÉ?
Retrocedo hasta que mi espalda queda contra la corteza de un árbol.
—Si no eres un guardián, ¿Qué eres? —siseo.
—Un centinela. Yo no…
—Tienes contacto con humanos —termino. Lidia hizo mucho énfasis sobre ello en sus diarios.
—La regla es para todos. Ningún ser celestial debería tener contacto con los humanos —dice con dureza, como si lo estuviera retando a decir lo contrario.
—¿Entonces por qué estás aquí? ¿Por qué dices que se lo prometiste a…mi padre?
Yo no sé quién es mi padre. No sé nada sobre él y ahora este hombre…Me estoy volviendo loca.
—Correcto. Estoy aquí por una promesa. Tu padre era como yo —confeso, mis ojos se abrieron con horror—. Era un ángel.
“Era”. Tiene que estar bromeando.
Mi estómago se revuelve, apenas y logro respirar.
—¿Está muerto?
La verdad que he estado esperando por mucho tiempo.
—Sí —contesta sin dudar.
Un sonido extraño sale de mí, algo como un quejido o un gemido. Solo sé que significa dolor y miedo. Casi no quiero creerle, sé que los ángeles se vuelven vulnerables en su forma humana, pero todavía es muy difícil que mueran.
¿Qué le pasó?
—No puedo creerte —jadeo.
—No estoy mintiendo —asegura—. Él no murió como ángel. Tenía esta forma corpórea humana.
Cierro mis ojos apretando mis labios.
Mi expresión debe asustarlo lo suficiente como para que intente sujetarme.
—Tenías que saber —dice—, sé que querías saber la verdad.
Abro mis ojos para enfrentarlo, trago intentando desaparecer lo que me oprime la garganta.
—Sí, sí quería —las lágrimas arden, pero no salen—. Solo que no pensé que esa fuera la verdad. Creo que me gustaba mi fantasía sobre un súper hombre…que nunca conocería —tomo una profunda respiración—. Ahora es un hecho que…nunca lo conoceré.
El toque de las puntas de sus dedos en mi brazo hace que me sobresalte.
—¿Por qué tienes que protegeré? —levanto la mirada para poder mirarlo.
—Tu padre rompió una de las reglas más importantes en nuestro reino. Tuvo encuentros furtivos con una humana y formó una relación prohibida con ella. Intenté que parara, pero no lo hizo, sucumbió y se entregó a las sensaciones terrenales. A pesar de que sabía que era incorrecto, nunca dije nada a los otros, sabía que los castigos eran malos y tu padre era mi único amigo —traga antes de continuar. Durante ese segundo de silencio limpio mis lágrimas—. Él me hizo prometerle que cuidaría de la mujer que se había enamorado, pero entonces…las cosas se complicaron, él desapareció, ella murió y después…él también. Fallé. Le juré que intentaría cuidarla y no lo hice, llegué tarde cuando necesitó a un cuidador.
Oh, por favor. Esto es…demasiado. Mi mamá, mi papá, muerte y…cosas prohibidas.
—Fue un accidente, no fue tu culpa —barboteo.
—Él no supo de tu existencia, Amber. Si lo hubiese sabido nunca…se habría suicidado. La muerte de tu madre lo devastó.
Mi estómago se revuelve.
Él se suicidó.
—Esto es tan horrible —tiemblo.
—No es todo —suelta. Cierro mis ojos esperando—. De alguna forma un grupo de guardianes se enteraron de tu existencia y lo anunciaron a nuestros superiores. En secreto se decidió que iban a darte caza, eres peligrosa, eres hasta ahora la única mestiza o nefilim conocida —palidezco—. Si decidieras reproducirte, la nueva r**a que estarías trayendo a la tierra sería una aberración, es por eso que quieren aniquilarte. Yo te prometo que eso no sucederá, no pude cuidar de tu madre, pero en nombre de tu padre, voy a cuidarte con mi vida.
Todo gira de nuevo. Como un espiral. Las palabras de Kaled se reproducen una y otra vez. Y yo…siento que voy a vomitar en cualquier segundo.
—Pe-pero yo no soy peligrosa, yo no sé nada de…
—Lo eres, Amber —su voz baja de tono—. Sé que estás desarrollando fuerza y reflejos que no coinciden con los límites humanos. Creo que pudiste haberlos heredados y eso es lo que los ángeles temen.
¿Ellos me temen?
—Quiero irme —murmuro.
No puedo seguir aquí.
—De acuerdo, iré contigo. De ahora en adelante, donde tú estés, ahí voy a estar.
Tengo que decidir ahora, si confiar en todo lo que me dijo o no. No me mintió con lo de ser un ángel, pero, ¿Y si quiere matarme?
«Ya lo habría hecho». Contesta mi amarga consciencia.
Vuelvo a mirarlo y decido que si quiere protegerme, entonces que lo haga. No quiero ser asesinada, menos por aquellos quienes se suponen que son los buenos.
—¿Quién mas esta de tu lado? —cuestiono dudosa.
Kaled me observa con dureza.
—Solo yo —dice—. Pero ellos solo son un pequeño grupo, no se arriesgarán a que todo el cielo se entere de ti, confía en mí.
—¿Por qué?
Sus ojos van al cielo y entonces suspira: —Porque si los demás se enteran de ti, más ángeles podrían ser tentados a caer.