Isabella
Han pasado trece años en la burbuja de felicidad domestica que hemos creado en la casa de los padres de Enzo…
Está bien. Está bien, más bien son treinta y seis horas. Pero, maldita sea, parece mucho más tiempo. Como si lleváramos haciendo esto desde hace siglos. Que extraño es adoptar un ritmo como este con un desconocido.
Aunque ya no somos desconocidos, hace una semana lo éramos. Y ahora nos despertamos a las nueve de la mañana y comemos avena juntos. compartimos el periódico y comentamos sobre política y miramos por la puerta corrediza hacia el patio trasero para ver que pájaros podemos identificar.
Y, sinceramente, mi vida antes de Enzo casi se había desvanecido en un recuerdo lejano. Estás vacaciones , sea lo que sean, ha sido un respiro muy necesario de mi decepcionante trabajo y vida social en San Francisco. Me encanta despertarme a su lado. Me encanta reírme mientras hago sudoku después del desayuno. Me encanta todo el sexo, que hay, sin duda, el mejor que he tenido en mi vida. No es que tuviera mucha competencia, pero tambien estoy segura de que seguiría reinando mil veces si, por alguna razón, decido vivir con alguien más.
Aunque probablemente lo haré, me recuerdo a mi misma. Porque Enzo no es el indicado. Se hace pasar por el indicado. Y, maldita sea, lo hace muy bien. Tan bien que hasta me lo estoy creyendo.
El hombre elige mi ropa interior cada mañana, por el amor de Dios. ¿Cómo se supone que no voy a dejar que eso me influya? Él tiene un interés personal en mis bragas sencillas, lo que dice mucho sobre él.
Al parecer, mi niña de dieciséis años eligió a un buen hombre, porque Enzo era el hombre de mis sueños en ese entonces y lo sigue siendo ahora. Cuanto más lo conozco, más lo quiero para siempre.
Lo que significa que el hecho de tener solo una semana con él es lo que provoca el pánico.
Como si no hubiera estado lo suficientemente confundida y ansiosa por todo esto, hago un buen trabajo ocultando mi ansiedad mediante bromas nerviosas y mirando fijamente a la distancia, imaginando diez millones de resultados improbables para cualquier situación dada. Así que no es como si pensara que Enzo sabe que estoy muy nerviosa por el final de esta fantasía de la tierra de los sueños.
Disfruto mucho de nuestras mañanas tranquilas juntos y la forma en que, de repente, saca la foto con la gaviota en la cara del pájaro enojado. No me había reído tanto desde la universidad, cuando vivía rodeada de amigos todo el tiempo. Honestamente, Enzo habría encajado perfectamente en mi grupo.
Estoy descubriendo que encaja conmigo en muchos aspectos. Pero cuando lo encuentro instalando su computadora portátil en el rincón del desayuno el miércoles siguiente, recuerdo que a pesar de todas las formas en que encajamos en Bahía Azul, él todavía tiene otra vida en San Francisco de la que no se nada.
Me siento a su lado y me paso un peine por el pelo recién lavado.
—¿Qué estás haciendo? —
Me mira por encima de sus gafas de montura negra que son a la vez modernas y de edad avanzada.
—Adivina—
—Codificación—
Me levanta el pulgar y me dice: —Pero no solo eso. Estoy terminando de codificar—
—¿Quieres decir que estas renunciando? —
Emite un sonido de frustración. No hemos hablado mucho sobre el trabajo durante el tiempo que hemos estado en casa, bueno no hemos hablado de eso en absoluto, pero ese sonido me pone al día con todo lo que necesito saber sobre su puesto en la compañía.
—Eso es lo que me va a ayudar a hacer esta aplicación: Salir de E-bid. Pero nunca dejaré de programar—
Paso el peine por algunos mechones enredados en las puntas. De vez en cuando caen pequeñas gotas en su dirección.
—Pensé que te gustaba E-bid— le digo.
Hace una mueca: —Si, pero es que…— Mira a su alrededor, como si buscara a alguien espiando. —No tengo otro lugar al que ir allí. Ya he llegado al límite y no quiero el trabajo de mi jefe. Necesito algo mejor—
Asiento con la cabeza, concentrándome en el peine n***o que estoy pasando por mis largos mechones. —Si. Siento lo mismo—
La curiosidad se apodera de nosotros. Es otra cosa de la que no hemos hablado en absoluto: Sabrina. No es que haya olvidado que solían salir y que ella es mi jefa. Ha sido bastante fácil pasarlo por alto en el alboroto de estar de vuelta en Bahía Azul.
Cuando su mirada se encuentra con la mía, las preguntas bailan allí, aunque él no dice nada.
—No quiero hablar mal de ella— agrego. —Ella no es lo que esperaba—
—¿Quién? —
—Sabes quien—
Enzo se aclara la garganta y se muerde la mejilla. Su mirada se dirige de nuevo a la computadora portátil y hace clic con el mouse al azar por un momento. —¿Te causa problemas? —
—Eso sería decirlo con delicadeza—
Sus dedos golpean el teclado y mi cabello se mueve cuando el peine pasa por él. —¿Qué hace? —
Suspiro y hago una pausa mientras peino. La lista de cosas que tengo que hacer es, sinceramente, muy larga. Pero la mitad de los artículos pueden sonar como si fuera paranoica o quejosa, aunque sé que Sabrina está decidida a hacerme daño de alguna manera. Sin embargo, todavía no he podido precisar que es.
—Ya sabes cómo algunas personas tienen esta constante, subyacente sensación de pavor o de fatalidad de que alguien va a morir o a sufrir una accidente aéreo o a hacer que su vida sea horrible? —
Enzo asiente.
—Bueno, eso es lo que siento por Sabrina. Hay algo en ella que no me hace confiar. Todavía no ha pasado nada, pero aún no estoy convencida de que no suceda—
Enzo me mira con los ojos entrecerrados.
—Entonces. ¿Estás nerviosa de perder tu trabajo? —
—No es eso. Cada vez que tengo una sugerencia o una modificación de políticas o un ajuste de proceso, ella encuentra al menos diez razones para las que esa idea es completamente inviable o inútil. Y realmente estoy dando lo mejor de mi aquí—
Las palabras salen a borbotones de mi boca. —Llegue a E-bid dispuesta a mejorar las cosas. A, no sé, brillar o algo así. Pero hay obstáculos a cada paso. No puedo hacer ningún progreso—
El resopla. —Me suena familiar— Sin embargo, nuestra experiencia compartida solo resulta mínimamente reconfortante. Claro que podemos compadecernos, pero ¿Cuál es el siguiente paso?
—Si, parece que necesitamos encontrar nuevos trabajos— digo finalmente.
—Espero que esta aplicación me ayude a lograrlo— dice, y hace una pausa mientras sus ojos recorren la mesa de un lado a otro.
—¿Estás segura de que realmente quieres trabajar en Recursos Humanos? —
—Me encanta el ambiente. Me encanta el trabajo que implica. Solo desearía…—
Niego con la cabeza, preguntándome cuanto más debería quejarme de su ex en su cara. No me he dado cuenta de ninguna señal de que esté de acuerdo conmigo. Diablos, no me ha dado ni una pizca de información sobre ella, y soy demasiado cobarde para preguntar. Así que supongo que seguiremos evitándolo.
—Ojalá tuviera el trabajo de Sabrina. Creo que podría hacerlo mejor—
—¿De qué manera? —
—Mis interacciones con la gente no estan plagadas de juegos de poder— Dios mío, la suciedad está saliendo a la luz ahora. No podría detenerla, aunque lo intentara. —No manipulo emocionalmente a las personas. Solo para empezar—
—¿Por qué no me dices lo que realmente sientes? —
Se me escapa una risa. —Si. Bueno. Tu estás llevando la peor parte, porque en realidad no tengo a nadie más a quien contárselo. Sabrina sería la persona indicada, excepto que ella también es el problema—
Enzo se recuesta en la silla de madera, que cruje cuando lleva las palmas de las manos detrás de la cabeza. —Creo que toda la estructura de E-bid está hecha un desastre. Tengo una lista de cien cosas que cambiaría—
—Aquí igual—
El silencio se instala entre nosotros. Cuando Enzo finalmente me mira, dice: —Entonces, ¿A dónde irías si pudieras elegir? —
Se me escapa un suspiro. Sigo peinándome. —¿De verdad? No tengo ni idea.
—¿No tienes un trabajo soñado? —
—Si, pero no está disponible, supongo. Es más, un concepto—
El me mira con los ojos entrecerrados.
—Explícate—
—No sé. Quiero algo creativo dentro de la formalidad del mundo empresarial. Siento que Sabrina no responde bien a mis ideas creativas. Ella quiere el blanco y n***o, de nueve a cinco, para poder salir y decir que hizo su trabajo. Pero podría hacer mucho más si se preocupara y pensara de manera creativa. He presentado tantas eficiencias, tantos enfoques nuevos, tantos proyectos que resolverían la redundancia y el trabajo pesado. Pero pasa desapercibido, no se utiliza. Y si así es el mundo corporativo, no sé qué empresa me va a aceptar como soy—
Soy consciente de lo mucho que me quejo de mi trabajo, pero, por Dios, si puedo callarme ahora. Además, hay algo sexy en las preguntas reflexivas de Enzo y en el hecho de que realmente me está escuchando.
—Y la verdad es que no me siento inspirada para empezar a buscar trabajo y luego descubrir que el mismo trabajo me tendrá en la misma posición que este—
Enzo asiente. —Si, estoy de acuerdo contigo. Así que deberíamos empezar nuestros propios negocios—
Resoplo. —Claro. ¿En que? Tienes mucha opciones. Pero en el mundo de los recursos humanos, soy tan inexperta que ni siquiera podría convencer a un estudiante universitario para que me contratara como tutora—
Enzo se inspecciona las manos mientras se pasa el pulgar por los nudillos. —Si, pero has estado en un entorno profesional durante dos años. Tienes el impulso. Tienes la creatividad. Eso compensa las otra áreas en las que quizás no estes tan desarrollada—
Lanzo el peine sobre la mesa. —Está bien. encuéntrame el trabajo y dime donde presentar la solicitud—
Su sonrisa se extiende de oreja a oreja. —Como desarrollador de aplicaciones, lo tomo como un desafío—
—Bien. créame una aplicación que me diga cual es el riesgo correcto que debo asumir. Porque, sinceramente, ya ni lo sé. Hagamos que el algoritmo lo averigüe. En eso son buenos, ¿no? —
Se ríe, pero yo solo estoy medio bromeando. A estas alturas, pagaría dinero para que un coach de vida analizara mis tonterías y me dijera si ya es hora de alejarme de E-bid o si solo estoy siendo una idiota caprichosa. Una parte de mi desearía poder culpar de mi insatisfacción a algún tipo de defecto de personalidad. Estándares demasiado altos. Debo esforzarme para sentirme satisfecha con lo que la vida me ofrece. Pero la otra parte de mi sabe que algo no va bien y no estoy segura de cuánto tiempo más poder seguir con la farsa de que disfruto del entorno corporativo.
Y a los veinticinco años, esto me resulta abrumador, de una manera que nunca imagine venir. A esas alturas, debería estar bien encaminada en mi carrera, pero en cambio, estoy soltera, infeliz y forzada, sin idea de cómo solucionar las cosas.
Peor aún, me odio a mi misma por ser infeliz, porque debería tener el mundo a mi alcance y disfrutarlo. Así que es un ciclo de ansiedad que no logra prácticamente anda. Por eso no hablo mucho de ello.
Enzo es el único a quien le he contado esto. Ni siquiera se lo he contado a mis amigas todavía, porque todas estan en pleno auge en sus carreras. No quiero empantanarlas con un malestar sin rumbo.
Se oyen pasos suaves por el pasillo y un momento después aparece River, con los ojos entrecerrados y sin camiseta.
—Hola, chicos—
Enzo mira su reloj con gran ostentación. —Debe haber sido una noche muy larga—
—Estuve destrozando el suelo hasta las dos de la madrugada— Bosteza River con fuerza mientras mira fijamente el refrigerador.
—Por cierto, si alguna vez te aburres…— River comenzó a renovar la casa que heredó de su abuela mientras intenta venderla. Espero que Enzo se burle y desestime el comentario de su hermano, pero mira a River con los ojos entrecerrados como si estuviera pensando en ello.
—¿Necesitas ayuda hoy? —
River asiente. —Si. Necesito ayuda todos los días. Wyatt me ayudó ayer, voy a convencer a Nolan también—
—Me apunto— Enzo se gira hacia mí y su entusiasmo es genuino.
—¿Quieres ayudar tambien? —
Su entusiasmo es entrañable, pero ya puedo intuir que se trata de un proyecto sagrado entre hermanos. El tipo de cosas que los tres necesitan.
—No, no lo creo. Voy a ir al lago con mi madre, pero volveré para la cena—
Enzo asiente y observa mi rostro por un momento. luego se inclina hacia delante y me da un beso en los labios. —¿Lo prometes? —
Estoy jugando con la punta de mi trenza, mordiendo el comienzo de una sonrisa imposiblemente enorme.
—Lo prometo—