17. Bragas de abuelita

2465 Words
Enzo Mamá y River estan en el patio trasero cuando regresamos a la casa, pero no nos detenemos a saludar. No nos detenemos por nada. Llevo a Isabella por las escaleras, su mano sujeta a la mía por si se va a buscar una nueva mejor amiga o a sorprender al mundo con sus habilidades en el ping-pong otra vez. No me malinterpreten. Ambas son cualidades muy buenas que debe tener una chica. Solo que la necesito en nuestro dormitorio, ahora. La puerta se cierra con un clic detrás de nosotros. Enciendo la lampara que está al lado de la cama y ella me mira con ojos de cierva. Hay algo tan inocente en ella. Como si nunca hubiera hecho esto antes, aunque lo haya hecho. Y como siempre, su mirada solo se encuentra con la mía por un momento antes de posarse en otro lugar. No puedo tener suficiente de ese color azul. Se está mordiendo el labio, esperando a que haga un movimiento. —Ok. Vamos a verlas— señalo la cama con la barbilla. —La colección de bragas de abuelita— Ella se ríe y deja caer su gran bolso sobre la cama. —¿En serio? — Ella no tiene idea de lo serio que soy. Es como si no supiera lo sexy que es. —Déjame verlas— Ella hace un gesto con los labios mientras hurga en su bolso. Personalmente, me hubiera encantado ir de compras con ella para comprar estas bragas, pero tal vez eso sea en un futuro. El bolso cruje mientras ella saca siete pares de bragas nuevas. Deja el bolso en el suelo y luego las coloca una a lado de la otra. Fucsia, n***o intenso, azul cielo, estrellas amarillas sobre rojo y más. Me lanza una mirada tímida. —Estos— tomo el par fucsia y luego empujo el resto fuera de la cama. —Veamos estos— Ella se está mordisqueando el labio otra vez. —¿De verdad…? — Asiento y ella se dirige al baño. —¿A dónde vas? — grito antes de que cierre la puerta. —A ponerme esto— —Isa— me río por la inocencia de su comentario. —¿No quieres cambiarte aquí? — —Quiero decir…— Mi polla se contrae mientras la urgencia me recorre el cuerpo. La quiero encima de mí ya. La quiero deshaciéndose en mis brazos. —Ven aquí y quítate la ropa— La comprensión brilla en sus ojos. Sonríe con picardía y se dirige hacia mi nuevamente. —Quieres un striptease— se baja el hombro de la camisa suelta. Asiento, dejando que la sonrisa en mi rostro lo diga todo. —¿Aunque sea el peor striptease de la historia? — pregunta, y luego se quita la camisa con un movimiento rápido. Sus pequeños pechos estan envueltos en un sujetador de satén n***o. Estoy completamente excitado pensando en poner mis labios alrededor de uno de esos pezones rosados. —Por ahora va bastante bien— digo, mientras me acomodo el pene para que la cinturilla de mis pantalones no me lo corte. Su mirada se dirige a mi entrepierna y una sonrisa se dibuja en sus labios. Isabella se desabrocha los pantalones cortos a rayas y los empuja hasta el suelo. Lleva ropa interior negra de chico, que tambien se baja un momento después. aprieto los dientes mientras mi mirada se posa sobre su suave y depilado coño. Quiero pasar un dedo por esos labios, seguido de mi lengua, seguido de mi polla. Una mañana con ella, y me encanta su coño, eso ya lo se. Me chupo el labio inferior mientras ella alcanza las bragas fucsia. —Quítate el sujetador— digo con la voz un poco ronca. —Quítate los pantalones cortos—responde ella. Está bien. jugueteo con torpeza para quitarme los calzoncillos abultados. Una vez que los dejo en el suelo, ella se desabrocha el sujetador. Este cae al suelo, dejando al descubierto sus pechos respingones y esas piedritas rosadas que ya tengo ganas de morder. Isabella tiene líneas largas y curvas suaves. Es como un elegante signo de exclamación. Le diría esto si no estuviera tan excitado ahora y pudiera formar palabras. Su mirada encuentra la mía, puro calor y vulnerabilidad allí. —Quítate la camisa— Me la arranco en un tiempo récord y la arrojo al suelo junto con mis pantalones cortos. Ella se pone las bragas fucsias y se las sube justo por debajo del hueso bronceado de la cadera. Precioso. Ahora esas bragas tienen que salir. —Ven aquí— Ella da un paso adelante y la agarro en cuanto se acerca. Su piel es cálida y sedosa contra la mía mientras ella cae hacia adelante. Caemos de espaldas sobre la cama, sus pechos aplastados contra mi pecho. Nos reírnos, pero entonces empiezan los besos. Besos urgentes mezclados con ternura. No como esta mañana, que fue un erotismo exploratorio en el mundo de los sueños. Ahora estamos alerta. Ahora ya sabemos lo que nos espera. Ella gime mientras me besa y yo paso las palmas de las manos por la línea de sus muslos, hacia arriba y sobre la curva de sus nalgas. Sabe a vainilla y cerveza, una combinación embriagadora que me hace doler la polla. No solo la deseo. La necesito. Masajeo sus nalgas perfectas y pequeñas, y las yemas de mis dedos se hunden, y las yemas de mis dedos se hunden bajo la tela de sus bragas nuevas. Ella inhala con fuerza. Le pido que abra las piernas y se sienta sobre mí, con mi polla atrapada apretando mis bóxer entre nosotros. —¿Te gustan? — pregunta ella. —Dime tu— empujo mis caderas, demostrándole lo mucho que soy su fan. Ella se ríe. —Es ropa interior básica de algodón. Porque yo soy una chica básica de algodón— —Pff— Le acaricio los pechos con las manos y paso los pulgares por los puntos tensos de sus pezones. Un escalofrió le recorre el cuerpo y entrecierra los ojos. —¿Cómo lo quieres, Isa? — —¿Querer qué? — pregunta ella, su voz a un millón de millas de distancia. —Cuando te folle— Sus ojos se abren de golpe, redondos y conmocionados. Dios, su inocencia es adorable. Y ni siquiera estoy hablando de cosas sucias. —Lo que sea… no lo sé… dímelo tu— Hago un gesto de desaprobación y sacudo la cabeza. empujo mis caderas de nuevo, generando algo de fricción entre nuestras ingles mientras su coño cubierto de fucsia se frota contra mi polla cubierta de carpa negra. —Tú eliges— Ella traga saliva, su mirada cae sobre mis hombros, luego hacia la extensión de mis abdominales. Ella parece dudar en hablar. Como si tal vez nunca le hubieran preguntado eso antes. —¿En la ducha? — pregunta chillando. Por mi esta bien. vuelvo a pasar el pulgar por cada pezón y disfruto de la forma en que su cabeza se inclina hacia atrás y su expresión se transforma en puro placer. Muevo mis manos hacia sus caderas y froto las yemas de mis dedos de un lado a otro sobre la entrepierna de sus bragas. Un movimiento provocativo que la deja sin aliento. —Tus deseos son ordenes— Casi la llamo cariño, es demasiado fácil con ella. me incorporo y la insto a que se levante antes de hurgar en la mesita de noche en busca del único condón que me queda. Podría pedirle más a Nolan, pero en serio, debería ir a comprarme un paquete enorme. Todavía nos queda una semana y media y no veo que esto vaya a disminuir. Ella corre hacia el baño y el agua se abre. La sigo como un zombi cachondo en busca de sexo. Hay una ducha, cómoda pero adecuada. Al menos servirá. Se baja las bragas y se las quita, probando el agua con la mano antes de deslizarse bajo el chorro. Su cabello todavía está en una trenza suelta detrás de ella, pero se ha quitado la goma del pelo de nuevo. La anticipación me estremece. Mis dedos se contraen con la urgencia de acelerar la revelación de su cabello. Es solo cabello, nunca me había importado tanto la melena de ninguna ex. Pero con Isabella, es diferente. Como si su cabello fuera un secreto que ella guarda, anudado, reservado para unos pocos muy selectos. Me quito los calzoncillos y me aprieto el puño mientras mi mirada se posa sobre su cuerpo esbelto y desnudo, que ya gotea agua en la ducha. Me humedezco el labio inferior y abro el paquete del condón antes de perderme allí. Su mirada chisporrotea sobre mi mientras lo paso por mi pene. Dentro de la ducha, ahueco su rostro entre mis manos y nos besamos, una y otra vez, bajo el chorro de agua. Su sabor se diluye; nuestros labios se deslizan y nuestros cuerpos se deslizan uno contra el otro. Y luego la empujo contra la pared. El cabello se le ha pegado a un lado de la cara mientras beso su mandíbula y su cuello. Levanto su muslo hasta mi cadera, mi polla buscando el único lugar que mejor conoce y que desea estar. Isabella me rodea el cuello con los brazos y se arquea hacia mí. Me hundo en el dulce hueco de su cuello antes de levantarla contra la pared. Sin esfuerzo, como si fuera un pájaro y sus huesos estuvieran huecos. Un pájaro peculiar. Otro apodo para Rayo de sol. Y la idea suena como algo que ella diría, lo que es aún más divertido. —¿Qué es tan gracioso? — No me di cuenta de que me estaba riendo. La miro a los ojos con aire culpable. —Nada— —Estabas riéndote— —Estaba pensando en lo liviana que eres— Presiono mis abdominales contra su vientre. Mi pene se esfuerza por encontrar su cálido centro. —Como si tus huesos estuvieran huecos— Ella se ríe. —Si así fuera, puedes apostar tu trasero a que lo pondría en mi curriculum— Nos besamos entre risas y luego me introduzco en ella tan lentamente que nuestras risas se convierten en gemidos. Ella me envuelve con terciopelo. Incluso después de nuestra mañana maratónica, su coño es un vicio resbaladizo y todo mi cuerpo se tensa por las sensaciones. —Oh, Dios mío— susurra en mi oído. Sigo adentrándome en ella, centímetro a centímetro, gimiendo. Por fin, me he hundido hasta el fondo. Sus muslos estan duros como una roca a mi alrededor, sus talones se clavan en mi trasero. Me flexiono una vez y ella gime. —Mierda— paso mis dientes por su mandíbula por un momento. Como una forma de controlar mi ritmo y conseguir mi objetivo. —Te sientes muy bien, Isabella— —Lo sé. Lo sé. Lo sé— Se arquea contra mí, el agua rozando la parte superior de sus pechos. Dios, se ve tan sexy ahora mismo. el agua gotea sobre su caja torácica, el cabello rojizo pegado a su barbilla. Mis bíceps se abultan por la forma en que la sostengo, su trasero en mis manos para poder controlar el ritmo lento y medio que estoy infligiendo a ambos. Es una versión tortuosa del paraíso. Me balanceo conta ella una vez, luego otra vez. Cada vez que empujo dentro de ella, su vientre se hunde y su coño se cierra a mi alrededor. Esta chica está trabajando conmigo, eso es seguro. Pero es un poco demasiado buena en lo que hace. Puede que me haya corrido hace horas atrás, pero todo mi cuerpo está vibrando, tenso y ansioso por sumergirme en otro orgasmo. Inclino la cabeza hacia abajo y tomo uno de los pezones de Isabella entre mis dientes, lamiendo la punta con mi lengua. Ella gime y se sacude contra mí. —Ten cuidado— susurra ella. —¿De qué? — —De hacerme correr— se arquea de nuevo, con los ojos cerrados. —¿No es ese el punto? — sonrió mientras muevo mi lengua hacia el otro pecho. —Si, pero— resopla. —No tan rápido— Así que ella quiere que esto dure tanto como yo. Y tal vez lo logremos algún día, pero no hoy. Lo sé porque ya está clavándome las uñas en la parte superior de los hombros. Lo sé porque ha empezado a emitir este lindo gemido, ese que queda atrapado a medio camino entre tener una mala pesadilla y el mejor orgasmo de tu vida. Vuelvo a penetrarla con cuidado, más rápido esta vez. Ella emite un gemido bajo. A la mierda. No vamos a durar mucho más. Vamos por el oro. —Mírame— Ella gime de nuevo, mirándome a través de rendijas borrosas. —Voy a correrme con fuerza— le advierto porque ella es delgada y yo soy grande. Pero ella lo va a disfrutar como si fuera miel. —Y tú vas a correrte aún más fuerte— Una sonrisa se dibuja en sus labios y asiento. Rozo mis labios con los suyos. —¿Lista? — —Follame— Me río, pero la risa se apaga rápidamente. Aprieto sus nalgas de manzana y me armo de valor: la envisto de nuevo. El hierro se convierte en terciopelo, la tensión da paso a la pasión. La follo con fuerza, pero no como un maníaco, si no como un profesional mesurado, un hombre que quiere que ella disfrute de esto tanto como yo. Pero hay poder aquí. Mucho poder. Nuestros cuerpos chocan a un ritmo que trasciende la melodía. Esto es jodidamente perfecto. Chocamos contra la pared de la ducha, un ruido que registro distantemente pero que no me importa. Ella es demasiado cálida, demasiado suave, demasiado apretada como para que me importe algo más. La levanto de nuevo y mi polla se hunde más profundamente en su interior. De repente, ella grita, chilla y araña la pared de azulejos, y su coño se convierte en un torno. Me lleva hasta el borde con ella y me deslizo dentro del abismo justo detrás de ella, en caída libre y fluida, el calor bombeando tan rápido por mis venas que creo que me quedo legalmente ciego por un segundo. La follo hasta que no puedo más, hasta que el condón está lleno y mi pene comienza a ablandarse. Ella gime, se retuerce y gime mi nombre. Salgo de ella lentamente, pero no la bajo. En lugar de eso le doy un beso en la frente. Y luego otro. Finalmente, nuestras miradas se cruzan. Y esta vez, me deja contemplar ese paraíso de color azul durante el tiempo que quiera.
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