21. Eres mi rayo de sol

3012 Words
Isabella El tiempo se acaba, así que opto por no pensar en lo que sucederá después de Bahía Azul. Nos quedan tres días antes de partir hacia Milwaukee para tomar el vuelo de regreso a San Francisco. Parece imposible, porque el tiempo se detiene cuando estoy con Enzo, por lo tanto, me debería de quedar una eternidad con él. Pero después de más batallas de ping-pong, que las gano todas y noches con sus hermanos, y renovaciones grupales en la vieja casa de la abuela, donde los hermanos estan trabajando juntos, decido que necesitamos hacer algo especial. Una especie de cita de un día. Así que quedo con mis padres para que me presten el barco por un día mientras están en el trabajo. No les digo a quien llevo ni a donde voy, y ellos no me preguntan. Yo he crecido conduciendo barcos, así que no es una petición extraña. Enzo y yo subimos a bordo del barco de mis padres después del almuerzo con una hielera llena de cervezas y botellas de agua. También traje algunos bocadillos, concretamente zanahorias y sándwiches de mantequilla de maní y mermelada, y tres libros, aunque estoy bastante segura de que no leeré nada en el lago hoy. Solo necesito estar preparada por si decido hacerlo. Pero la desesperación acecha mi compostura, aunque el sol cae sobre nosotros y esta vez me he aplicado uniformemente el protector solar, por si acaso me pongo un libro sobre el estómago y me quede dormida. Saco el barco del puerto deportivo en el centro de la ciudad. pronto nos topamos con olas blancas de frente, y el rocío verde azulado del agua del lago nos alcanza de vez en cuando dentro del barco. Enzo se sienta en la proa, sin camiseta y riendo mientras nos enfrentamos a las olas. Cada vez que me mira, me duele un poco el pecho. He estado dudando sobre que decirle. Como podría preguntarle si esto entre nosotros es real. Porque, aunque él ha estado provocando mis inseguridades, eso no significa que hayan desaparecido. Ahora están simplemente…expuestas. Temblando a la luz del día, bajo su mirada inquebrantable. Lo que hace que sea aún más difícil preguntarle que podría sentir realmente por mí. Le he dicho a Enzo cosas que nunca planeé compartir con nadie. Pero el todavía parece disfrutar estando cerca de mí, incluso sabiendo que me cuesta mirar a la gente a los ojos porque mi autoestima es una mierda y que me siento sin rumbo en mi adultez. Es como si el no me guardara rencor por esas cosas. Lo cual, en sí mismo, no es un concepto revolucionario. Mis amigas no me guardan rencor por esas cosas; bueno no lo harían si lo supieran. Pero mi ex tenía ese tipo de cosas en mi contra. Mi apariencia, sobre todo, pero también cualquier signo percibido de debilidad o duda. A veces incluso me destrozaba si no estaba segura de lo que quería para cenar. En su mente, cosas como esas se traducían en defectos de carácter evidentes que me hacían no apta para recibir amor. Y aquí esta Enzo, navegando como si los defectos pudieran coexistir con la apreciación. Es algo que se en el fondo, pero, maldita sea, ha quedado tapado por un montón de porquería Me dirijo hacia el norte, hacia lo ancho, extensión aparentemente ilimitada de agua agitada. La luz del sol se refleja en la superficie del agua en la distancia, como una tonta, olvidé mis gafas de sol, así que Enzo me presta las suyas. Porque es así de genial, que siempre tiene dos pares. Llevar hoy sus gafas de sol es casi lo mismo que llevar un anillo de compromiso, y hay algo en el aire caliente y las olas que salpican que disuelve hasta la última pizca de tensión que late en mi interior. Nunca me he sentido tan viva. Tan jodidamente feliz. Reduzco la velocidad del barco y lo guío hacia una zona relativamente vacía de la bahía alrededor de la delgada franja de arena que sobresale en medio del agua. Se llama Banco de arena y a los navegantes les encanta reunirse aquí, echar el ancla y tomar algo entre una ronda y otra de natación hasta el terraplén de arena. Esta en medio de la nada, un hallazgo secreto de la bahía. Enzo me ayuda a echar el ancla y luego nos desplomamos de nuevo en los asientos de proa. —¡Este día es tan jodidamente hermoso! — grita tan fuerte como puede. Me río, apoyando mis tobillos en su regazo. —No nos vayamos nunca— —¿Vivir permanentemente en la bahía? — Se encoge de hombros. —Me apunto— —No nos vayamos nunca hoy— aclaro. Porque si el tiempo sigue avanzando, inevitablemente nos separará. —Está bien. la máquina del tiempo— chasquea el dedo. —Ya está— Le sonrió, el horizonte detrás de él se inclina y luego se endereza, se inclina y luego se endereza, mientras el barco se balancea con las olas que se aproximan. Nos sumimos en un silencio confortable. Su mano encuentra mi tobillo y frota el pulgar de un lado a otro sobre la protuberancia ósea. No sé qué está mirando. todo lo que sé es que lo estoy mirando a él. —Sabes— comienza, después de que hayan pasado quizás tres minutos o media hora con perezosa perfección, —olvidé una parte importante el otro día cuando envié mi información a la junta directiva de Isabella— Ya me estoy riendo, porque él sabe contar chistes a lo largo de la eternidad tan bien como yo. —Oooh, no sé cómo van a manejar una entrega de último minuto. Insisten en puntualidad— —Quizás pueda hacer que se muevan— Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba y casi le pido que se levante las gafas de sol para poder ver con que intensidad me está mirando en este momento. —Tus dedos de los pies— —¿Mis dedos de los pies te han excitado? — El asiente, apretando cada uno de mis dedos por turno. —Oh, si— —No entiendo como eso es posible— —Está bien. Podemos atribuirlo a un misterio médico, si eso ayuda— Me echo a reír de nuevo. —No creo que eso ayude, en realidad. Preferiría no aparecer en un reality show por el interés de un hombre en mis dedos de los pies— Me agarra el otro tobillo y me da un pequeño tirón. —¿Sabes que? Ven aquí— Es difícil no complacer cualquier cosa que él quiera. Me acerco a él y él se acomoda en el gran asiento de manera que nos abrazamos, con nuestras piernas entrelazadas, aunque afuera hace calor y está húmedo. —Tengo otro misterio médico para que lo investigues— murmura en mi oído, lo que provoca más risas de mi parte. —¿Tiene algo que ver con esa protuberancia entre tus piernas? — —Mmm…— Se da la vuelta y me coloca encima de él. Aterrizo sobre su polla, que ya está casi dura. Tal vez mis dedos rosados hagan maravillas. Es imposible imaginarlo, ¿mis dedos? Pero bueno, la ciencia está aquí. No soy de las que discuten la información. —Mmm— cierro los ojos mientras abro bien las piernas y me siento sobre el en el lugar correcto. Apoyo las palmas de las manos en los cojines de vinilo que había a cada lado de él y balanceo las caderas hacia adelante y hacia atrás. La barrera de ropa entre nosotros es baja, lo que significa que esto podría salirse de control rápidamente. El lleva un bañador gris carbón y yo tengo mi bañador de rayas rosas y blancas. Sus manos queman los costados de mi cintura y luego empuja las copas del bikini para que mis pechos se desborden. —¡Tranquilo allí! — miro a mi alrededor. Es posible que a los demás navegantes no les guste nuestra exhibición de desnudez. —Nadie nos está mirando— me asegura. Y tiene razón. El barco cercano probablemente este a media milla de distancia. Afortunadamente el banco de arena esta hoy despoblado y los demás tendrían que estar observándonos con binoculares para tener una idea de lo que estamos haciendo aquí, medio protegidos por la barandilla de la proa —Nadie, excepto yo— añade, lo que me provoca un escalofrió en la columna vertebral. Nuestros labios chocan, pegajosos, apasionados y ásperos. Nos besamos tan fuerte que el gruñe y yo gimo, ruidos poco atractivos que solo avivan aún más el fuego. Tiene mis nalgas en ambas manos de nuevo, las puntas de los dedos clavándose en esa carne sensible justo cerca del comienzo de mi coño. Ya estoy ansiosa por él, empapada y lista, mis pezones tan duros que podrían atravesar mi bikini. Una vez que nos separamos, sin aliento y con los ojos desorbitados, Enzo agarra mi rostro entre sus manos. —¿Por qué eres mágica? — Sonrió. Está exagerando. Son las feromonas las que hablan. —¿Por qué eres perfecto? — pregunto, mientras paso mis manos por la cálida extensión de sus pectorales y por las crestas de sus abdominales. No exagero. Este hombre es la perfección personificada. Se humedece el labio inferior. —Isa. Quiero estar dentro de ti— Me inclino para darle otro beso. —¿Dónde pusiste los condones? — —En mi mochila— Me arrastro hasta donde está y alcanzo la bolsa que ha guardado en la esquina. Vuelvo a posarme en mi lugar, con el coño cubriendo la polla, y empiezo a hurgar en su bolsa. Encuentro la caja de condones como lo prometió. Compramos la caja grande la semana pasada, pero cuando busco dentro de la caja, no veo ni un solo condón. —Enzo…— —¿Qué? — Lo compruebo dos y tres veces y luego le muestro la caja vacía. —Nos hemos quedado sin condones— Abre la boca y también examina la caja. Luego se desinfla de nuevo sobre el cojín. —Mierda. ¿Hemos tenido tanto sexo? — —Me duelen las caderas desde hace una semana entera. Así que… si— Se ríe y acaricia con las palmas de las manos la parte de mis muslos. Se mueve debajo de mí, lo que empuja la punta de su pene contra mi clítoris. Mi cabeza cae hacia atrás y se me escapa un gemido bajo. Dios, todavía lo deseo. Sin condón. Nunca lo he hecho así con nadie. Excepto con mi ex. Enzo ya es mil veces más que merecedor de algo tan íntimo de lo que fue mi ex. —¿Tenemos que…? — ladeo la cabeza. —Ya sabes…— Se humedece de nuevo el labio inferior. —¿Tú quieres? — —Tomo la píldora y confió en ti— El gruñe y sus abdominales se flexionan mientras empuja sus caderas contra mi nuevamente. —¿A dónde quieres que vaya? — Trago saliva. —Dentro de mi— —Dios mío. Voy a perder la cabeza— Exhala un largo suspiro y se apoya sobre los codos. —Quítate el bañador, nena— Ahora su voz es más suave. no estoy del todo segura de que se debe este cambio que estoy viendo, pero lo entiendo. Esto se siente como un gran paso. Al menos, lo es para mí. Pero no sugeriría esto con él a menos que realmente confíe en él. A menos que yo… ¿lo ame? Suena absurdo incluso pensarlo, pero es verdad. He conocido a Enzo de manera periférica toda mi vida, y estas dos semanas solo han cimentado lo que mi yo adolescente siempre sospecho sobre él. Enzo sigue siendo el hombre de mis sueños quiero compartir este acto inexplicablemente intimo con él. Me pongo de pie sobre unas piernas temblorosas y deslizo la parte de debajo de mi bikini hacia abajo. Él se quita el bañador y su pene queda libre. La familiar visión del pelo bien recortado que enmarca su enorme pieza central hace que me encoja el centro. Se acerca a mí, luego me insta a sentarme encima de él. Me deslizo sobre el con lentitud reverente. El desabrocha los cordones de la parte superior de mi bikini y me la quita. Ambos estamos completamente desnudos en medio de la bahía y no me importa en lo más mínimo. Estoy noventa y nueve por ciento excitada y un por ciento agradecida de haberme puesto protector solar. La briza me azota mientras apoyo las palmas de las manos sobre sus abdominales y deslizo mi coño resbaladizo de un lado a otro sobre su polla. El calor entre nuestras piernas es más intenso que el sol del mediodía. Nuestra piel se pega en lugar donde mis muslos se juntan con los suyos. Pero nada de esto me molesta. De hecho, solo aumenta la expectación. El calor del día que nos azota me ha obligado a entrar en una especie de mundo de sueños, donde la relación entre Enzo y yo es importante y esto es innegable. Ineludible. Es difícil imaginar el resto de mi vida sin poder aprovechar esta conexión estimulante y sexy que hemos cultivado durante la última semana y media. El resto de mi vida no fuera tan interesante si Enzo no forma parte de ella. El pensamiento me golpea, pero me distraigo levantado las caderas y colocándome en la punta de la polla de Enzo. El sexo es una excelente distracción. El calor ardiente de él me empuja, mi entrada esta húmeda y esperando por él. Y luego me deslizo hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, envolviéndolo, acomodándome sobre el lentamente que no se si quiero llorar o gritar. Sin condón es diferente. Es mucho mejor que genial. Es jodidamente extraordinario, sin nada que nos separe de la carne, el enterrado hasta el fondo en mi interior. Las lágrimas me pinchan en los ojos, otra cosa que elijo ignorar. Cierro los ojos con fuerza, inclinando la cabeza hacia atrás. —Mierda…— Muevo las caderas en círculos lentamente. No tengo voz. No tengo pensamientos. Solo estoy haciendo el amor. Empuja sus caderas debajo de mí, encontrando un milímetro extra dentro de mí. grito. rapando mis uñas contra su pecho. Cuando abro los ojos, él está tirando de mis brazos. —Ven aquí, ven aquí— me insta a que me acueste sobre él. Sus grandes brazos me rodean con fuerza y me siento en un cálido c*****o de sensualidad y perfección y el latido más cautivador que jamás haya oído en el pecho de otro ser humano. Me derrito contra él, al diablo el sudor. Mueve las caderas en un círculo lento y rítmico. Mi respiración se escapa en jadeos entrecortados. Apenas nos movemos, pero de alguna manera este es el sexo más erótico y sensual que he tenido en mi vida. El acaricia mi cuello y sus labios se deslizan contra mi piel sudorosa. Entonces su boca encuentra la mía, salada, dulce y cobriza, y nos besamos tan fuerte y profundamente que casi me corro después de la sesión de besos. Hacer cualquier cosa mientras él está enterrado dentro de mí, llenándome así, palpitante y tensa, es motivo suficiente para correrme. Podría hacer una presentación de PowerPoint mientras su polla está dentro de mí y podría llevarme al límite. —Enzo— susurro finalmente, con la voz atorada en la garganta. —Se siente demasiado bien— Me besa los labios de nuevo y luego nos da la vuelta para depositarme de nuevo en el banco. Me obliga a levantar las rodillas y ponerlas a su costado y gime cuando encuentra aún más profundidad en mi interior. —Isabella— jadea, y me muerde el lóbulo de la oreja. Un escalofrió me recorre el cuerpo y me arqueo, necesitando más de él. —Eres un rayo de sol, ¿lo sabías? — Su comentario me hace sonreír. Se empuja hacia adentro y hacia afuera, más rápido ahora, su pecho resbaladizo resbalándose contras mis tetas. Cada centímetro de nosotros está sudando y es erótico y más sexy que el pecado. Creo que he tenido un orgasmo todo el tiempo sin darme cuenta. —Que dulce— murmuro, mientras mis manos recorren los músculos ondulantes de su espalda mientras me folla. Mientras me hace el amor, ya no estoy segura de cuál es, porque esto es diferente a todo lo que he experimentado antes. Es más profundo, más significativo. Es tan crudo que quiero llorar, y ni siquiera sé por qué. Se empuja dentro de mi otra vez. —Eres mi rayo de sol— Su polla me llena una última vez, y algo en la combinación del agua que golpea cerca con el calor explosivo de él, dentro y encima de mí, finalmente me empuja al borde. Mis piernas se ponen rígidas y hecho mi cabeza hacia atrás y un orgasmo brutalmente rápido me atraviesa. Se me escapa un grito ahogado mientras el calor, la dicha y la maravilla me asaltan en igual medida. Enzo también gime y sacude las caderas. Y entonces lo siento, su calor liquido me llena, me cubre las entrañas y gotea entre mis piernas. Nos abrazamos durante un largo rato, suspirando, jadeando y gimiendo. Intentamos recuperarnos de esta oleada de emoción y placer que nos sumergió. Cuando finalmente sale de mí, se nota el charco entre mis piernas. Me apoyo sobre los codos y miro hacia abajo con incredulidad. Se aleja cojeando y regresa un momento después con un trapo para limpiarlo, empezando por mí. Sus mejilla estan rojas, la piel todavía reluciente por nuestro sexo en el tobogán acuático, mientras me limpia con delicadeza. Luego limpia el cojín y tira el trapo. Y luego se pone de rodillas junto al banco y me da un beso tan profundo y significativo que no tengo más remedio que creer. ¿Esto entre nosotros? Es real como el demonio.
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