Capítulo 8. Espía.

1118 Words
En sumo silencio, esperaba agazapada debajo del escritorio, rogando porque nadie me descubriera, nerviosa escuche dos voces, que pertenecían a dos hombres, mi padre Robert y Marcus, al parecer el primero acababa de llegar y el segundo no se había ido como supuse, era mi fin, lo mejor que podía hacer era enfrentarlos o hacerme la loca, que parecería el doble de sospechoso. - Señor Robert se me olvido decirle que la cocinera quería discutir sobre el menú que usted ordeno para la cena – comentó Marcus, miraba por debajo del escritorio en un pequeño espacio y todavía ninguno de los dos había entrado a la oficina, la puerta estaba entreabierta y la mano de Marcus sujetaba el pomo. - Después iré, necesitamos finiquitar el trato de las pociones – dijo intentando abrirse paso a la oficina. - No se preocupe, puedo encargarme, así usted podrá ir y terminar con el menú. Además, tendrá tiempo para estar con la señora Cecilia – propuso. - Muy buena idea Marcus, ya quiero volver a ser joven, esto de ser un adulto mayor pesa – admitió riendo – Nos vemos mañana – se despidió. Luego de un rato, Marcus entró a la oficina y cerro la puerta. - Ya puedes salir – avisó. Me quedé quieta por un momento, procesando sus palabras. - Vamos Scarlett, sal – alentó, sonroja por la vergüenza, revele mi escondite improvisado – Casi te descubren, aparte de escuchar conversaciones ajenas como una espía ahora revisas las cosas de los demás sin permiso – acuso. - No tengo que responderte nada, así como tú lo haces- dije cruzando mis brazos. - ¡Ah sí! Tal vez debería llamar a tu padre – y cuando iba a gritar, me acerqué con rapidez y le tape la boca con mis manos. Él empezó a reír divertido. - ¿Qué rayos haces? Nos pueden oír – regañe, él agarro mis manos delicadamente con una de las suyas. - La oficina es insonorizada cariño – reveló acercando su rostro a centímetros del mío. - Eres un… Respiré profundamente, juzgándolo con la mirada. - ¿Sin palabras? – preguntó con burla. - Me voy- dije molesta, pero él no quiso soltar mis manos. Su miraba permaneció fija en la mía. Los nervios me empezaron a embargar, así que soltándome de su agarré con fuerza, intente llegar a la puerta, pero Marcus no me dejo, me sostuvo de las caderas, pegándome a su pecho - ¿A dónde vas señorita? - preguntó en voz baja, tan cerca de mi oído que me embargaron unos escalofríos. - Muy lejos de tí- respondí con altanería. Y al volver a separarme de él, me salí de la oficina sin mirar atrás. Irritada llegué a mi habitación, no estaba cerca de averiguar nada. Al menos que todo hayan sido verdaderos rumores y una casualidad que yo haya visto a un lobo en el jardín de la mansión. Me acosté en mi cama, ahogando mis gritos en la almohada. Quedaría como una loca. De repente recordé algo, la reunión. Mi padre le había pedido a Marcus que finiquitara los detalles mientras decía cosas extrañas que no conocía, debía asistir para entender a qué le llamaban poción. ¿A qué se habrá referido con ser más joven? Supuse que era una broma de la vejez. Ahora, lo que me tenía pensativa era como averiguar el lugar de la reunión, y llegar hasta allí. Seguir a Marcus parecía lo más viable, el problema era que él parecía descubrirme con facilidad, como si supiera lo que haría con antelación. Aun así, debía intentarlo, mañana sería el día perfecto, de eso estaba segura. Ese pensamiento positivo me ayudó a seguir leyendo el libro que había dejado tirado en mi cama. Continuando en la página en la que quedé, me sumergí en sus palabras una vez más. *Cada parte de mi cuerpo dolía, o se sentía entumecido, parecía que mi mente no podía conectarse con la realidad, tarde mucho tiempo en tener conciencia de mi alrededor. Abriendo mis ojos lentamente, me encontré con un techo de madera, siendo más específico en una habitación pequeña. Me retire la manta, que me abrigaba el cuerpo, la fragancia que despedían las almohadas y cada rincón de la habitación, me gusto. Olía a flores, dulce y limpio, me levante asombrado, mis extremidades tan diferentes, ya no tenía patas y pelo, ahora era moreno y lampiño. Me resultaba extraño tener manos y pies, con dedos que resultaban para mí, un poco delicados, en comparación con lo que una vez fui, me pregunté si ahora esta iba a ser mi nueva forma para siempre. Mi cuerpo ya no tenia raspones, seguía mas delgado de lo normal, por la falta de comida, pero ya no me dolían los talones y tenía fuerza suficiente para defenderme. Toque la tela que rodeaba mi torso y mis piernas ¿Qué era esto, que tapaba mi desnudez? Pensándolo bien, no me sabía el nombre de muchas de las cosas que había aquí. De repente escuché ruido, la puerta de madera se abrió, entrando un hombre bajo, pero corpulento, me puse alerta, gruñendo. - ¡Ya estas despierto! – exclamo sorprendido – Has dormido mucho, llegaste tan herido, que pensé que morirías de cansancio. Había entendido todo lo que había dicho, como sí, su lengua que nunca había escuchado en mi vida, me perteneciera a mí. - Te recomendaría que no hicieras movimientos bruscos, pero a juzgar por tu mirada, no confías en mí – objeto, señalo con su mano la salida – Baja conmigo, necesitas comer algo más que las migajas de pan y agua que te ha dado mi hija, cuando estabas delirando. Luego se retiró, decidí seguirlo, no confiaba, pero no podía quedarme en el cuarto. Bajar las escaleras de madera y llegar al primer piso, no tomo mucho tiempo, pero se sentía extraño, entre mi estado de alerta y manejar mi nuevo cuerpo, apenas podía seguirle el paso. Detalle una sala y una cocina con comedor, tantas cosas, y la fragancia de comida. Observé como el hombre se sentó en una silla, invitándome a hacer lo mismo, su actitud tan relajada ante un extraño, ante mí, me hacia pensar que era estúpido o excesivamente confiado. Me ubiqué en el cabecero de la mesa, en donde me encontré con objetos que no conocía, pero me distraje por un momento al ubicar mi mirada en una mujer. Joven, esbelta y de cabello marrón sedoso. Su olor, era el mismo que impregnaba el lugar en donde dormí, esa habitación debía ser suya. Y juré, que, aunque lo intenté no pude despegar mi mirada de sus ojos avellanas, por un momento. Que me pareció eterno.
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