El tiempo siguió su curso, y con ello, aprendí a ser humano.
Caminaba como ellos, trabajaba como ellos y hablaba como ellos.
Mis logros fueron completamente gracias a Abdel, el señor que me curo y me ayudo a sobrevivir junto a su hija, Eleane. Los dos se compartieron equitativamente tareas que se empleaban en mi educación. Por un lado, Abdel me enseñó a trabajar con herrería y cortar leña para distribuir al pueblo mientras Eleane, me enseñó a leer y escribir. Quisiera decir, que lo aprendí todo en un mes, pero no fue así.
Duré meses, mi proceso de adaptación no fue del todo fácil, pero había logrado encajar en la pequeña familia Rocher, para ellos, solo era un hombre que sufrió la perdida de su hogar, y la pérdida de memoria permanente, que me dificulto el habla por mucho tiempo. Ahora, estaba secándome el sudor de la frente mientras cargaba un costal de harina y lo llevaba al almacén al lado de la cabaña.
- Atticus, ya es hora de cenar – aviso Eleane, su figura envuelta en un vestido blanco y ceñido, que me recordaba a una pequeña hada.
El nombre que pronuncio sus labios rosados, era el que me había otorgado su padre. Asentí en su dirección y al verla irse, decidí terminar rápidamente mis deberes, cerrar el granero con candado y asegurar todo en su respectivo sitio.
Cuando entré en la cocina, me senté en mi lugar habitual en la mesa, listo para cenar. Eleane, agarro una bandeja con comida encima y la coloco en el centro de la mesa, para que los dos pudiésemos agarrar lo que quisiéramos. Se me hizo la boca agua, al ver los panes, la mantequilla y el estofado. Incluso había agregado un poco de uvas y fresas.
Ella sabía que me encantaban las fresas.
Pero hoy, fue distinto, se acerco a mí y me sirvió la comida en mi plato. Percibí su olor mas dulce, a veces pasaba eso, ciertos días al mes, ella olía mas dulce que de costumbre.
- ¿Más? – preguntó señalando mi plato, rebosando de comida, negué con la cabeza.
- No gracias- respondí serio, ella me brindo una sonrisa suave y se sentó a mi lado.
Me pareció su comportamiento extraño, siempre se sentaba un poco lejos de mí.
- ¿En donde esta Abdel? – pregunté mientras masticaba un pedazo de carne.
- Salió, esta tarde ¿No te lo dijo? – respondió confusa.
- No – respondí secamente.
Sus ojos avellanas me escrutaron durante toda la cena, tenía en cuenta desde el primero momento que la conocí que me gustaba, y con el tiempo ese sentimiento se transformo en algo más. Había aprendido sobre los matrimonios, uniones de personas enamorados o que se juntaban por conveniencia o arreglos comerciales, pero sabía que mi amor hacia Elaine, no valdría nada.
No en este mundo codicioso.
En el que se veneraba el dinero sobre todo lo demás. Y la protección que este ofrecía.
Yo solo era un trabajador, le servía a su padre.
Mi deber era mantenerme alejado de ella. Y controlar este deseo cada vez más grande e inquieto.
- Atticus, debo confesarte algo – dijo Eleane, cuando termino de recoger los platos y colocaros en el lavavajillas, restregando su palma en la falda de su vestido.
Su nerviosismo, toco una vena sensible en mí.
- ¿Qué ocurre? – pregunté, sus mejillas se sonrojaron, eso pasaba cuando se avergonzaba. Ella se acerco a mí, agarro mis manos cañosas y poco delicadas a comparación de las suyas, tan suaves y de piel tersa.
Su cabello oculto su rostro brevemente bajar la mirada. Su estatura era baja, y aunque estaba sentado, su cabeza me llegaba un poco más arriba. Me angustie, al verla indefensa. Iba a protestar, pero de repente levanto su rostro y me miro, tan distinto a la miraba cariñosa y a veces divertida que me daba.
La seguridad apropiándose de sus facciones.
- Atticus, debo aprovechar que mi padre no está, para confesarte mis sentimientos – dijo con fuerza – Me gustas Atticus, hay algo que siempre me atrajo hacía ti y espero que sientas lo mismo por mí o que al menos puedas sentir hacía mí, un poco de cariño- declaró, colocando las palmas de mis manos en sus mejillas, sosteniendo mis muñecas con fuerza.
Parpadee varias veces, creyendo haber escuchado mal.
- Eleane- susurré.
- Mi padre no se opondrá, lo sé. Eres el hijo que siempre quiso tener – aseguró cada vez mas nerviosa, tanto que sus ojos retenían lagrimas no derramadas.
- Eleane, no puedo. Mereces más…
- No, no, no – negó inmediatamente – Eres justo lo que quiero y necesito – me abrazo, ocultando su rostro en mi pecho.
Nos habíamos abrazado antes, pero esta vez, era diferente. Más cálido, mas necesitado.
- Eres fuerte, eres dedicado y me respetas. Aun cuando sé que te gusto como mujer, quiero, solo quiero…
Agradecí que no me mirara, estaba seguro que ahora, el sonrojado era yo.
Tan evidente era, que su belleza me dejaba mudo y con deseo.
- Solo quiero que me ames – susurro.
- Yo ya te amo Eleane- admití, ella levanto su mirada esperanzada - - esperanzada – Pero sigo pensando, que no soy suficiente para ti, eres hermosa, cariñosa y la joven mas virtuosa que he tenido el placer de conocer.
Esa noche, la abrace con fuerza y nos besamos con dulzura.
La quería, la amaba y nadie podría cambiarlo nunca. Y no podía alejarme de ella, no tenía la fuerza suficiente, era débil ante su confesión de amor.
Porque ahora, estaba seguro de ser correspondido. Y eso me hacía rebosar de alegría.
Ese día, me prometí que mi pasado, no se entrometería nunca con mi futuro.
Cerré la solapa del libro de un tirón, me levanté de mi cama, ansiosa por todo lo que había leído. Atticus era un lobo, que se había transformado en humano y que se enamoro de una humana. Realmente su devoción hacía Eleane era grande. Y me hacía pensar ¡Qué realmente nadie lo ha amado a uno!
Al menos no románticamente, suspiré.
Me estaba desviando del tema, necesitaba un plan, salí al balcón a respirar un poco de aire fresco. Y me quede estática al encontrarme otra vez con el lobo de pelaje oscuro, sus ojos amarillos me vieron por un momento.
¡No estoy loca! Imposible imaginar dos veces lo mismo.
Y no estaba alucinando.
Intenté buscar mi teléfono en mi bolsillo, pero en mi prisa se me cayo al suelo, y cuando volví a recogerlo, el lobo ya había desaparecido.