En la mansión Tabelait, me encontraba sentada en mi cama con la espalda apoyada en mis almohadas, seguí leyendo el libro, hubiera preferido hablar primero con Marcus, interrogarlo y por fin tener una respuesta a cada incógnita que me albergaba, pero él todavía no había llegado y a mi no me quedaba más que esperarlo.
Me sumergí entre las paginas del libro y continue en donde me había quedado el día anterior.
*Vivo. Estaba vivo.
Y desnudo, cubierto su torso de sangre seca que era suya, pero la herida que debería permanecer ahí, no estaba, solo piel lisa y blanca.
Sin pelo, asustado intento levantarse, pero ya no tenía cuatro patas, ahora tenía dos pies y dos manos. Incluso sus partes privadas eran diferentes.
Encontrar equilibrio en este nuevo cuerpo, no fue fácil, pero debía moverse rápido antes que la manada de lobos que intento matarlo volviera a aparecer o incluso otro animal del bosque. Así que camino sin detenerse durante tres días, camino hasta que le dolieron los pies, hasta que su garganta se secó.
Y llegó a un camino despejado de barro, se derrumbo en el suelo agotado, sus ojos se nublaron mientras respiraba agitadamente.
Por eso, no pudo ver a quien se acercaba a su lado, una jovencita que pareció preocupada por su estado, quien grito por ayuda y junto a su padre lo llevaron a su casa. En donde lo cuidaron hasta que volvió a despertar
Poco sabía él, que La Diosa vigilaba todos sus pasos*
La trama era cada vez más interesante, pero me detuve y dejé el libro encima de mi mesa de noche, tenía que revisar si Marcus había llegado. Saliendo de mi habitación, me dirigí a la habitación de al lado.
Toque la puerta varias veces, con nervios a flor de piel, ni siquiera debería tenerlos. Solo lo interrogaría y me iría, pero cuando abrió la puerta, me quedé helada, allí estaba Marcus, pero no tenía ropa, solo una toalla alrededor de sus caderas.
Las gotas de agua resbalaban de su pecho esculpido, su cabello igualmente húmedo, me mostró una sonrisa resplandeciente, y no pude más que quedarme callada, sentí mucho calor en mis mejillas, no tenía dudas de que me había sonrojado.
- Lo siento Scarlett, no estoy presentable - se disculpó con falsedad, pues su sonrisa nunca desapareció.
Desvergonzado, pensé.
- Esperaré a qué te arregles, necesito hablar contigo- comenté con indiferencia o tratando lo mejor que pude para firgirla.
- ¡No te avergüences Scarlett! Puedes pasar y sentarte en mi cama, no tengo sillas aquí, disculpa- dijo con una mueca en sus labios, como para reafirmar sus palabras de mentira.
- No, gracias. Espero aquí- comenté señalando el suelo con mi dedo índice.
- Como gustes- acepto encogiéndose de hombros, cerrando la puerta en mi cara, me quedé perpleja por un momento.
Grosero, pensé con molestia.
Me voltee con los brazos cruzados, no tuve que esperar mucho, Marcus regreso y abrió la puerta de su habitación. Ahora estaba presentable, su camisa manga larga de vestir se le pegaba a sus brazos atléticos de una manera perfecta, junto a unos pantalones negros y en sus pies unos mocasines.
- Ahora sí ¿qué necesitas princesa? - pregunto con un tono casual mientras acomodaba unos botones de su manga derecha.
- ¿Por qué me dijiste que no bebiera jugo está mañana? - pregunté sin rodeos - No creo que mis padres intenten envenenarme.
- Tienes razón, no querían envenenarte pero si doparte o al menos a una parte de tí- respondió mirándome desde los pies hasta la cabeza.
Juraba, que si no me estaba volviendo loca, estaba alucinando, porque creí que sus pupilas se agrandaron de una manera anormal.
- Necesito una explicación mejor Marcus-
me queje tocando mi nariz, respirando profundamente con estrés.
- ¿Por qué te apresuras tanto Scarlett? Apuesto a que no has terminado de leer el libro- señaló.
- ¡Y qué si no lo he terminado!- exclamé frustrada - Hablan sobre hombres lobo. Marcus yo misma observé a un lobo n***o a través de mi ventana, pero mis padres niegan de su existencia, creería que fue solo un sueño, pero hoy...
Me detuve un momento tratando de unir mis pensamientos.
- ¿Qué ocurrió hoy Scarlett? - preguntó con tranquilidad.
- Unos amigos del instituto me contaron unos rumores que tienen sobre la mansión y el conjunto residencial que es parte de la misma - respondí inmediatamente- Que cuidan de un lobo que vive en el bosque y aquí, en la mansión.
Y si fuera así, podrías ser tú, pensé.
- ¿Y tú crees que es posible? - cuestionó con seriedad.
- No lo sé...
Y era verdad, no sabía que pensar.
Todo era tan fantasioso, tan imposible.
- Eres muy inteligente Scarlett, estoy seguro de que ya encontrarás las respuestas a tus preguntas - menciono con una sonrisa de disculpa - Ahora, debo irme.
Se despidió, avanzando hacia el pasillo. Me quedé sorprendida.
- ¿Entonces no me dirás nada? - pregunté con molestia. Se detuvo con espalda tensa.
- Para qué, si ya lo sabes- respondió mientras seguía su camino.
Tuve ganas de gritar, pero me controle y pensé hasta tomar una decisión, si no me decían nada lo averiguaría por mí misma.
Recordé la conversación que Marcus tuvo con mi padre, que alguien importante les traería pociones, así habían nombrado que se llamaban.
Decidí investigar sobre eso, me precipité hacia la planta baja, sabía que mi padre y mi madre no estaban, habían salido a disfrutar de su compañía o estarían trabajando, lo que me dejaba la mansión para mí, a excepción de las personas de servicio.
Así que busque la oficina de mi padre Robert, estaba en medio de las escaleras y el pasillo del comedor. En un espacio de varias habitaciones, agradecí internamente a mi madre, por haberme dicho ayer en dónde estaba su ubicación, no fue muy difícil acceder a ella, la puerta no tenía seguro.
Observé cada rincón maravillada, nada en esta mansión estaba descuidado, las paredes de color blanco y detalles marrones, sobretodo en las cosas, como el escritorio finamente pulido, las sillas con su respectivo colchón, las miles de repisas que sostenían una cantidad considerable de libros, las gavetas de color oscuro, en dónde podría haber documentos o papelería.
Las ventanas estaban cerradas y las cortinas ocultaban la vista. Así que, confiada empecé a revisar las cosas, encima del escritorio solo habían lapiceros, hojas en blanco y algunos adornos, incluso una computadora, pero estaba apagada.
Y cuando quise encenderla, alguien abrió la puerta.