Corría, muy rápido, que ni siquiera veía con claridad los arboles que dejaba atrás, hasta que algo me hirió en el estómago, el dolor me quito velocidad, me provoco ganas de gritar y tal vez lo hice, pero no me detuve hasta que dejé de sentir que me seguían, caí de rodillas en el fangoso lodo, cerca de un riachuelo.
Me iba a morir, aquí y ahora.
Se acabo, me repetía una y otra vez.
Me hice un ovillo en el suelo, sin dejar de hiperventilar, me quedaba sin aire poco a poco, entre las hebras del cabello que me tapaban la vista, miré hacia el cielo como pude, la noche estrellada junto a la luna llena. Y pedí un deseo, no morir.
Necesitaba vivir.
- ¡Necesito vivir! – grite con el sabor metálico en la lengua de mi propia sangre.
Y justo en ese preciso instante, cuando una halo de luz blanca descendió de la luna me desperté.
Abrí mis ojos respirando aceleradamente, sentándome en la cama, toqué mi pecho con mi mano derecha, tuve que respirar varias veces para encontrar tranquilidad. Ese sueño tan vivido me dejo tan cansada, observé el libro tirado a un lado mío, probablemente mi mente se había inspirado en recrear la escena que leí ayer, me levante de la cama dispuesta a darme una ducha porque ayer me había quedado dormida con la ropa que use en el día.
El agua tibia me ayudo a despejarme, mirándome en mi espejo de baño con una toalla firmemente enrollada en mi cuerpo, mi rostro húmedo todavía, las gotas resbalando de mi cabello rojo, mis ojos me regresaron la mirada y sujeté con fuerza el lavamanos cuando creí que mis pupilas eran doradas. Parpadee varías veces, pero al ver mis ojos azules de nuevo, suspire con fuerza.
¿Qué rayos me pasa?
Me vestí rápidamente, el instituto me esperaba, así que, con mi chaqueta puesta, mi bolso en mis hombros y colocándome apresuradamente un reloj en mi muñeca, bajé corriendo las escaleras, casi me resbalo, pero por suerte, me sostuve de la barandilla, pero antes de entrar al comedor alguien me agarró el brazo con la fuerza suficiente para detenerme. Observé a Marcus confundida.
- No bebas nada que te ofrezcan, cambiaras la bebida conmigo – declaró con seriedad.
No me dejo replicar o preguntar más, cuando se dirigió al comedor, lo seguí intrigada. Mi madre comía con paciencia mientras hablaba con mi padre Robert, nos saludamos mutuamente, algo cotidiano y al sentarme al lado de Marcus, me ofrecieron bebidas.
- Cariño, ya te servimos la bebida, es jugo de naranja tu favorito – dijo mi madre con una sonrisa, asentí con la cabeza.
- Gracias mamá.
Fingí que todo estaba bien, pero las palabras de Marcus me taladraban la cabeza. Era común que me dejaban servirme yo misma la comida, que hoy me ofrezcan de casualidad mi bebida es extraño. Y me hace sentir dudas.
Al servirme unos huevos revueltos, unos panecillos y mucha fruta, empecé a comer en silencio hasta notar como sutilmente Marcus intercambio las bebidas cuando mis padres no nos veían, se facilitaba por la cantidad de flores y adornos en la mesa, ocultando parcialmente nuestras manos. Así que termine bebiéndome el jugo que Marcus se había servido para él.
Al despedirme de él y de mi padre Robert. Me quede por un momento más mirando sus ojos oscuros. Intentado descifrar si estaba mintiendo, bromeado o tenía razón.
Una hora después.
Mi madre me llevo al instituto.
Nuevamente enfrentando las clases con Camile, que parecía emocionada con mi invitación, porque no faltaba mucho para el fin de semana. Procedió a presentarme algunos de sus amigos, Rubén, Tomás y Lincey, que fueron muy amigables conmigo y quienes parecían igualmente intrigados por saber todo en donde vivía. Estar en una zona privilegiada y al parecer prohibida causaba curiosidad.
- Hay muchos rumores en torno a esa mansión y a su pueblo alejado- dijo Tomás, ajustándose sus gafas negras. Era el más serio del grupo, delgado y con cabello oscuro, sus ojos parecían muy pequeños, a causa de la montura que tenía sus lentes.
- ¡Ah sí! – estuvo de acuerdo Rubén. Totalmente diferente a Tomás, su cabello castaño y sus ojos mieles, podían conquistar a muchas chicas.
Los miré confundida.
- ¿A qué se refieren? – pregunté.
- No les hagas caso, son tonterías – acuso Lincey, mirándolos feo. Era una chica hermosa, su cabello lacio y rubio le quedaba perfecto con sus ojos azules.
- ¡Oh vamos, Lincey! No seas aguafiestas – bufo Rubén.
- ¡Ya van a empezar! – se quejó Camile, sujetando su cabello corto y oscuro con una liga. Bueno, intento hacerlo, algunos mechones quedaron sueltos.
No entendía su parloteo, pero me puse ansiosa hasta que Rubén me dirigió una sonrisa sugerente y un poco espeluznante.
- Dicen que la razón por la que no dejan entrar a nadie que no sea cercano a ellos, es por lo que acecha en el bosque, una criatura con colmillos y un pelaje tan espeso que se confunde con la misma noche, que se acerca con cuidado, asechándote hasta atraparte en sus fauces, devorándote. Pero no creas que los que allí viven quieren protegernos, ellos cuidan de la bestia del bosque, y la de la mansión en donde vive hace muchos años – explico con un tono de voz que me dio escalofríos, luego se empezó a reír con estruendo siendo acompañado por Tomás.
- No les hagas caso Scarlett, son supersticiones tontas – reafirmo camile, sujetando mi brazo, justo cuando el timbre sonó anunciando el regreso a una nueva clase.
- Sí, tienes razón…
- Claro que sí – reafirmo Lincey, sujetando mi otro brazo mientras caminábamos las tres juntas, escuchando a los chicos reírse de tonterías.
El problema, es que, a mí, no me había parecido una tontería, una superstición o un rumor viejo y sin pruebas. Porque yo misma, había sido testigo al mirar por la ventana de mi habitación a un lobo n***o.
Y esa palabra, lobo.
La escuchaba tan a menudo, incluso en el libro que Marcus me dijo que leyera, que empezaba a preguntarme si era posible que mi padre Robert y las personas que vivían en la mansión protegieran a uno, que tenía más de doscientos años o si era una locura mía llegar a pensar en eso. Sin embargo, otro pensamiento revoloteaba en mi cabeza, tal vez no era posible que un lobo fuera inmortal, pero si vivía en la mansión, debía ser un integrante de la familia.
¿Mi padre o Marcus?