Me levanté temprano al otro día, preparada para enfrentar mi último año de secundaria, en un lugar completamente nuevo y sin conocer a nadie. Arreglarme no me costo nada, una camisa con logo, encima una chaqueta de cuero para abrigarme del frío, unos jeans y unas botas oscuras. Sujeté las correas de mi bolso y aplicándome perfume, me dirigí a la salida.
El pasillo tenía muchas puertas, por una de ellas, salió mi madre, preparada elegantemente para desayunar conmigo y dejarme en el instituto. Me miro un momento con sus ojos marrones, se paso la mano por la cara en signo de frustración.
- Scarlett ¿Qué te hiciste en el cabello? – preguntó acercándose para acomodarlo, pero era imposible, mi cabello siempre ha sido esponjoso y de tono rojizo como una cereza.
- Nada – respondí con sencillez.
- Eso estoy viendo, tenías que recogértelo – dijo con una mueca en sus labios. Le mostré mi muñeca en donde tenía una cola.
- Ya lo hare más tarde – comenté siguiendo mi camino.
Bajamos las escaleras atravesando en salón y recorriendo la entrada para llegar al comedor, escuchaba a mi madre hablar sobre lo feliz que le hacía vivir todos juntos, y que mi hermano llegaría en una o dos semanas, aquello me intereso, extrañaba a Jostin, era alocado y hablaba sin parar mientras yo lo escuchaba comiendo golosinas en las tardes de nuestra antigua casa, que ahora estaba en venta.
Una vez en el comedor, me senté con tranquilidad a devorar mi desayuno, unos huevos revueltos, pedazos de salchicha, tostadas y mermelada, incluso el jugo de naranja era delicioso, con tanta comida para escoger todos los días, estaba segura de que aumentaría unos kilos.
- Veo que te gusta la comida Scarlett – susurró alguien cerca de mi oído sentándose a mi lado, voltee mi mirada azul a una tan oscura, que a veces no distinguía el marrón. Me atore un poco con una tostada, teniendo que recurrir al jugo y acabándomelo entre tragos rápidos ante la mirada atónita de mis padres.
- Estoy bien – tranquilice, a lo que ellos pudieron volver a comer aliviados de que no me estuviera ahogando – Estas loco casi me muero por tu culpa - recalque molesta.
- No sabía que te pondrías nerviosa – se excuso en un susurro bajo.
¿Nerviosa? ¿Por él? Si como no.
Bufé, terminando mi desayuno y agarrando algunas uvas.
- Scarlett hoy te llevara Marcus al instituto, tu madre y yo debemos arreglar algunas cosas en la empresa, espero no te moleste – dijo mi padre Robert.
Indignada iba a protestar, pero al ver a mi madre tan contenta me retuve.
- Bien, debemos irnos no queremos que se nos haga tarde – comento Marcus levantándose, hice lo mismo despidiéndome de mis padres para seguirlo.
- ¿En dónde están los autos? – pregunté al ver que salíamos de la mansión por la entrada principal.
- En un garaje debajo del piso principal – respondió normal.
- ¿Subterráneo? Pero si he visto el portón del garaje - comenté confuso.
- Esa es la entrada, hay algunos autos, los demás están debajo de esa piso – explico, dirigiéndose a un auto deportivo. Abriéndome la puerta, entré detallando el tremendo coche.
Marcus se sentó en el sillón destinado para el piloto, arrancando el auto con un leve ronroneo y manejando con una velocidad moderada.
- ¡Qué ostentoso! – exclamé sorprendida.
- Lo sé, este coche en particular es mío, pero tu padre tiene una colección de lo más admirable – halagó sin despegar la mirada del camino.
Por supuesto, todo rico debe tener coches de lujo, pensé con ironía.
Me fije en sus brazos gruesos, sus dos manos de dedos largos, sostenían el volante con la fuerza suficiente para conducir, el reloj plateado que tenía en su muñeca era un toque que le daba pulcritud y elegancia a su atuendo, porque resaltaba junto al suéter blanco de manga corta que abrazada su torso. No lo había detallado lo suficiente, pero era un hombre musculoso y su piel morena debía ser atrayente para las chicas.
Arrugue un poco mi cara por eso.
Me quede en silencio el resto del camino, el ambiente se tornó relajante, la música del estéreo nos acompaño mientras Marcus me llevaba al instituto, que a juzgar por el tiempo no quedaba muy cerca, como a media hora calcule al fijarme en mi teléfono, cuando estacionamos entre el lío de estudiantes. La fachada del edificio, era azul con blanco, sin letrero, solo una pequeña pared a un lado con una placa que presentaba el nombre.
Instituto Reyes.
Un nombre muy extraño, pensé.
- ¿Quiere que te acompañe señorita? - ofreció con una sonrisa traviesa Marcus.
- Me las arreglaré sola, gracias- respondí saliendo del auto y escuchando su risa.
No fue ninguna sorpresa tener varias miradas encima mío, el auto deportivo, llamaba mucho la atención.
Camine derecha a la entrada, solo debía ir a secretaría a buscar mi horario y luego encontrar mi salón, nada difícil de hacer. Afrontar las clases, parecía darme un poco de cotidianidad. Integrarme fue muy fácil, incluso logré tener una amistad, conversaba con una chica bajita y muy bonita en el comedor.
- ¡Vives en la mansión de los Tabelait! - exclamó juntando sus manos encima de su boca - Sabía que tú nombre se me hacía conocido- Susurro para ella misma.
- ¿Sí? - cuestione dudosa.
- Por supuesto, eres rica, serás muy popular cuando todos se den cuenta - dijo alegre, estiró sus brazos a los lados - ¡Todo mundo ha querido pisar el complejo residencial privado! ¡Y tú, vives en la mismísima mansión!
Su alegría era sorprendente.
- Bueno no creo que sea para tanto...
- ¡Lo es! La riqueza de tu padre ha Sido generación tras generación, los chismes cuentan que los Tabelait siempre han sido reservados y que no se mezclan con otros que no vivan en la residencia que fundaron hace más de un siglo- explicó chillonamente.
Y eso, contento una duda que yo tenía.
Mi padre siempre fue rico, si su fortuna era heredada ¿Por qué razón dejar a su mujer y a su hija lejos? ¿Para complacer a mi madre con su forma de ver el mundo?
No, la había visto, estaba contenta con estar a su lado.
¿Habrá cambiado de opinión con el tiempo? Le preguntaría, pero seguramente me conteste lo mismo de siempre.
Las decisiones que escogió fueron para que tuviera una vida tranquila en la ciudad y ella pudiera trabajar en su carrera como repostera. Y era buena en ello, lo admito.
Pero ayer, cuando la enfrente por el lobo que había visto, repentinamente ella y mi padre Robert se negaron a escucharme, negando rotundamente que eso pudiera haber pasado y alegaron que de seguro estaba soñando o estaba muy cansada e intérprete mal lo que vi con mis propios ojos.
- Así que fundaron la residencia, que gran acontecimiento - comenté con una sonrisa - ¿Por qué no vienes el fin de semana? Será lindo tener a una amiga en este lugar y podemos hacer las tareas juntas- Ofrecí gustosa.
Juro que, si pensé por un momento que su chillido anterior era fuerte, este lo rebasó y con creces.