Alejandro
- Buenos días, Martina- le dije a la pequeña saltamontes de la recepción, está en realidad es la mejor parte del día, ingresar a esta empresa y ver su cara de sorpresa al verme. Todos los días me sonríe sincera y me observa de arriba abajo. Adoro como me devora con la mirada. Pero no puedo permitirme conquistarla aun, mientras que no finalice mi relación con Angela no podre permitirme estar con esta mujer que sinceramente movió mi mundo en 180 grados desde que llegue a este lugar, ni ella ni Angela merecen que sea un desgraciado.
En un inicio y para ser sincero pensé que en mi estadía solo querría tener un acostón con Martina, que sería algo casual, algo que no atentaría con mi noviazgo, no obstante, y luego de un mes trabajando con ella pude observar que si bien es torpe en muchos aspectos y que representa menos edad de la que tiene, es una increíble mujer que no debería de estar trabajando como recepcionista, pero las circunstancias la trajeron aquí y la verdad es que estoy feliz de que así sea. Ella es del tipo de mujer que sabe muy bien que es lo que quiere y como luchar para alcanzarlo. Y bueno yo como un idiota caí rendido a esta mujer, que es todo lo contrario a Angela mi prometida, si mi prometida, la mujer que acepto casarse conmigo hace tres meses atrás y de quien pensé estaba enamorado, hasta que conocí a este torbellino de sorpresas, Martina es cálida, es muy dulce, suele distraerse muy rápido pero tienen consejos tan acertados para todo, alegra la vida de todo quien la rodea, siempre está feliz jamás triste por lo que me sorprende que de una vida tan difícil pueda existir alguien con ese ímpetu para vivir la vida.
- Buenos días Señor Alejandro, espero que haya amanecido de buen humor.
-Hoy amanecí molesto, pero acabo de verte cariño y se me ha pasado todo tipo de molestia. Voy al la oficina recuerda llevarme mi café y uno para ti, necesito comentarte algo que he estado pensando en relacion a la nueva colección.
Martina
Subí en el ascensor con las dos tazas en la mano, repasando mentalmente cada palabra que él me había dicho.
¿Cariño? ¿En serio me había dicho “cariño”?
Ya, Martina, cálmate. No seas ridícula.
Seguro le dice así a todas.
Mientras las luces del ascensor marcaban los pisos, no pude evitar pensar en él. En lo encantador que es… y en lo encantadora que es ella. Angela.
Perfecta. Refinada. Británica. Modelo.
Una mujer de esas que parecen salidas de un perfume de lujo. Era obvio que él estuviera con alguien así.
No podía culparlo. Ni competir.
Cuando llegué al piso once, respiré hondo, golpeé suavemente la puerta y asomé la cabeza. -Su café, señor.-
Alejandro levantó la vista del computador y sonrió.
-Gracias, Martina. Siéntate un momento, por favor. Quiero hablar contigo.
Obedecí, aunque sentía el corazón golpeando en el pecho.
Él se quitó el saco y lo dejó sobre la silla, caminando despacio hacia mí.
-Estamos preparando una nueva colección -empezó, con ese tono grave que usa cuando va a soltar algo importante-. Pero no será una colección para modelos. Quiero algo diferente. Algo real.
-¿Real? -pregunté, intrigada.
-Sí. Quiero que las mujeres se vean reflejadas en esta campaña. Sin filtros, sin perfecciones imposibles. Quiero rostros comunes, cuerpos reales. Mujeres de verdad. -Sonrió, con esa mirada que me desarma-. Y quiero que tú seas el rostro de la colección.
Me quedé muda. Parpadeé dos veces. Y luego, por instinto, me crucé de brazos.
-¿Perdón? ¿Me está tomando el pelo? -pregunté entre indignada y nerviosa.
-¿Por qué habría de hacerlo? -rió, divertido.
-Porque esto suena a una broma pesada. Usted sabe mejor que nadie que no soy una modelo.
Él se levantó de su asiento y caminó hacia mí.
Sus pasos eran lentos, medidos, como si supiera el efecto que causaban.
Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude sentir su perfume.
Tomó mis manos, con suavidad, y habló despacio, casi en un susurro.
-Martina, mírame. No estoy bromeando. Quiero que te sientas halagada, no ofendida. Cuando digo que quiero mujeres reales, hablo de ti. De la mujer trabajadora, fuerte, hermosa… que enfrenta el mundo sin dejar de sonreír.
Tragué saliva. Mi cuerpo entero estaba tenso, pero no de miedo.
-No sé qué decir… -murmuré.
-Dime que lo pensarás. El contrato incluirá un mejor sueldo, dejarías de recibir los malos tratos de Colomba y podrías asumir otras funciones. Si después no te gusta, puedes volver a recepción. No perderías tu trabajo.
Me quedé mirándolo, tratando de no perderme en esos ojos.
-¿Y si no sirvo para eso?
-Créeme, Martina. Sirves más de lo que imaginas. -Apretó mis manos un poco-. Solo tienes que verte como te veo yo.
Y ahí estuvo el problema. Porque cuando dijo eso, lo creí. Por un instante, creí que podía ser hermosa. Creí que merecía más.
Me puse de pie, intentando recuperar la compostura.
-Necesito pensarlo -dije con una voz que no parecía mía.
-Por supuesto -contestó él, con esa media sonrisa que desarma voluntades.
Me di vuelta para salir. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando la vi. Angela.
Perfecta como siempre, caminando con ese aire de grandeza que solo las mujeres de otro mundo tienen.
Traje blanco, gafas de sol, perfume caro.
Entró como si la empresa le perteneciera.
- El corazón me dio un vuelco, pero algo dentro de mí se encendió. Me giré hacia Alejandro, que se había quedado helado ante la aparición de su prometida. -Ya lo pensé -dije antes de que ella abriera la boca-. Acepto.
Y cerré la puerta tras de mí, dejando que el sonido de mis tacos resonara por todo el pasillo.
Alejandro
La puerta se cerró y el sonido de sus tacos se fue apagando lentamente por el pasillo.
-“Ya lo pensé. Acepto.”-
Su voz todavía resonaba en mi cabeza.
Martina.
Esa mujer… tiene el poder de desordenarme sin siquiera intentarlo.
Ni siquiera me dio tiempo de reaccionar.
Apenas alcancé a mirar sus ojos antes de que girara sobre sí misma y saliera tan decidida, tan orgullosa, tan ella.
-Vaya -dijo Angela, dejando su bolso sobre el escritorio-. No sabía que las recepcionistas aquí tenían tanto carácter.
La observé por un momento. Siempre impecable. Traje blanco, cabello recogido con precisión quirúrgica, perfume costoso que llenaba el ambiente.
Angela era la definición de perfección.
Y, sin embargo, en ese instante, toda esa perfección me resultó… asfixiante.
-No empieces, Angela -dije con calma-. Solo estábamos conversando sobre un proyecto nuevo.
-¿Un proyecto nuevo? -arqueó una ceja-. Qué curioso. La última vez que te vi hablar con tanto entusiasmo fue cuando te ofrecieron venir a Nueva York… y ahora pareces más emocionado con tu recepcionista que con tu propio ascenso.
-No es mi recepcionista -corrigí, tomando aire-. Es parte del equipo, y pronto será el rostro de la nueva colección.
Angela soltó una risa fría.
-¿Ella? Por favor, Alejandro. ¿Qué te pasa? La campaña es de moda, no de caridad.
-Precisamente por eso -respondí-. Quiero una colección para mujeres reales. No modelos inalcanzables, no fantasías. Mujeres como Martina.
-Ah, claro… -murmuró con ironía-. Mujeres reales. Qué noble de tu parte.
Me quedé en silencio. No tenía ganas de discutir, pero su tono me irritaba.
Angela cruzó los brazos, dando un paso hacia mí.
-¿Y exactamente qué tiene de “real” esa mujer que te tiene tan… interesado? -preguntó, arrastrando la palabra con un veneno que no necesitaba disimular.
La miré a los ojos. -Tiene lo que a muchos les falta, Angela. Naturalidad.
- Naturalidad -repitió con sarcasmo-. Claro. También tendrá algo más que te guste, supongo.
No respondí. Porque tenía razón. Me gustaba. Más de lo que debería. Angela tomó las llaves de mi escritorio con un movimiento brusco.
-Voy al hotel. Cuando termines de jugar al jefe caritativo, hablamos de lo que realmente importa: nuestra boda. -Y se fue, cerrando la puerta de golpe.
Me dejé caer en la silla y pasé una mano por mi rostro.
¿Qué demonios estaba haciendo?
No podía mezclar trabajo y deseo. No con alguien como ella.
Pero la idea de ver a Martina en esa campaña… de verla sonreír, segura, sabiendo que brillaba por mérito propio…
Eso sí lo quería ver.
Martina
El ascensor bajaba lento, y yo respiraba como si acabara de correr una maratón.
“Ya lo pensé. Acepto.”
Ni siquiera supe de dónde me salió la valentía. Quizás del orgullo. O del simple deseo de no quedar como una cobarde frente a ella.
Cuando las puertas se abrieron, vi a Bertita acomodando unos papeles en recepción.
-¿Qué te pasa, muchacha? -preguntó, sin levantar la vista-. Estás más colorada que semáforo en rojo.
- Nada -mentí, dejando mi bolso sobre el mostrador-. Solo… acepté algo que no sé si debí aceptar.
- Bertita levantó la mirada y me examinó con esa mezcla de juicio y ternura que solo las mujeres mayores dominan.
-Si lo aceptaste con el corazón, entonces era lo correcto.
- Me quedé callada.
No sabía si lo había hecho con el corazón o con el ego.
Lo único que sabía era que no iba a dejar que esa inglesa perfecta me borrara del mapa.
- Miré hacia los ascensores y, por un instante, pensé en él.
En su mirada cuando me tomó las manos.
En cómo dijo “solo tienes que verte como te veo yo”.
Dios, qué manera de mirarme.
Pero luego recordé a Angela, con su elegancia, su voz melosa, su seguridad aplastante.
Y sentí el mismo vacío que antes. Aun así, ya no podía echarme atrás. No después de haber aceptado frente a ella.
No después de haber sentido, aunque fuera por un segundo, que yo también podía ser la elegida.
Respiré hondo, acomodé mi cabello y me miré en el reflejo del ascensor.