Martina
Estos días se me han hecho eternos.
Desde que me enteré que el señor Rodríguez está enfermo, tengo un nudo en el pecho que no se me quita. Me da pena por él, claro, pero también miedo por mí. En este país perder el trabajo es casi una condena, y por primera vez en años, me había acostumbrado a cierta estabilidad.
Lo malo es que desde que el jefe viajó con su hijo, la bruja de Colomba decidió que su misión en la vida es hacerme miserable.
Y vaya que lo logra.
-Martina, hoy llegaste a la hora. Milagro. -dice con esa voz que suena como si oliera algo podrido.
-Buenos días, señorita Colomba -respondo con mi mejor sonrisa falsa-. Ayer llegué tarde por el auto, ya le comenté, pero está arreglado.
-¿Sabes qué me interesa menos que tu auto? -pregunta arqueando una ceja-. Los detalles de tu vida. Ahora dame los papeles del contrato con la agencia de modelos. Los necesito ya.
Y ahí, justo ahí, mi estómago se aprieta. Los papeles. En el auto. El auto en el taller.
El taller en la otra punta de la ciudad. Perfecto, Martina. Otra vez lista para cagarla en grande.
-Sí, señorita, enseguida se los subo -le digo, tratando de ganar tiempo.
-Los quiero en veinte minutos. Ni uno más.
Cuando se va, sus tacos repiquetean como martillazos en mi sien. Me dejo caer en la silla, con ganas de llorar o de incendiar la oficina, lo que venga primero.
No es que la vida me odie, pero si tuviera rostro, seguro tendría los mismos pómulos y el mismo peinado de Colomba Rodríguez.
Y entonces…
-Martina -una voz grave, profunda, de esas que hacen que el aire se espese. Me giro. Y ahí está él.
Alejandro Rodríguez.
Traje gris oscuro, camisa blanca sin una sola arruga, corbata perfectamente alineada. Camina como quien sabe que el mundo se aparta solo para dejarlo pasar.
Y yo, con mi café tibio y mi falda que ya pide jubilación, solo puedo quedarme muda.
-¿Cómo van las cosas por acá? -pregunta con media sonrisa, esa que debería ser ilegal.
-Eh… bien, señor Alejandro. Todo… funcionando. -mentira. Estoy a segundos de un infarto y él parece saberlo.
Se acerca a mi escritorio, inclina apenas la cabeza y me observa con esos ojos azul profundo.
-No me digas “señor”, suena a viejo.
-Como diga… Alejandro -repito, sintiendo cómo me tiembla la voz.
Él sonríe satisfecho y apoya una mano sobre el borde del escritorio.
-Te escuché hace un rato. Colomba puede ser complicada, no te tomes nada personal.
Complicada. Qué manera elegante de decir “demonio encarnado”.
Pero su tono me derrite igual.
Su voz tiene esa mezcla entre orden y caricia que hace que mi cuerpo reaccione solo. Y cuando me mira, tengo que recordarme que respirar es importante.
-Gracias -murmuro-, intentaré no morir en el intento.
Y entonces, como si el universo decidiera probarme, ella aparece.
Tacones finos, paso firme, teléfono en mano.
Camina por el pasillo como quien está acostumbrada a que todos la miren, y por supuesto, todos la miran.
Cabello rubio platino recogido en un moño perfecto, gafas de sol grandes, un traje beige entallado que parece hecho para su cuerpo y una piel tan pálida que brilla.
“Un maldito ángel inglés”, pienso.
Cuando llega a la recepción, levanta la vista de su teléfono y sonríe con educación.
- Buenas tardes,
Le devuelvo la sonrisa profesional.
-Claro, señorita, ¿tiene cita con él?
Se quita las gafas. Y lo que veo me deja sin aire.
Ojos azul grisáceo, pestañas largas, labios perfectos. De esas mujeres que no necesitan filtros, porque ya nacieron en alta definición.
-No te preocupes, cariño -dice con acento extranjero, delicado y letal al mismo tiempo-. Vengo con él. Mi nombre es Angela Cortez.
Y ahí, en ese segundo, todo encaja.
La inglesa perfecta.
La prometida que lo espera.
La que puede decir vengo con él sin que nadie lo cuestione.
Siento un frío en el estómago que no viene del aire acondicionado.
Alejandro gira hacia ella y su rostro se suaviza.
-Angela… no esperaba que llegaras hoy.
Ella se acerca, apoya una mano en su brazo y lo besa en la mejilla.
Yo sonrío por inercia, como si nada doliera, como si mi corazón no acabara de estrellarse contra el suelo.
-¡Quise darte una sorpresa, cariño mío! -dijo ella con esa voz dulce, suave, como una melodía que se cuela sin pedir permiso-. Aterricé hace un rato, pensé en ir directo a tu hotel, pero supe que estarías aquí. Eres demasiado responsable, sabía que ya habrías llegado a la empresa. ¿Te parece si vamos a buscar mis maletas al taxi? Me prestas tu auto, dejo las cosas en el hotel, tomo un baño y luego te vengo a buscar para almorzar.
Su tono era ligero, pero cada palabra caía como un golpe de seda. Esa forma de hablar… tan medida, tan segura. No había espacio para el error en su mundo, ni para una mujer como yo.
-Claro, Angela -respondió Alejandro con naturalidad, como si el aire entre ellos se reconociera-. Aquí están mis llaves. Te acompaño a la puerta… con permiso, Martina.
Asentí, forzando una sonrisa profesional.
-Por supuesto, señor Alejandro. Que tengan un buen día.
Y ahí se fueron.
Caminando juntos hacia la salida, radiantes.
Él con su paso firme, esa elegancia natural que parece de otra época.
Ella, con su cuerpo perfecto y esa manera de moverse que parecía coreografiada. El ruido de sus tacos resonaba sobre el mármol como un metrónomo marcando mi humillación.
Me quedé mirándolos. No podía evitarlo.
Ella lo tomaba del brazo con una familiaridad que dolía. Él le abrió la puerta con una sonrisa que yo nunca había provocado.
Se acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja, y él le rozó la mejilla con la yema de los dedos. Fue un gesto breve, pero suficiente para dejarme con el estómago hecho un nudo.
Cuando el taxi arrancó y ellos se perdieron entre el tráfico, me di cuenta de que llevaba varios segundos inmóviles, con los dedos apretando el borde del escritorio hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
“Ya basta, Martina”, me dije.
No estás enamorada. Estás obsesionada.
Obsesionada con su voz, con su olor, con esa presencia que llena todo cuando entra a una habitación. Obsesionada con imaginar cómo se vería sin la corbata, con pensar qué se siente cuando te habla cerca del oído.
Obsesionada con un hombre que ni siquiera te ve.
Porque él pertenece a otro mundo.
Al de los trajes caros, las cenas con vino blanco y las mujeres que no sudan, que no se manchan la falda con café ni se atragantan de nervios cuando alguien las mira.
Y tú, Martina, perteneces al mundo de las cuentas por pagar, de los tacos que se rompen en la vereda y de los cafés recalentados.
No puedes competir con eso.
Ni falta que hace.
Respiré hondo, tratando de recuperar el control.
Tenía que dejar de pensar en él.
No me iba a pagar las deudas ni el crédito universitario. No me iba a invitar a cenar, ni a rescatar del taller mis ruedas mágicas.
Alejandro Rodríguez era solo un espejismo de esos que aparecen cuando una lleva demasiado tiempo soñando con algo mejor.
Apreté los labios, levanté la cabeza y enderecé la espalda.
Tenía que concentrarme.
El teléfono volvió a sonar, la impresora escupía papeles, y la vida seguía, implacable, como si nada hubiera pasado.
Pero cuando la puerta se cerró y el eco de sus voces desapareció por completo, sentí algo dentro de mí.
Una mezcla entre tristeza y rabia.
Rabia por ser tan idiota.
Rabia porque él nunca lo sabrá.
Y aunque traté de convencerme de que era solo obsesión, la verdad es que, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo que no podía controlar.
Y eso… eso me asustó más que cualquier cosa.