Diana
Había días en los que sentía que todo estaba en mi contra, y hoy era uno de esos. Conseguir el puesto de maestra en Saint Andrews Academy había sido un logro enorme, especialmente en una ciudad como Nueva York. Después de años de esfuerzo, por fin estaba haciendo lo que amaba. Pero mi alegría apenas duró una semana.
La directora me llamó a su oficina al final del día. Su rostro era serio, incómodo.
—Diana, lamento decirte esto, pero tendremos que prescindir de tus servicios.
La frase me golpeó como un ladrillo.
—¿Qué? —pregunté, tratando de procesar lo que acababa de escuchar—. ¿Por qué?
Ella suspiró, esquivando mi mirada.
—No puedo entrar en detalles, pero… ha habido ciertas presiones externas. Estoy muy apenada.
Presiones externas. Era todo lo que necesitaba saber. Mi padre otra vez, manipulando mi vida como si no fuera mía. Desde que terminé la universidad, su única meta había sido que trabajara en las empresas de la familia. Para él, mi carrera en pedagogía no era más que un capricho absurdo, y ahora estaba usando su influencia para bloquearme cualquier oportunidad de crecer por mi cuenta.
Salí del colegio sin siquiera despedirme de nadie, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro. Caminé por las calles sin rumbo, perdida en mis pensamientos, y cuando me di cuenta, estaba cruzando una calle sin siquiera mirar.
El chirrido de los frenos me sacó de mi trance. El golpe del auto contra mi brazo me hizo tambalear, y caí al suelo.
—¡¿Qué demonios haces?! —gritó una voz masculina, grave y cargada de furia.
Alcé la vista, y por un momento olvidé cómo respirar. Era el hombre más atractivo que jamás había visto en mi vida. Parecía un maldito dios griego con ese rostro perfecto, esos ojos hipnotizantes y una presencia que era simplemente arrolladora.
Se bajó del auto con pasos decididos, su expresión una mezcla de enojo y preocupación.
—¿Estás loca? ¡Pudiste matarte!
Intenté levantarme, pero el dolor en mi brazo no me dejaba moverme bien. Antes de que pudiera decir algo, él se inclinó y me extendió la mano.
—¿Estás bien? —preguntó, con menos brusquedad esta vez.
—Creo que sí… —murmuré, aunque no estaba tan segura.
—¿“Crees”? —repitió, arqueando una ceja mientras me ayudaba a incorporarme—. Deberías asegurarte de que no tienes nada roto.
Sacudí la cabeza, sintiéndome todavía aturdida.
—Estoy bien, de verdad. Solo… tuve un día horrible.
Me miró durante unos segundos, como si intentara descifrar qué pasaba conmigo. Luego suspiró, llevándose una mano al cabello.
—Mira, un mal día no es excusa para cruzar las calles como si no hubiera autos. ¿Tienes a alguien que pueda venir por ti?
Negué con la cabeza.
—No, pero puedo arreglármelas sola.
Él bufó, claramente irritado, pero no insistió.
—Está bien, como quieras. Pero si sigues caminando como una zombie, dudo que tengas tanta suerte la próxima vez.
Se dio la vuelta y caminó hacia su auto. Antes de subir, se detuvo un segundo y me miró por encima del hombro.
—Por cierto, intenta no arruinarle el día a alguien más la próxima vez que decidas no mirar por dónde caminas.
Y así, sin más, arrancó el auto y se perdió entre el tráfico.
Me quedé allí, inmóvil en la acera, con el brazo adolorido y una mezcla de emociones que no sabía ni cómo manejar. Él era un idiota, pero… algo en su forma de mirarme se quedó conmigo. Algo que no podía sacudirme, aunque quisiera.
Llegué a casa furiosa, con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que me iba a explotar. Entré dando un portazo y me dirigí directamente a la oficina de mi papá, sin importarme si estaba ocupado o no. Ya había tenido suficiente.
—¿Qué demonios hiciste, papá? —le solté, cruzándome de brazos mientras él levantaba la vista de su escritorio con una expresión que mezclaba sorpresa y fastidio.
—¿Qué hice ahora, Diana? —preguntó con esa calma falsa que siempre usaba cuando sabía que tenía las manos metidas hasta el fondo en mis problemas.
—No te hagas el desentendido. Moviste tus influencias para que me despidieran del colegio. ¡Otra vez metiéndote en mi vida!
Él suspiró, dejó la pluma sobre la mesa y se recostó en su silla como si estuviera agotado por mi “drama”.
—Lo hice por tu bien, Diana.
—¿Por mi bien? ¿Arruinar mi trabajo es por mi bien? ¡Era lo único que me hacía sentir feliz, papá!
—No necesito que seas feliz dando clases en un colegio cualquiera. Necesito que estés a salvo.
Su tono fue firme, definitivo, como si no hubiera nada más que discutir. Pero yo no iba a dejarlo ahí.
—¿A salvo de qué? —pregunté, dando un paso hacia su escritorio. Lo miré directamente a los ojos, buscando alguna pista en su expresión, pero no me dio nada.
—No entiendes, Diana. Mis decisiones siempre han sido para protegerte, incluso cuando tú no lo ves.
—¡Protegerme de qué, papá! —exclamé, mi voz subiendo un poco más con cada palabra—. No tienes derecho a controlar mi vida con la excusa de protegerme. ¿Qué clase de riesgo estoy corriendo dando clases a niños, eh?
Él apretó la mandíbula, y por un momento pensé que iba a soltarme algo, pero en lugar de eso desvió la mirada.
—Tus malas decisiones del pasado ya nos han costado mucho, Diana.
—¿Qué malas decisiones? —repliqué, confundida y al borde de perder la paciencia—. No sé de qué estás hablando.
—Y es mejor que no lo sepas. —Su tono fue frío, final, como si estuviera cerrando la conversación. Luego me miró con esa mezcla de autoridad y condescendencia que tanto odiaba—. Lo mejor que puedes hacer es aceptar tu lugar en la empresa de la familia. Es lo más seguro para ti.
“Seguro para ti.” Esas palabras se quedaron flotando en el aire mientras mi cabeza intentaba procesarlas. ¿Qué demonios estaba pasando?
—No puedo creer que estés diciendo esto. —Mi voz tembló un poco, pero no era de miedo, sino de pura rabia. Me giré hacia la puerta—. No pienso quedarme aquí encerrada como una muñeca de porcelana, papá.
Salí de la oficina sin esperar una respuesta, subí a mi habitación y me dejé caer en la cama. Sentía como si todo mi cuerpo estuviera a punto de explotar. No entendía nada, pero lo único que tenía claro era que no podía seguir así.
Tomé mi teléfono y llamé a Lili, mi mejor amiga. Ella era la única persona que me entendía y que siempre sabía qué decir.
—¡Diana! ¿Cómo estás? —contestó con su habitual entusiasmo.
—Horrible —respondí sin rodeos—. Mi papá me hizo que me despidieran del colegio.
—¡¿Qué?! —exclamó—. Pero si apenas llevabas una semana ahí.
—Exacto. Es su forma de obligarme a trabajar en la empresa. Está obsesionado con controlar mi vida.
Lili guardó silencio unos segundos, pero podía imaginarla mordiéndose el labio mientras pensaba en algo.
—Ok, escúchame bien. Esto es lo que vamos a hacer. —Su tono se volvió animado, casi cómplice—. Nos vamos a Las Vegas.
—¿Qué? —Me reí, aunque más por la sorpresa que por otra cosa—. ¿Estás loca?
—Un poquito, pero eso no importa. ¡Es justo lo que necesitas! Por una vez en tu vida, haz algo que sea para ti. No para tu papá, no para nadie más.
Me quedé en silencio, dejando que sus palabras se asentaran. Irme a Las Vegas… ¿De verdad podía hacer algo así?
—No sé, Lili… —murmuré, aunque la idea comenzaba a parecerme tentadora.
—Diana, escúchame bien. —Su tono era serio ahora, pero lleno de cariño—. Te mereces ser libre, aunque sea por unos días. Hazlo por ti.
Suspiré, mirando al techo. Tenía razón. No podía seguir dejando que mi papá dirigiera mi vida.
—Está bien, Lili. Vamos a Las Vegas.
—¡Eso es! —gritó, emocionada—. ¡Empaca tu ropa más sexy porque nos vamos a divertir como nunca!
Colgué y me quedé mirando el techo por un momento. Algo me decía que este viaje iba a cambiar muchas cosas, aunque aún no sabía cómo.