Nick
No podía sacarla de mi cabeza. El rostro de la mujer que casi atropello seguía apareciendo una y otra vez en mi mente, como un eco constante que no lograba callar. Había algo en ella que no me dejaba tranquilo. No sabía su nombre, no sabía nada de ella, pero esa mirada… Dios, esa mirada era imposible de olvidar.
No suelo reaccionar así con nadie. Me he cruzado con todo tipo de personas, mujeres hermosas, hombres poderosos, pero en ..ella había algo diferente. Por eso, apenas llegué a casa, le pedí a mi equipo de seguridad que la siguiera. No sabía qué buscaba exactamente, pero necesitaba respuestas.
Estaba dándole vueltas a todo esto cuando el detective privado que había contratado meses atrás tocó la puerta de mi oficina. Por un momento, ni recordé para qué lo había contratado. Lo había hecho en una época en la que aún me preocupaba por Daniel, antes de que me clavara ese maldito cuchillo por la espalda.
—Señor Anderson, tengo el informe que solicitó —dijo al entrar, sosteniendo una carpeta.
—Déjala ahí —respondí, señalando el escritorio.
Él obedeció y se quedó de pie, esperando instrucciones. No dije nada más. Abrí la carpeta y empecé a revisar las primeras páginas. Entonces, me detuve en seco.
Era ella. La mujer que había visto esa tarde. No podía ser una coincidencia. Pasé las hojas con más rapidez, buscando respuestas, tratando de entender por qué esa desconocida parecía estar cruzándose en mi vida de forma tan extraña.
—¿Algo más, señor? —preguntó el detective, al notar mi expresión.
—No por ahora. Puedes retirarte.
En cuanto salió, me dejé caer en la silla, sosteniendo una de las fotos entre mis dedos. Ahora lo sabía: esa mujer era Diana Harris, la ex de mi hermano. La misma mujer que lo había destrozado, que lo había dejado hecho pedazos. Y ahora, de alguna manera, había aparecido frente a mí.
La ironía no podía ser más perfecta.
Antes de que pudiera procesar todo, mi teléfono sonó.
—¿Qué pasó? —contesté de inmediato.
—Señor, la mujer que nos pidió seguir está en el aeropuerto. Va a tomar un vuelo a Las Vegas con una amiga.
—¿Estás seguro?
—Sí, señor. Acaban de pasar por seguridad.
Una sonrisa empezó a formarse en mis labios.
—No la pierdan de vista. Quiero saber exactamente a dónde se hospeda y con quién está.
—Entendido.
Colgué y llamé a Julia, mi asistente personal.
—Julia, prepara el avión. Nos vamos en una hora.
—¿A dónde, señor?
—A Las Vegas.
Colgué sin darle más explicaciones. Las cosas acababan de cambiar. Si Daniel pensaba que su traición no tendría consecuencias, estaba muy equivocado. Ahora tenía en mis manos la oportunidad perfecta para devolverle el golpe, y no iba a desperdiciarla.Cuando decidí que iba a Las Vegas, supe que no quería hacerlo solo. Había mucho que procesar y, aunque no suelo admitirlo, necesitaba compañía. Así que llamé a Nate, mi mejor amigo, alguien con quien podía contar para hablar de todo… o para simplemente olvidar.
—¿Vegas? ¡Claro que sí! —respondió en cuanto le conté. Su entusiasmo era casi infantil—. Amigo, esto es justo lo que necesitas para sacudirte de esa vibra de traición que te dejó el idiota de Daniel y esa mujer que nunca valió la pena.
—¿Siempre tan directo, eh? —repliqué, intentando bromear, aunque sus palabras tocaron una fibra sensible.
—Alguien tiene que decirlo —contestó sin titubear—. Nunca me gustó para ti, lo sabes, ¿verdad?
Eso me tomó por sorpresa. Nate siempre había sido cordial con Giselle, aunque no particularmente cercano.
—¿Por qué dices eso? —le pregunté, tratando de sonar casual, pero mi curiosidad estaba en alerta máxima.
Él suspiró.
—Mira, no quería decírtelo porque pensé que no era importante, pero ya que estamos en plan de sinceridad… —Se aclaró la garganta, como si estuviera buscando las palabras adecuadas—. ¿Recuerdas esa vez que fuimos todos al antro? Tú, Giselle, Daniel y yo.
—Sí, claro que lo recuerdo.
—Bueno, esa noche Giselle estaba actuando… raro.
—¿Raro cómo?
Nate dudó un momento antes de hablar.
—Provocativa. Conmigo.
—¿Qué? —Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.
—Sí, hombre. No fue algo directo, pero estaba coqueteando, tocándome el brazo más de la cuenta, riéndose de todo lo que decía. Y, bueno, con las copas que llevaba encima, pensé que solo estaba borracha y la dejé pasar.
Lo miré fijamente, tratando de procesar lo que acababa de decir.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque pensé que no tenía sentido armar drama por algo que no pasó a más. Además, tú parecías feliz con ella, y no iba a ser yo quien arruinara eso… Pero, después de lo que hizo contigo y con Daniel, creo que debería haberte advertido.
Me quedé en silencio por un momento, intentando contener la mezcla de emociones que se agitaban dentro de mí. Desconcierto, rabia, alivio. Era como si cada nuevo dato sobre Giselle y Daniel confirmara que todo esto había sido una gran bendición disfrazada de tragedia.
—Supongo que fue mejor que todo saliera a la luz —dije finalmente, aunque mi mandíbula estaba tensa—. Pero no significa que no les vaya a hacer pagar por lo que hicieron.
Nate sonrió, esa sonrisa cómplice que siempre había tenido.
—Por eso te estoy acompañando a Las Vegas, amigo. Si alguien sabe cómo sacarte esa espina, soy yo.
Puse los ojos en blanco, aunque no pude evitar esbozar una sonrisa. Tenerlo conmigo no solo me haría el viaje más llevadero, sino que también me ayudaría a mantener los pies en la tierra mientras mi mente tramaba el siguiente movimiento.
El avión estaba listo, y mi plan empezaba a tomar forma. Diana Harris era la clave de todo, y Vegas sería el lugar perfecto para poner las piezas en su lugar.