Capítulo 1
El aire en la Avenida Balboa pesaba tanto que parecía que podías morderlo. Era ese calor pegajoso de Panamá, justo antes de que el cielo se rompa en pedazos con la lluvia de la tarde. Tenía la blusa de seda pegada a la espalda y el corazón martilleando contra mis costillas con un ritmo sordo que me subía hasta la garganta.
—¿Esperas a alguien, muñeca? —Un tipo con el cabello engominado y olor a tabaco barato se metió bajo el techo de la parada de metrobús, invadiendo mi escaso espacio personal.
No le respondí. Ni siquiera me atreví a mirarlo. Me ajusté la capucha del impermeable transparente, rezando para que no viera mis ojos. Ese era el problema de nacer con heterocromía: un ojo verde esmeralda y el otro color miel. Eran hermosos para algunos, pero para mí eran una maldita señal de neón que decía: "¡Mírenme, soy diferente!". Y hoy, más que nunca, necesitaba ser una mancha borrosa en la multitud.
—Oye bonita, no deberías estar sola... ¿A quién esperas? ¿A tu novio?
—A una amiga —mascullé, con la voz seca.
Por fin, el bus apareció entre el vapor que subía del asfalto. Subí casi tropezando y me desplomé en el asiento al lado de Valeria. Ella estaba pálida, con la mirada perdida en la pantalla de su teléfono.
—Pensé que te habías arrepentido —me susurró, apretándome el brazo con una fuerza que me dejó marca.
—Casi lo hago, Val. Esto es una locura. Entrar en la Torre del grupo Altamira para robar una foto de un cuadro privado... nos van a meter presas antes de que termine el día.
—Es solo una foto, Lucía. Mi tesis de arte no tiene sentido sin esa pieza de la colección privada. El decano consiguió acceso para el grupo de la facultad, nadie se va a fijar en ti. Solo mantén la cabeza baja.
El transcurso en bus duró unos 15 minutos, al llegar bajé del bus con el corazón latiendome a mil por hora.
Cuando las puertas de cristal de la torre se abrieron, el cambio de temperatura me dio una bofetada. El aire acondicionado estaba tan fuerte que se sentía como un invierno artificial, seco y clínico. Todo allí olía a éxito: a mármol recién pulido y a ese aroma costoso de los edificios donde se deciden los destinos del país.
—Ponételas. Ahora —Valeria me pasó una cajita de plástico pequeña.
Eran unos lentes de contacto de contacto de color castaño oscuro. Las saqué y me las comencé a poner rapidamente, me escocían, me hacían llorar los ojos, pero cuando terminé, mi mirada era tan común y corriente como la de cualquier otra estudiante en la fila. Una máscara perfecta para una mentira perfecta.
El plan iba bien. Los guardias de seguridad, con sus trajes oscuros y auriculares, apenas nos miraron mientras el grupo de la facultad subía por el ascensor de alta velocidad. Pero al llegar a la galería del piso 40, el pánico me ganó. Me sentía sofocada. Aproveché un descuido del guía y me desvié por un pasillo lateral, buscando un poco de aire.
Terminé frente a una puerta de madera de ébano, pesada y silenciosa. Entré sin pensar, huyendo del eco de las voces del grupo, y me encontré en el centro del poder.
Era un despacho inmenso. El cristal iba del techo al suelo y mostraba la bahía de Panamá, donde los barcos esperaban para cruzar el Canal bajo un cielo que empezaba a iluminarse con rayos. Pero lo que me detuvo el aliento fue el cuadro tras el escritorio de cristal templado. Era una obra abstracta, violenta, una explosión de rojos sobre un fondo n***o que parecía latir.
Saqué la cámara de Valeria del bolso. Mis dedos sudaban tanto que temía que se me resbalara. Click.
—Ese cuadro tiene una historia de traición que la mayoría no logra captar a la primera. Es demasiado visceral para mentes comunes.
Me quedé petrificada. Se me detuvo el pulso por un segundo que pareció eterno. Una voz profunda, con una vibración que sentí directamente en la boca del estómago, resonó a mis espaldas. Me giré lentamente, ocultando la cámara tras mi espalda, sintiendo cómo el rubor de la culpa me subía por el cuello.
Allí estaba él. Mateo Altamira
Las fotos de las revistas de negocios no le hacían justicia. Era una fuerza de la naturaleza. Llevaba un traje gris carbón que parecía esculpido sobre sus hombros y una mirada tan oscura y afilada que sentí que me estaba desnudando la conciencia. Se acercó despacio, con esa elegancia depredadora de quien no tiene que pedir permiso para nada.
—Llega tarde, señorita... —Se detuvo a menos de un metro. Podía olerlo: sándalo, cuero y un toque de café amargo—. Jimena Vega, ¿verdad? De la revista Vanguardia.
El oxígeno abandonó la habitación. Él creía que yo era la periodista que esperaba para una exclusiva. Si le decía que era una estudiante colada, me entregaría a la policía. Si aceptaba la mentira...
—El tráfico en la ciudad estaba... imposible, Sr. Altamira —mentí, y mi propia voz me sonó pequeña, lejana.
Él arqueó una ceja, recorriendo mi rostro con una curiosidad que me puso los pelos de punta. Se sentó en el borde de su escritorio, tan cerca que podía ver el brillo de su reloj de platino y la intensidad de sus pupilas.
—El tráfico es la excusa de los impuntuales, y yo detesto la impuntualidad tanto como las mentiras —dijo con una sonrisa gélida que me hizo temblar—. Pero ya que está aquí, aprovechemos el tiempo. ¿Dónde está su grabadora? ¿O es que piensa escribir el perfil del hombre más influyente del país confiando solo en su memoria?
Tragué saliva, sintiendo una gota de sudor frío bajarme por la nuca. Estaba atrapada en una jaula de cristal con el hombre más peligroso de la ciudad, y lo peor de todo es que no podía dejar de mirarlo.
—Mi memoria es excelente, Sr. Altamira —respondí, tratando de recuperar una dignidad que no tenía—. No necesito grabadoras para reconocer una buena historia cuando la tengo enfrente.
Él se rió, un sonido bajo y ronco que me erizó la piel.
—Bien. Me gusta la confianza. Empecemos, entonces. Convénzame de que no estoy perdiendo mi tarde con usted.