El silencio en el despacho de Mateo Altamira no era un vacío; era algo sólido, una presión que me zumbaba en los oídos.
Me senté en la silla de cuero de diseño italiano, sintiendo cómo el material, suave y frío, se amoldaba a mi cuerpo como una trampa de lujo.
Frente a mí, el hombre que controlaba la mitad de los hilos financieros del país me observaba con una intensidad que me hacía desear desaparecer a través del cristal, directo hacia la tormenta que ya empezaba a azotar la ciudad.
Fuera, los relámpagos iluminaban el horizonte sobre el Canal de Panamá, tiñendo el cielo de un violeta eléctrico.
Dentro, la única luz provenía de unas lámparas de diseño minimalista que proyectaban sombras alargadas y dramáticas sobre las paredes de arte abstracto.
—¿Y bien, señorita Vega? —Mateo se inclinó hacia adelante. El movimiento hizo que la tela de su camisa gris se tensara contra sus hombros. Tenía una forma de moverse lenta, felina, como si cada gesto estuviera calculado para intimidar—. Me ha dicho que su memoria es excelente. Espero que así sea, porque no suelo conceder segundas oportunidades a quienes desperdician mi tiempo.
Tragué saliva. Mi garganta se sentía como si hubiera tragado arena de la playa de Veracruz. Abrí mi bolso con dedos que, por mucho que intentara controlar, temblaban ligeramente. Al moverlo, el peso de la cámara Leica de Valeria —el cuerpo del delito— chocó contra mi billetera. El sonido me pareció tan fuerte como un cañonazo, pero Mateo ni siquiera parpadeó.
—Yo... bueno, prefiero que esto sea más una conversación que un interrogatorio —improvisé, tratando de recordar cómo hablaban los periodistas en las películas.
Me acomodé un mechón de pelo tras la oreja, un gesto nervioso que me maldije por hacer —. Antes de entrar en las cifras de la fusión con el grupo asiático, me gustaría entender al hombre. El arte, por ejemplo. Ese cuadro de atrás... —señalé la obra roja y negra que había fotografiado hace apenas unos minutos—. No es una elección común para un despacho corporativo. Es demasiado... honesto.
Mateo arqueó una ceja. Por un segundo, la frialdad de sus ojos de obsidiana pareció dar paso a una chispa de curiosidad genuina. Se giró apenas unos grados para mirar la obra.
—Es un Pollock no catalogado. Representa el caos antes de la creación —dijo con voz baja, casi un susurro—. La mayoría de los que se sientan en esa silla dicen que es "interesante" solo para quedar bien conmigo. Usted dice que es honesto. ¿Por qué?
—Porque no intenta ser bonito —respondí, y por un momento me olvidé de que estaba mintiendo. El arte era lo único que me hacía sentir segura—. Es doloroso. Parece el grito de alguien que tiene todo pero no puede tocar nada.
Un silencio pesado cayó entre nosotros.
Mateo me estudió durante lo que parecieron siglos. Sentí un picor insoportable en el ojo izquierdo; el lente de contacto castaño estaba empezando a secarse por el aire acondicionado industrial de la torre.
Parpadeé rápidamente, rezando para que no se me saliera o, peor aún, que no se me pusiera el ojo rojo y revelara mi secreto. Si él veía un destello verde en mi pupila, todo se acabaría.
—Interesante —murmuró él, y esta vez su sonrisa fue un poco más real, aunque no menos peligrosa—. Tiene una sensibilidad extraña para alguien que escribe sobre adquisiciones hostiles y tasas de interés, Jimena.
"Jimena". El nombre me golpeó como un recordatorio de mi traición. Yo no era Jimena Vega, la brillante periodista de la revista Vanguardia. Yo era Lucía, la estudiante de tercer año que vivía en un apartamento compartido en El Cangrejo, la que trabajaba los fines de semana en una cafetería para pagar los materiales de arte.
—La gente es compleja, Sr. Altamira —dije, tratando de recuperar el control—. Ahora, hablemos de su nueva sede. ¿Por qué Panamá? ¿Por qué ahora?
Mateo se levantó de su asiento. Era incluso más alto de lo que parecía sentado. Caminó hacia el ventanal, dándome la espalda. Sus manos, grandes y de dedos largos, se entrelazaron detrás de su espalda.
—Panamá es el centro del mundo, pero también es una ciudad de espejismos —dijo, mirando hacia los rascacielos de Punta Pacífica—. Aquí, nada es lo que parece. Las fortunas se construyen sobre cimientos de arena y los secretos se entierran bajo el concreto. Me gusta este lugar porque me recuerda que la verdad es una moneda muy cara. Pocos pueden permitírsela.
Se giró de repente, atrapándome con la guardia baja.
—Dígame algo, señorita Vega. ¿Cuál es su verdad?
El corazón se me saltó un latido. ¿Acaso lo sabía? ¿Había notado la cámara? ¿Había visto el pase de estudiante asomando por mi bolso? La paranoia empezó a trepar por mi nuca como un insecto frío.
—Mi verdad es que quiero hacer una buena entrevista —respondí, forzando una sonrisa profesional.
—¿Ah, sí? —Dio un paso hacia mí. Luego otro. El espacio entre nosotros se redujo hasta que pude oler la mezcla embriagadora de su perfume y el ozono de la tormenta que se filtraba por las rendijas—. Porque he notado que no ha dejado de mirar la puerta desde que entró. Y sus ojos... tienen un brillo muy particular hoy. Como si estuviera viendo algo que no debería.
Él se inclinó, apoyando una mano en el brazo de mi silla, atrapándome. Estaba tan cerca que podía ver los poros de su piel, la sombra de la barba de un par de horas y una pequeña cicatriz casi invisible cerca de su sien. El calor que emanaba de su cuerpo chocaba con el frío del despacho, creando una atmósfera eléctrica.
—Sr. Altamira, yo... —mi voz se quebró.
—Tiene los ojos muy secos, Jimena —dijo él, su voz era ahora un murmullo aterciopelado que me recorrió la columna como una caricia prohibida—. ¿Es por el aire acondicionado o es que le molesta el disfraz?
Me quedé sin aliento. Mi mano voló instintivamente hacia mi ojo, pero antes de que pudiera tocarlo, él me tomó de la muñeca. Su agarre no era violento, pero era firme, absoluto. Su piel quemaba contra la mía.
—¿Disfraz? No sé de qué habla —susurré, aunque mis ojos ya estaban empezando a lagrimear por la irritación del lente.
—Es una lástima —dijo él, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Porque detesto las imitaciones. Prefiero lo auténtico, por muy imperfecto que sea.
En ese momento, el teléfono sobre su escritorio empezó a sonar, rompiendo el hechizo. Mateo no me soltó la muñeca de inmediato. Me miró un segundo más, como si estuviera decidiendo si devorarme o dejarme ir, y finalmente me soltó.
—Debe ser mi asistente —dijo, volviendo a su papel de ejecutivo implacable como si nada hubiera pasado—. Parece que su tiempo conmigo se ha terminado por hoy.
Me levanté tan rápido que casi tropiezo con mis propios pies. Mis piernas se sentían como gelatina.
—Entiendo. Gracias por... por su tiempo —balbuceé, colgándome el bolso al hombro. Solo quería correr, salir de ese edificio, quitarme los lentes de contacto y gritar bajo la lluvia.
—Señorita Vega —me llamó cuando ya estaba a punto de alcanzar la puerta.
Me detuve, con la mano en el pomo de ébano. No me atreví a girarme del todo.
—Dígale a su editor en Vanguardia que la próxima vez envíe a alguien que no tenga miedo de sostener la mirada. Y por cierto... —hizo una pausa que me heló la sangre—, asegúrese de que esa cámara no tenga fotos que no me pertenezcan. Sería un error muy caro para su carrera.
Salí del despacho sin mirar atrás. Crucé el pasillo alfombrado, el vestíbulo y los ascensores como si me persiguiera el mismo diablo. Solo cuando estuve fuera, bajo la lluvia torrencial que finalmente había estallado, me permití llorar de puro terror.
El agua lavó el maquillaje de mi cara y, con un gesto brusco, me arranqué los lentes de contacto, tirándolos a una alcantarilla. Por fin, mis ojos —el verde y el miel— volvieron a ver el mundo con claridad. Pero mientras corría hacia la parada del bus, no podía quitarme de encima la sensación de que Mateo Altamira no solo me había visto... me había marcado.
Y lo peor de todo es que, en algún rincón oscuro de mi mente, una parte de mí ya quería volver.