Salí de la Torre Altamira con las piernas temblando tanto que me sorprendió no desplomarme sobre el mármol del vestíbulo. El aire frío del edificio todavía me calaba los huesos, pero en cuanto crucé las puertas giratorias, el vaho y el calor de Ciudad de Panamá me golpearon como un muro físico.
La lluvia había pasado de ser una amenaza a un diluvio torrencial. Me puse la capucha, ocultando mi rostro, y empecé a caminar rápido, casi corriendo, mezclándome con la marea de oficinistas que buscaban refugio. No podía dejar de mirar por encima del hombro. Sentía que en cualquier momento una mano pesada se posaría en mi hombro y la voz de acero de Mateo Altamira me diría que el juego se había acabado.
—¡Lucía! ¡Por aquí! —El grito de Valeria me llegó desde el interior de un pequeño café en una esquina de la calle 50.
Entré al local, haciendo sonar la campanita de la puerta. El olor a grano tostado y canela normalmente me habría relajado, pero ahora solo me producía náuseas.
Valeria estaba sentada en una mesa al fondo, con un capuchino frente a ella y una expresión de terror absoluto.
—Casi me da un infarto —dijo en cuanto me senté frente a ella—. El grupo salió hace veinte minutos. El profesor me preguntó por ti y tuve que decirle que te habías sentido mal y te habías ido antes. ¿Dónde estabas? ¿Por qué tardaste tanto?
Me quité el impermeable húmedo con movimientos mecánicos. Mis dedos todavía conservaban el rastro del calor de la mano de Mateo.
—Me atrapó, Valeria —susurré, bajando tanto la voz que apenas podía oírme a mí misma—. Entré en su despacho por error. Estaba allí.
Valeria se puso pálida, su taza de café quedó suspendida en el aire.
—¿Mateo Altamira? ¿Te vio la cara? ¿Vio la cámara?
—Me vio la cara, pero... —Tragué saliva, recordando la intensidad de su mirada—. Me confundió con alguien. Una periodista de la revista Vanguardia. Jimena Vega.
Valeria soltó el aire de golpe.
—¿Y qué hiciste?
—Lo que cualquier persona desesperada haría: le mentí. Le seguí la corriente. Me sentó frente a él y empezó a hacerme preguntas. Val, ese hombre no es un empresario normal. Es como si pudiera ver a través de las paredes... y de las personas.
—¿Pero tienes la foto? —preguntó ella, su egoísmo de estudiante aflorando por un segundo.
Saqué la cámara de mi bolso y la puse sobre la mesa como si fuera una granada activa.
—Tómala. Es tuya. Pero no vuelvas a pedirme algo así. Nunca. Siento que he vendido mi alma por un cuadro abstracto.
Me levanté y fui al baño del café.
Me miré al espejo; mis ojos aun estaban rojos, irritados por el plástico y por las lágrimas contenidas.
"Jimena Vega", repetí mentalmente. Ese nombre ahora era mi cadena.
Pasé el resto de la tarde en un estado de trance. Regresé a mi apartamento, un cuarto pequeño pero acogedor en un edificio antiguo cerca de Vía Argentina, donde las paredes están cubiertas de mis propios bocetos y lienzos a medio terminar.
Traté de pintar, de dejar que el pincel me liberara del estrés, pero cada trazo que hacía terminaba pareciéndose a la mandíbula angulosa de Mateo o a la oscuridad de su despacho.
A las seis de la tarde, mi teléfono vibró sobre la mesa de madera. Era un número desconocido.
Mi corazón se detuvo. ¿Cómo podría tener mi número? No, era imposible. Debía de ser spam o alguna cuenta pendiente. Contesté con voz temblorosa.
—¿Diga?
—¿Señorita Vega? —Una voz de mujer, profesional y eficiente, sonó al otro lado—. Habla la secretaria de presidencia de Grupo Altamira. El Sr. Altamira ha solicitado que le envíe el borrador inicial de la entrevista para mañana a primera hora. También me pidió que le recordara que dejó su tarjetero en el escritorio. Lo tenemos aquí bajo custodia.
Sentí que el suelo desaparecía. No era él, era su oficina. Habían rastreado el número de la verdadera Jimena Vega o, peor aún, Jimena les había dado mi contacto por alguna carambola del destino (lo cual era imposible). Entonces me di cuenta: si yo no entregaba ese borrador, llamarían a la revista. Si llamaban a la revista, descubrirían que la verdadera Jimena no estuvo allí. Y si eso pasaba, la seguridad de la torre revisaría las cámaras de la visita guiada y verían a Lucía, la estudiante de arte.
Estaba atrapada en una red que yo misma había tejido.
—Yo... sí, por supuesto —logré decir—. Dígale al Sr. Altamira que lo recibirá. Y... gracias por lo del tarjetero.
Colgué y me desplomé en mi cama. La lluvia volvía a golpear con fuerza contra la ventana. Tenía menos de doce horas para escribir una entrevista sobre un hombre al que apenas conocía, basándome en una mentira que podía arruinar mi vida.
Me levanté y encendí mi vieja laptop. Busqué en Google: "Mateo Altamira".
Miles de resultados aparecieron. Fotos de él en galas benéficas, fotos en la bolsa de valores, rumores sobre su frialdad en los negocios y su absoluta falta de vida privada. Pero no había nada sobre el hombre que me había sostenido la muñeca con tanta determinación.
Esa noche no dormí. Escribí párrafos enteros sobre su visión del arte y su presencia imponente, mezclando lo poco que sabía con lo mucho que había sentido. A las cuatro de la mañana, envié el correo electrónico desde una cuenta anónima que creé a nombre de Jimena.
"Aquí tiene su inicio, Sr. Altamira, Espero que sea de su agrado".
Cerré la pantalla y me quedé mirando el techo. Sabía que esto no terminaría aquí. Mateo Altamira no era el tipo de hombre que se conformaba con un borrador. Él quería la historia completa. Y yo, por alguna razón aterradora, empezaba a querer dársela.