Si alguien le hubiera dicho a Iris, media hora antes, que su vida iba a desmoronarse de nuevo justo cuando creía haber aceptado los nuevos límites de su mundo, no lo habría creído.
Ya había tenido demasiado ese día: el altar, la corona, el beso público, la declaración de ser reina. Había pensado que el golpe más fuerte ya había pasado, que solo quedaba sobrevivir las horas restantes de la celebración.
Sin embargo, mientras bailaba el vals real con Cassian, rodeada por la música de la orquesta, la luz cálida de los candelabros y la mirada de cientos de invitados que observaban cada movimiento de la nueva pareja real, comprendió de manera clara y sorprendente que él no usaba metáforas ni exageraciones políticas. Hablaba con la seriedad absoluta de un rey que dicta una ley fundamental.
No fue un desliz. No fue una confesión accidental arrancada por la tensión del momento. Él había elegido ese preciso instante, en medio de la pista de baile, para anunciarle su sentencia.
La pista estaba llena de parejas bailando a su alrededor; el protocolo la mantenía sujeta entre sus brazos, y cualquier reacción impulsiva, como un grito, un intento de escapar o una pregunta en voz alta, se convertiría en un escándalo público que se haría eco en todo el reino.
El pánico, frío y agudo como una hoja de afeitar, se mezcló con una ira ardiente en su pecho. Estuvo a punto de hacerlo. A punto de separarse de él bruscamente, de exigir explicaciones allí mismo, frente a toda la corte.
Pero justo cuando sus músculos se prepararon para moverse, Cassian levantó la mano que estaba en su cintura, a solo unos centímetros. Fue un gesto tan suave que solo ella lo vio, pero tan firme que la dejó inmóvil.
—Este no es el lugar —murmuró, su voz tan baja que las palabras parecieron formarse directamente en el espacio entre sus rostros, no en sus labios.
Iris, temblando ahora no por nervios, sino por rabia contenida, encontró su voz.
—Me engañó —susurró, y cada palabra era un dardo envenenado—. Me hizo creer que esto era temporal.
Él no negó la acusación. Su cara no mostró emoción, pero sus ojos, que estaban muy cerca de los suyos, tenían una intensidad casi palpable.
—Ya te lo advertí —dijo, y había una nota de molestia en su tono controlado—. Así que mantén la compostura.
Ella estaba demasiado alterada para obedecer del todo, pero sabía que una escena podría ser peligrosa, así que no pudo evitar hacer la siguiente acusación.
—¿Lo planeó desde el inicio? ¿Sabía desde esta mañana que nunca me dejaría ir?
Iris retrocedió un paso dentro del marco del vals, un movimiento instintivo de rechazo. Pero Cassian no lo permitió. Su mano en su cintura se cerró con fuerza, no de manera violenta, pero sí lo suficiente para recordarle, sin necesidad de hablar, que no podía detenerse, interrumpir la danza ni hacer nada que llamara la atención.
—Pensaba hablar contigo después de la boda —admitió, con un tono muy práctico—, cuando todo estuviera legalmente cerrado y no hubiera vuelta atrás. Pero parecías necesitar... claridad antes.
Cassian esperaba sumisión. Esperaba que ella, la doncella obediente, la mujer que había aceptado su destino con una resignación casi estoica, inclinara la cabeza y aceptara este nuevo cambio con la misma pasividad con la que había aceptado todo lo demás.
Pero algo se había roto en Iris en ese momento. La cuerda de la paciencia, el miedo paralizante, la creencia ingenua de que estaba haciendo un sacrificio noble por su reino. Todo eso se disipó ante la frialdad con la que él había reorganizado su vida sin su consentimiento.
—No soy una cosa —murmuró, y su voz, aunque baja, estaba cargada de una dignidad que le sorprendió a ella misma—. No soy un objeto que usted puede usar y luego guardar en un cajón. Acepté este papel creyendo que era lo mejor para el reino y que ayudaba a prevenir un desastre. Pero no toleraré... no toleraré haber sido engañada.
Cassian la observó con una calma que era peligrosa en su totalidad. Sus ojos grises recorrieron su rostro, evaluando y calculando. Luego, esbozó una expresión que casi podía confundirse con diversión, si no fuera por el hielo en sus ojos.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó, y la pregunta no era retórica. Era un desafío.
Iris respiró hondo, sintiendo cómo el corsé limitaba la expansión de sus pulmones, cómo el vestido pesaba sobre sus hombros como una armadura.
—No armaré un escándalo —dijo, y su tono era tan frío como el suyo—. Sí, eso es lo que teme. No destruiré lo que hemos... lo que usted ha construido hoy. Pero no significa que acepte esto.
Una chispa de algo —¿era satisfacción? ¿aprobación?— brilló en los ojos de Cassian.
—Bien —dijo—. Entonces este es el plan: permanecemos juntos hasta el final del banquete. Sonreímos, bailamos y hablamos con los invitados. Representamos la pareja feliz y unida que el reino necesita ver. Y luego... luego hablamos en privado.
Hizo una pausa, y un destello de ironía apareció en su expresión.
—Debo admitir que subestimé tu carácter. Mi esposa provisional tiene más fuego del que esperaba.
Iris no se dejó impresionar por el aparente cumplido.
—Reacciono así cuando me traicionan —replicó, y no pudo evitar que la amargura se filtrara en su voz.
La expresión de Cassian se endureció inmediatamente.
—Recuerda con quién estás hablando —dijo, y cada palabra era una advertencia.
—¿Es eso una amenaza? —preguntó Iris, y esta vez no bajó la vista.
Él la miró fijamente durante lo que pareció una eternidad, mientras la música del vals comenzaba a disminuir hacia su final. Luego, con un movimiento casi imperceptible de su cabeza, indicó el salón a su alrededor.
—Estamos rodeados de ojos atentos. Si quieres discutir y si quieres exigir explicaciones, tendrás que esperar a estar a solas conmigo. Hasta entonces, juega tu papel.
Iris abrió la boca para responder, para decir algo, cualquier cosa que le devolviera algo de control, por mínimo que fuera...
Pero no se lo permitió.
Antes de que pudiera terminar su frase, antes de que pudiera articular otra palabra de desafío, Cassian se inclinó. No fue un movimiento lento, ni romántico, como el beso del balcón. Fue rápido, claro y sin piedad. Sus labios se unieron a los suyos sin pedir permiso, sin esperar respuesta, simplemente tomando lo que quería.