Había algo en Marisa que desarmaba, sin que ella se lo propusiera. No era exactamente la belleza lo que imponía su presencia, aunque fuera innegable que tenía un atractivo delicado, de esos que se revelan sin aspavientos. Su rostro conservaba una frescura casi adolescente, con una expresión melancólica que la acompañaba incluso cuando sonreía. Los ojos grandes, de un tono incierto entre el verde y el ámbar, parecían siempre a punto de decir algo que no se atrevían. El cabello, ondulado y oscuro, caía con desorden cuidado sobre los hombros, y su figura delgada —más insinuada que expuesta— tenía algo de silenciosa elegancia. Caminaba con una naturalidad sin artificio, como si no supiera lo bien que le sentaban los vaqueros gastados o las blusas vaporosas. En la oficina era querida por todos

