—Es casi repugnante —murmuro para mí misma mientras miro por la ventana los montes de postal que se extienden más allá. La mañana de la boda de Amy y Henry es un día de primavera perfecto en Chicago. Anoche llovió (lo oí golpear el tejado), pero hoy el mundo brilla limpio y reluciente después del lavado nocturno. El césped es de un verde deslumbrante, el cielo de un azul intenso salpicado de nubes blancas y mullidas, los pinos de un verde oscuro perfecto. Contemplo desde la ventana de la suite nupcial que compartí anoche con mi mejor amiga Amy y me maravillo de tanta perfección. Cuando tienes dinero, hasta la naturaleza se esfuerza por complacerte. Estamos en un hotel y resort de lujo, de esos en los que nunca soñé alojarme. Una sola noche debe costar más que todo mi alquiler mensual.

