04| El visitante

2624 Words
Cuando Scarlet abre los ojos todo se encuentra sumido en oscuridad. No recuerda haber apagado las lámparas o que lo hubiese hecho alguien de la servidumbre, pero cuando con brazos débiles y la mente aún nublada por la siesta, Scarlett se pone de pie comprobando que un ligero y fantasmagórico rayo de luz plateada que se cuela por la ventana es lo único que le permite ver lo que hay a su alrededor. —¿Pero qué diablos es esto? —se pregunta cuando, al acercarse a la ventana, comprueba, para su absoluto desconcierto, que no es solo su habitación lo que está a oscuras, sino toda la mansión; en realidad todo el vecindario parece haberse quedado sin electricidad. En su mente la situación es como en un apagón de esos que sufren los países menos afortunados; esos donde, según reportes oficiales, reptiles superdotados mastican el tendido eléctrico y dejan como en la era de las cavernas a toda su población. No puede ver gran cosa más allá del cristal de su ventana y, de hecho, se da cuenta de que tampoco puede oír nada. De pronto es como si con la electricidad, también se hubiese ido el ruido de la ciudad. Scarlett mira la luna y la piel se le eriza al instante. Hay algo espeluznante en el satélite esa noche, pero no logra terminar de meditar qué es cuando el ruido, el de hace un rato, que es similar al arrastre de pesadas cadenas, irrumpe la tranquilidad de la noche haciéndola dar un respingo. —¿Donna? —llama con voz temblorosa, pero girándose hacia la puerta, ya que, en ese momento, parece ser el objetivo del rayo de luz plateada—. ¿Donna, eres tú? No hay respuesta, por supuesto. De hecho, no se escucha nada más que los agitados latidos del corazón de Scarlet... Y esas cadenas que ya mencioné. La tétrica melodía amenazaba con dañar sus oídos. —Donna, ya basta. Déjate de juegos —insiste, ahora casi sollozando. El ruido de las cadenas arrastrándose se hace más y más cercano conforme pasan los segundos hasta que se detiene de pronto, como si hubiese desaparecido. Pero Scarlet apenas tiene tiempo de respirar, o de sentirse aliviada por la vuelta del silencio, cuando empieza a entrar una neblina antinatural por debajo de la puerta y la temperatura baja drásticamente casi al instante. La mujer empieza a jadear y su mente se llena de imágenes dignas de una mala pero taquillera película de acción: Un grupo de delincuentes bien preparados asaltan una imponente mansión con el objetivo de secuestrar a la estrella del pop más famosas de todos los tiempos para luego pedir un sustancioso rescate, antes de que sus planes sean truncados por un agente del FBI, oportunamente bien parecido, traumatizado y dado de baja por un evento del pasado del que no sabe cómo redimirse hasta que comprende que está en sus manos salvar el destino de la música pop rescatando a la chica de las malvadas garras del cabecilla de aquel plan, que es el CEO de una malvada corporación discográfica que planea robarle la voz a la chica con un software de inteligencia artificial para jamás tener que lidiar con una diva más ni pagar ningún tipo de regalías... Y esa neblina de seguro es algún agente biológico que la dejará inconsciente en cuestión de un minuto. No digan que no sería una buena película... Apuesto a que Belle conseguiría el papel esta vez. O al menos tendría una oportunidad si Scarlet pudiera terminar el libreto, pero no puede, porque muy en el fondo sabe que ni siquiera en la ficción existe un héroe que quiera arriesgar su vida para ir a rescatarla. Su narrativa siempre ha sido “yo puedo hacerme mis favores"... Aunque no siempre habla de ser rescatada del peligro. Pero en fin, con esto en mente a la mujer no le queda otra alternativa que enfrentar ella misma a sus posibles captores. Se acerca a la mesa de noche y rebusca por un par de segundos en el cajón hasta encontrar la pequeña navaja que siempre reposa ahí. ¿Que por qué tiene una navaja en su mesa de noche? Bueno... Scarlet creció en un barrio peligroso de Nueva Orleans. Todo el dinero del mundo, guardaespaldas, cámaras de seguridad y habitaciones de pánico no la han hecho abandonar sus más intrínsecos instintos. Nadie se la va a llevar sin dar pelea. Está armada y sabe cómo defenderse. Sigamos. Navaja en mano se dispone a avanzar hacia la puerta. Al hacerlo, escucha un nuevo crujir; son los cristales rotos otra vez. Da un paso atrás, temiendo por sus pies pero mira al suelo y no hay nada, aunque el sonido sigue incluso cuando ella detiene sus pasos por completo. Aguarda un segundo más y avanza de nuevo, sabiendo ahora que alguien, al otro lado de la puerta, pretende atacarla con cadenas y quizás una botella rota... Son unos raros secuestradores, piensa, pero no se acobarda. Cuando está a solo medio metro de la puerta esta empieza a abrirse con un chirrido fuera de lugar en una casa tan moderna y bien cuidada como aquella. Scarlet se mueve para ocultarse tras la puerta y alzó la mano de la navaja, dispuesta a apuñalar a quien sea que apareciera frente a ella, solo que no se esperaba que... pues... que de verdad alguien se apareciera frente a ella, que es justo lo que está pasando. En cuestión de un instante entiende que el sonido de los cristales sí provenía de pasos, pero no eran los suyos sino los de la figura platinada que se materializa en la habitación mientras hablo, figura cubierta por un largo gabán, o eso parece, que cae hasta el suelo y que está envuelta en una especie de... ¿cómo decirlo? ¿Energía? blanquecina y gélida. A Scarlet el desconcierto la deja inmovil por unos segundos hasta que la figura se da la vuelta y clava sus ojos en ella. —¿Johnny? —susurra aliviada, bajando la navaja y llevándose la mano al pecho al ver el familiar rostro de su mentor. Alcanza a sonreír, aliviada de descubrir que no había ningún maleante viniendo por ella a golpearla con cadenas, antes de recibir el verdadero golpe... el de el entendimiento. —¡¡¡Johnny!!! —exclama ahora soltando la navaja y saliendo disparada al extremo opuesto de la habitación. Se sube a la cama de un salto y toma una almohada para... Bueno, creo que ni ella sabe para qué, pero la interpuso entre ellos como un escudo mientras empieza a soltar, uno tras otro, todos los nombres de la servidumbre y el equipo de seguridad que se sabe. —Deja de gritar, Scarlet —pide John con calma, pero la mujer no hace caso. —¡Melanieee! —Silencio, mujer. Debes escucharme. —¡¡Georgeeee!! —¿Puedes dejar de gritar un momento? —¡¡¡Joooooohn!!! —Aquí estoy, Scarlet. ¿No me ves? —No tú, maldito espectro. John, mi jardinero. —¿Y para qué quieres a tu jardinero en estos momentos? Son las tres de la mañana —dice él en tono condescendiente. Scarlet mira el reloj de pared, ahora iluminado por la luz platinada, como si esta fuese un proyector sobre un escenario... resaltando los objetos justos para hacer avanzar la trama. Sus labios tiemblan cuando su mente divaga breve y caóticamente sobre haber oído alguna vez que esta es la hora de los espectros y los demonios. Un estremecimiento la sacude de pies a cabeza, haciéndola lanzar la almohada a un lado y tirarse al suelo, de rodillas y uniendo sus manos en una plegaria. —¿Scarlet... —Padre nuestro que estás en los cielos... Alabado sea tu espíritu. Ruega por nosotros los pecadores y venga a nosotros tu voluntad, así como en la tierra, también en tu santa cruz. Ahora y en la hora de... —...qué estás haciendo? —pregunta John, mirandola con una ceja arqueada. —Rezo. —Eso me pareció. Pero lo estás haciendo mal. —No hay forma de rezar mal —asegura ella sacudiendo la cabeza antes de empezar a dibujarse una cruz en el pecho—. A Dios solo le importa lo que hay en nuestros corazones. Y mi corazón... Mi corazón de mujer viva quiere que tú, maldito muerto, te vayas. ¡¿Me oyes?! —Se pone de pie y alza sus manos al techo—. ¡Debes irte de esta casa del Señor! ¡No tienes poder aquí! ¡Vamos! ¡A penar en otro lado! —¿Casa del Señor? —bufa John con una risa que retumba en las paredes y entonces se acerca un par de pasos a Scarlet, trayendo consigo el sonido de las cadenas y los cristales crujiendo bajo su peso—. ¿Quieres hacer un recuento de las cosas pecaminosas que han tenido lugar en esta mansión? Los labios de ella tiemblan y sus mejillas enrojecen ante la insinuación, pero con un nuevo estremecimiento, se hace a un lado y niega con manos y cabeza. —No hablaré contigo. Tú no estás aquí. Te estoy imaginando. Tú estás muerto... ¡Muerto! Y los muertos no hablan. Sobre todo los muertos que perdieron su cabeza. ¡Camina hacia la luz, Johnny! ¡Atraviesa el túnel y vete! ¡Vete! John tuerce el gesto ante aquel insensible comentario sobre su cabeza desprendida. Y, quizás considerando que ya ha soportado muchas tonterías, extiende sus brazos, dejando caer su gabán y, al hacerlo, destellos de luz salen disparados de su cuerpo, acompañados por el parpadeo de los rayos de luna en el exterior y el retumbar de algunos truenos que caen sacuden la habitación. Scarlet suelta un nuevo grito y cae sobre su trasero, arrastrándose hacia atrás cuando John se lanza sobre ella, deteniéndose a tan solo un centímetro, hasta que sus narices se tocan. —Sí, estoy muerto. Pero no me iré de aquí hasta que escuches lo que vine a decirte. —¿A mí? —A ti, mi querida pupila. Porque mis acciones han marcado las tuyas también, y es por eso que eres parte de mi penitencia. —¿Penitencia? —pregunta la mujer, incorporándose un poco sobre el suelo ahora que él se ha alejado—. ¿Acaso tú... Tú... Te fuiste al infierno, Johnny? Lo último fue pronunciado en un susurro tembloroso, casi como si temiera ser escuchada incluso por John, que asiente con una sonrisa triste. —¿A dónde más creíste que iría? —Pu... Pues... No sé... ¿No dicen siempre que el infierno es aquí, y que aquí pagamos por nuestros pecados? —Bueno... Yo me rompí el cuello en un Maserati, y tuvieron que usar mis registros dentales para reconocer mi cuerpo. Cualquiera diría que pagué por mis errores, pero el infierno existe, sí. Y déjame decirte que no es solo una fosa con fuego en cada rincón. Es más... Refinado, a niveles retorcidos. —¿Refinado? ¡¿El infierno?! —Sí, tan solo mira... —El hombre levanta su largo abrigo lo suficiente para mostrar sus pies. Scarlet mira, horrorizada, aquellos pálidos y peludos pies descalzos y... sangrantes que se sostienen sobre un montón de cristales rotos que, ahora lo entiende bien, no están realmente ahí, pero se mueven a un lado y otro conforme el hombre se desplaza —. Estoy condenado a caminar eternamente sobre vidrios rotos, sin posibilidad de sentarme a descansar, ya que en vida pisoteé a tantas personas. Dime, Scarlet... ¿Has pisoteado a alguien alguna vez? La mujer se lleva ambas manos a la boca y lo mira presa del pánico... Por supuesto que lo ha hecho. —Y mira esto... —sigue John, levantando una de las casi incontables y en extremo lujosas cadenas que lleva al cuello; al hacerlo deja al descubierto un tramo de piel enrojecida, casi al rojo vivo—. Joyería de la buena... Pesadas como un yunque y caliente como las brasas. Jamás se enfrían y, por supuesto, no me las puedo quitar. Esto es, claro está, el castigo por mi avaricia, mi retorcida ambición, y por la miseria que causé en otros. ¿Qué me dices tú, querida? ¿Has hecho algo de eso? Las manos de Scarlet pasan entonces a sus sienes y su expresión de horror se intensifica al tiempo que sus labios empiezan a temblar. —Eso es horrible. Es nefasto que hagan eso. Yo... —El pánico se apodera de ella y empieza a hiperventilar caminando de un lado a otro hasta que una idea parece sembrarse en su cabeza—. Pero yo no estoy muerta. —Hay una breve pausa durante la cuál John la mira con condescendencia—. ¡¿Me voy a morir?! ¿¿¿Voy a morir??? ¿Has venido a llevarme? La mujer se deja caer al suelo una vez más, presa de un llanto jadeante. —Padre nuestro que estás en los cielos... Creo en Jesucri... —Basta, Scarlet. No empieces de nuevo con eso —dice John sacudiendo las manos, instándola a levantarse—. No vas a morirte. Bueno, claro que vas a morirte. Todos van a morir. Pero no vengo a llevarte conmigo. Soy un alma en pena, no una parca. —¿Estás seguro?—pregunta ella secándose con la mano el hilo de mucosidad transparente que cae de su nariz. Él asintió—. ¿Por qué estás aquí entonces? —Pues... Porque tú eres uno de mis más grandes errores. Eres una de las personas más famosas del siglo y eres una mala persona por mi culpa, al menos en parte. —¿Yo? ¿Mala persona? —La mirada ofendida y desconcertada de la mujer, le gana una de desdén por parte de John. —Ay, no te hagas... —bufó él con algo de humor y enojo en partes iguales—. Claro que lo eres. Y si no lo cambias, si no te redimes de tus errores... Acabarás como yo. Estoy aquí para que te veas en mi reflejo. Para que veas cuál es tu futuro a menos que decidas cambiar su curso. Tu alma aún puede salvarse y, al hacerlo, quizás pueda salvar la mía. Pero debes estar dispuesta a hacer todo lo que sea... —Sí, sí, sí... Lo haré. ¡Lo haré! —Scarlet corre a su encuentro—. Haré todo lo que me pidan. Pero por favor no me hagan caminar sobre vidrios rotos —termina entre sollozos. —Nadie te pedirá hacer nada, cariño. Solo tú tienes poder sobre tus acciones. Pero es necesario que aprendas. —¿Aprender qué? —Ya lo verás... Ellos vendrán mañana. —¿Ellos? ¿Quienes ellos? ¡¿Los demonios?! ¡¡No me mandes a ningún demonio, Johnny!! Por favor... ¡¡Espera!! —chilla alarmada dando un paso hacia John que ha empezado a desvanecerse. —Estarán aquí, mañana apenas den las doce campanadas... —¿Campanadas? —Cuestiona ella en tono enfadado—. No vivimos en el maldito siglo catorce, John. Tenemos relojes digitales. —Esa actitud te llevará a la condena... —sigue diciendo él con una voz que suena cada vez más lejana mientras su imagen ya casi ha desaparecido. —Lo siento. Lo siento. Seré buena. Lo juro. Pero dime quiénes vienen... ¡John!... ¡¡Joooohn!! ¡¡¡Vuelveeee!!! Pero su súplica no obtiene respuesta. Salvo que en ese momento se abre la puerta y un coro de jadeos llenos de sorpresa le devuelve a la realidad... aunque en realidad, nunca la abandonó.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD