03| Los delirios de una diva

2590 Words
Un par de horas después y luego de unas compras rápidas, y encubiertas, en su boutique preferida, Scarlet finalmente llega a casa... Esa majestuosa mansión de estilo veraniego, de pilares blancos y un ejército de querubines de mármol en la entrada. Sale de la camioneta sin dedicarle ni una palabra a Marcus, pero él sabe que debe bajarle las bolsas, así que baja y se dispone a sacarlas mientras ella sube los escalones de la entrada principal. Anda sin cuidado, otra vez con la mirada en el teléfono, cosa que le hace dar un pequeño traspiés, nada grave pero se detiene en seco al escuchar un sonido tan familiar como espeluznante. Mira a todos lados y no ve nada más que los querubines. —¿Todo en orden, señorita? —pregunta Marcus deteniéndose a su lado. —¿Te reías de mí? —¿Qué? ¿De usted? Nunca —El chófer se muestra confundido, pero sacude la cabeza en negación. —Me refiero a si reías hace un momento. Es que... Escuché a alguien hacerlo, pero... se oyó como si fuese... —Scarlet deja de hablar antes de decir el hombre que tiene en la punta de la lengua. —No fui yo, señorita. Seguramente fueron los perros. —Sí, seguro fue eso... Déjalo. Yo puedo sola desde aquí. —responde ella mirando hacia los querubines que de pronto parecen estar mirandola fijamente y apuntándola con sus dedos y flechas, cosa tan probable como que la fuente del sonido que oyó fuese tal y el que ella imaginaba... Porque que John volviera de la muerte a esconderse entre sus arbustos solo para reírse de ella era tan probable como que los querubines de verdad se hubiesen volteado a verla para el mismo fin. Sacudió la cabeza y se dijo que solo estaba cansada, que esos bigotes que podía ver ahora en los querubines no eran más que producto de su imaginación. Había tenido un día muy estresante y su cabeza ya no daba para más. Con eso se conformó y pudo entonces seguir avanzando. Como cosa rara, nadie salió a recibirla cuando ella terminó de subir la escalinata, pero cosa más rara resulta esa repentina y violenta ventisca que la sacude y casi la hace golpearse con la puerta, pero aquella monstruosidad de caoba y cristal esmerilado siempre estaba abierta, así que entró y, ya en el recibidor, se apresura a quitarse la bufanda pues la siente más apretada. La mira con el ceño fruncido... ¿intentaba estrangularla esa cosa? Scarlet se rie por las tonterías que se están cruzando por su cabeza y termina besando la prenda con una sonrisa. Aquella era una de sus posesiones más preciada por esos días; había pertenecido a su artista favorita de toda la vida, la leyenda dice que la llevaba puesta cuando murió... el mismo día que nació Scarlet, y ella había pagado más de un cuarto de millón por tenerla en una subasta benéfica dos semanas atrás. Aquello la había puesto en el ojo del huracán mediático... Otra vez. ¿Paga setecientos mil dólares por una bufanda pero aún no confirma su donación para las casas de acogida de Nueva York? Vamos, tampoco es que Scarlet estuviera obligada a regalar su dinero. Eso es comprensible, pero la mujer tomaba posturas cuestionables la mayor parte del tiempo y eso daba de qué hablar. —Buenas noches, señorita Fox —le saluda Donna, su ama de llaves. —Dile al chef que quiero algo ligero para la cena, no más de trescientas calorías —anuncia Scarlet empezando a quitarse los guantes y arrojándolos a las manos de su empleada, que los atrapó con algo de dificultad. —Albert no está, señora. —¿Como que no? ¿Y quién se supone que prepará mi comida? —Albert solo viene a la casa los días que se le notifica que usted vendrá. Le aseguro que mañana estará aquí a primera hora. Hoy yo prepararé su cena, descuide. Scarlet no se ve conforme, pero entrenando los ojos le resta importancia y sigue dando órdenes. —Luego de que llames a Albert, llama a Patrick. Necesito una depilación urgente. Tengo una presentación el día de navidad y debo estar perfecta. —Pero creí que había cancelado lo del festival, señorita. Creímos que estaría en Manhattan con el señor Flanagan —dice la mujer con una sonrisa nerviosa. —Hubo cambio de planes. Solo llámalo. Que reprograme a sus otros clientes y que tenga el salón despejado mañana a partir de las siete, tengo ensayo a las nueve. —Sí, señorita. ¿Necesita algo más que la cena? —jadea Donna mientras intenta seguirla escaleras arriba. —Sí. Iré a darme un baño caliente, pero dile a Adeline que suba a darme un masaje en unos veinte minutos. —Adeline está en su día libre, señorita. Scarlet tuerce el gesto y la mira malhumorada. —¿Y qué pasa con todos hoy? Además, ¿Adeline no volvió de sus vacaciones hace dos días? —Semana y media, señorita, sí. Pero... tres días libres a la semana en vísperas de Navidad, salvo cuando usted esté en casa. Eso dice nuestro contrato. —La mujer bajó la mirada con nerviosismo. —¿Tres días libres? ¿Quien autorizó ese contrato? —rie Scarlet sin humor—. E incluso así... Aquí estoy yo, y el personal no está completo ya que ni salieron a recibirme. —No sabíamos que vendría, señorita. No nos avisó y nosotros... —Otra más... A mí nadie me avisó que Johnny iba a morirse, Donna. De haberlo sabido hubiese volado antes y me hubiese sentado frente a la piscina a esperar que el hombre se matara en el acantilado. Y entonces tendría mi maldito masaje —responde Scarlet dándose la vuelta y retomando su camino—. Que no les avisé. Menuda mierda... ¡Después de todo lo que tuve que soportar hoy! Trabajan para mí y yo debo decirles que estén preparados para atenderme. ¿Por qué no me dicen que quieren sacarme dinero sin hacer nada, mejor? —Lo siento, señorita. Yo podría darle su masaje —sigue la asustadiza Donna, recogiendo el guante que se le había caído cuando su jefa le gritó y disponiéndose a seguirla, pero Scarlet se detiene en seco cuando una nueva ventisca recorre las escaleras, haciendo ondear la bufanda que aún lleva en las manos, pero apenas tiene tiempo de preguntarse de dónde viene el viento, pues una voz ronca y siseante, la típica de un fumador centenario, le susurró a la espalda: “Mmm... Eres toda una maldita diva". —¿Qué dijiste? —murmura Scarlet volteándose e inclinándose hacia Donna, que retrocede un poco ante la expresión desencajada de su jefa. —Que yo podría darle el masaje... si gusta. Scarlet miró a la mujer como si le estuviese tomando el pelo. Segura de que eso tenía que ser, porque la voz que escuchó se parecía demasiado a la del hombre cuyo cuerpo recién habían enterrado por la mañana. —No, olvídalo... Me daré un baño y me recostaré un rato. Asegúrate de que cena esté lista a las ocho. —Lo que diga, señorita —murmura Donna antes de bajar los escalones a la carrera mientras su jefa hace lo opuesto. Pero Scarlet apenas si logra poner un pie en el piso superior cuando escucha la voz nuevamente. —Tendrás que aprender de tus errores tarde o temprano, mi querida diva. —¿Quién anda ahí? —pregunta girando hacia un lado y otro, tropezando entre los escalones y teniendo que sostenerse del barandal. El eco de una risa estridente pero lejana fue su única respuesta. La mujer, presa ya de un pánico que, aunque cree absurdo, no pudo evitar que le acelerara el corazón, sube lo que queda de escaleras de un tirón y luego mira de un lado a otro por el amplio corredor que separaba el ala este de la oeste. Las luces estaban encendidas y las paredes blancas estaban impecables como siempre, pero eso no disminuía el aire tétrico de la escena porque... Bueno, acaba de escuchar la voz de un muerto, ¿no es ese motivo suficiente para cagarse encima? —¿Quién anda ahí? —repite, esta vez más enojada que asustada, pensando que quizás alguien de la servidumbre le gasta una broma, pero... ¿Desde cuando todos ahí eran imitadores de John? Fue en ese momento que se fijó en una de las pequeñas esculturas de mármol que adornaban la base del amplio ventanal al norte de la planta. Un juego de siete hombrecillos narizones con indumentaria de minería y diamantes reales en sus rígidos sacos. Sí, sí, están en lo correcto, son los de Blancanieves. ¿Que por qué Scarlet Fox tenía a los famosos mineros de Disney esculpidos en mármol en tamaño real en el interior de su casa? ¡Porque el dinero en exceso hace cosas raras en la cabeza de las personas, por eso! Les jode el criterio y el buen gusto, pero esa es harina de otro costal; lo importante aquí es que cuando Scarlet se fija en las esculturas, las únicas cosas con cara que había en el lugar, no ve los rostros por los que ella pagó, sino que vio la cara de John en cada uno de ellos. —¿Pero qué mierda...? —jadea acercándose con pasos recelosos. Su corazón late a toda velocidad, pero cuando está a solo medio metro de las esculturas, comprende que no hay nada fuera de lo ordinario. Los rostros caricaturescos son los que deben ser, y la miran con la alegría de siempre. Todo estaba en orden con eso, salvo que recién en ese momento ella comprende que, después de todo, no le gusta tanto tener aquellos muñecos en casa. Sacude la cabeza y se rie de sí misma... otra vez. Diciéndose que solo estaba cansada y afectada por lo sucedido con John... otra vez. Ya más calmada, camina al ala este y entra a su habitación, se apresura a quitarse los zapatos antes de hacer nada más y los hace a un lado de un tirón, pero justo antes de encender las luces, un sonido extraño le congela la sangre. Se da la vuelta y mira de nuevo por el corredor. Está vacío; pero el sonido no se detiene. —¿Donna? —Scarlet se mantiene en silencio con el oído atento, pero no hay respuesta, y, en cambio, el sonido persiste. Era como un chirrido metálico, algo que nunca antes había escuchado; luego se da un silencio resentido y... ¡c***k! Algo de cristal se quiebra en algún lugar que ella no logra adivinar, pero por instinto sale corriendo de vuelta hasta las esculturas. Si ella pudiese oírme, yo diría algo como: "Vamos, Scarlet. ¡Usa la cabeza, mujer! Dije cristal, ¡cristal! No mármol, caramba". Pero esta es una transmisión en vivo de la que, por desgracia, ella no tiene conocimiento; y yo soy como un documentalista de la National Geographic... Estoy aquí para narrar, no para intervenir con los especímenes de esta historia. Así que, en resumen, la veremos hacer muchas tonterías, ella no usó la cabeza en este caso, pero da igual porque apenas si logra llegar hasta los mineros para comprobar que siguen en una pieza cuando el sonido metálico regresó. —¡Dooooonna! —chilla. a todo pulmón la pobre mujer mientras corre, despavorida, de vuelta a su habitación. Cierra la puerta de un portazo e intenta llegar a su cama, pero no termina de encender las luces y no se da cuenta de que el suelo está lleno de cristal roto. Esto lastima sus pies y la hace caer de rodillas entre chillidos de dolor. Cómo es de esperar, sus manos y rodillas también salen heridas, pero cuando se dispone a mirarlas, escucha el golpeteo en la puerta y al alzar la cabeza observa a Donna junto a dos chicas más de la servidumbre. —¿Señorita? ¿Qué ocurre? ¿Cómo se cayó? —pregunta Donna, alarmada y corriendo en su ayuda. —Tropecé con los cristales. Yo me he cortado los pies —responde entre sollozos, aún sintiendo su piel adolorida. —¿Cristales? ¿Qué cristales? Scarlet mira a Donna como si hubiese enloquecido, pero le toma solo un segundo entender que quizás la loca es ella, porque, al mirar de nuevo, se da cuenta que en el suelo no hay nada. Está sentada sobre su suave alfombra persa de seda y no hay rastro de ningún cristal ahí, lo comprueba al pasar la mano un par de veces. Checa luego sus palmas, rodillas y pies... Todo intacto. Y entonces empieza a mirar de un lado a otro, muy asustada y al borde del llanto, mientras se pone de pie, respirando con dificultad. —Pero... pero... —¿Se encuentra bien, señorita? —insiste el ama de llaves. —Fuera. —¿Qué dice? —¡¡Que se vayan!! —grita con enojo, haciendo que las dos chicas, que aún estaban en la puerta, salieran corriendo despavoridas mientras que Donna, con más calma, se pune de pie y se sacude el uniforme. —Le avisaré cuando la cena esté servida. —Ya no quiero comer nada. Los labios de Donna se tensan, seguramente ya había empezado con la preparación, pero no dice nada al respecto. —De acuerdo, señorita. ¿Desea algo más? —pregunta en tono más formal, tomando nota de que Scarlet inspecciona con ojos aterrados cada rincón de la habitación. —No. Solo déjenme sola. —Donna asiente y empieza a darle la espalda—. ¡No! Aguarda... —Scarlet se acerca a ella, aún con esos ojos nerviosos y susurra, como si no quisiese que ni Dios la escuchara, cosa que confunde a su empleada tanto como la solicitud que hace—. ¿Podrías cubrir a los enanos con una manta? —¿Qué? —Donna la mira ahora sí como si hubiese perdido la cabeza. —¡Que les pongas una sabana encima, maldita sea! Un mantel... ¡Algo! Solo no quiero verlos... Y no quiero que se muevan. —¿Que se muevan? Pero seño... —¡Hazlo! Donna se queda en silencio unos segundos, mirandola fijamente, pero luego respiró profundo, pensando que, al fin y al cabo, no es la petición más rara que le ha hecho su jefa. Se limita a asentir. —Como ordene —dicho esto, sale de la habitación y cierra la puerta. Scarlet se sienta en la cama, y empieza a preguntarse entre murmullos qué diablos ha pasado, por qué se ha imaginado todo aquello. Preguntándose si realmente está tan cansada y estresada como para alucinar de esa forma. Observa una vez más a su alrededor y todo está en orden. Decide entonces que debe ser eso... Todo lo sucedido con Richard, el festival, Sissy reemplazándola, el anuncio de Ashlee, la muerte de John... todo la estaba llevando al borde. Tenía que ser eso. Se deja caer de espaldas y trata de recuperar el aliento. Cierra los ojos al tiempo que abre y cierra sus manos una y otra vez, como comprobando de nuevo que no está herida. Siente cómo poco a poco su pulso se normaliza y se va relajando hasta que se duerme... o al menos eso es lo que, un par de horas después, se dirá a sí misma para darle sentido a los eventos que le aguardan esa noche.
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