El cielo estaba enrojecido, como si presintiera que algo sangriento estaba por comenzar. Alessia observó la ciudad desde el ventanal de su habitación, con los puños apretados y la mente a mil por hora. No era solo la amenaza de su “hermana”, ni el recuerdo de su tío cayendo al suelo tras la última bala. Era algo más. Algo que la punzaba en el pecho, como una advertencia que no terminaba de comprender. Dante entró sin tocar, como si la tensión entre ellos se hubiera convertido en costumbre. Tenía la camisa arremangada, los ojos cansados y una herida mal curada aún fresca bajo el cuello. —¿Estás bien? —preguntó él, pero la respuesta era obvia. —Estoy viva. —Su voz era firme, pero distante. —Eso no es lo mismo que estar bien. Ella se giró lentamente hacia él. —¿Tú crees que esto se term

