El sabor metálico de la sangre aún le quemaba en los labios. Alessia tenía las manos manchadas, el corazón fracturado y la garganta reseca de tanto gritar su nombre. Pero Dante no despertaba. No parpadeaba. No se movía. —¡DANTE! —su voz desgarró el despacho como un trueno en plena tormenta. La habitación estaba hecha un caos: cristales rotos, muebles destrozados, paredes marcadas por las balas… y el cuerpo de Dante, desplomado, con una mancha roja creciendo sobre su camisa. —¡No te mueras, no ahora, no por mí! —susurró, arrodillada a su lado, presionando la herida con una mano temblorosa—. No puedes dejarme en esta mierda de infierno sola. Tú dijiste que ibas a protegerme… ¡Maldita sea, tú prometiste! Pero él no reaccionaba. La mansión aún olía a pólvora. En los pasillos, los últimos

