Capítulo 6, parte I: ¿Me recuerdas?

4887 Words
    Estaba orgullosa de mí misma.    Había llegado el domingo y no me involucré en ningún tipo de escándalo o inconveniente. ¡Hasta había logrado salir tranquilamente al super! Casi que saltaba de felicidad por haber podido caminar por las calles como cuando era una adolescente que soñaba despierta todo el tiempo.     Es más, salí con un par de compañeras de la industria a una cafetería del centro. Lo interesante es que cuando empezamos a hablar de nuestros proyectos, Eva Loreley, comentó que está trabajando junto con Dove Cameron. ¡Amo a esa chica! Casi que le hice jurar el poder al menos visitarla en el estudio para ver a Dove de lejos, a lo que ella aceptó entre risas por mi momento fangirl. Y fue ahí cuando se me ocurrió preguntarles sobre Dominick Eragon, pero ni siquiera pude formular del todo la pregunta cuando Pilar —más conocida como Persa Monroe en la gran pantalla—tuvo su momento de fanática loca gritando que le encantaría trabajar con él, lo mucho que ama sus películas y lo guapo que es. Tanto Eva como yo tuvimos que repetirle que se tranquilizara porque podría llamar la atención. Al final sí lo hizo, pero me no quise indagar más sobre el director.    Y es que, ¿por qué debería de interesarme su vida personal? Ya tenía la información necesaria de su vida profesional, esa que sí importaba porque iba a trabajar con a él. Pero ¿qué más daba si era todo un enigma andante? Ya me había quedado claro la otra vez que sólo decía lo justo y necesario. Por lo que decidí dejar de darle vueltas al asunto para poder disfrutar de esa especie de días libres que me quedaban junto a mi familia, porque estaba muy segura de que, a pesar de que esté viviendo con ellos, casi ni podría verlos una vez empezara el rodaje.    Entonces, en la noche del domingo, me di cuenta de que el hecho de tener tantos días tranquilos hacía que estuviera más intranquila; como si fuera la calma antes de la tormenta.    La abuela no insistió en salir conmigo ni nos sorprendió con alguna de sus locuras, mamá pasó casi todos los días en casa y no en la oficina como siempre, papá hizo reformas en la cochera con el tío Juan —cosa es preocupante porque papá es del tipo que rompe todo lo que toca, nadie quiere ir a la cochera ahora—, tanto Lolo como Toni se comportaron bien, el primero no se escapó a alguna fiesta y el segundo trajo notas decentes a la casa. Por mí parte, mi madre se dio cuenta del accidente cuando no vio mi auto, ya que lo había llevado al mecánico, pero ni se inmutó.    En serio, es escalofriante cuando deberían castigarte o al menos regañarte, pero no sucede nada.    Y, por último, pero no menos importante, la vecina de al lado dejó de gritarme asesina cada que pasaba frente a su casa —la cual por desgracia es la de al lado— . Luego de darles un entierro digno, o sea meterlas en una cajita, decir un padre nuestro y decirles cuánto las apreciaba —mentira, esas criaturas endemoniadas eran mis principales pesadillas desde que la abuela se ofreció a cuidar de ellas hace un par de años—, tuve hasta el gesto de comprar dos rosarios para que fueran las cruces de las tumbas. ¡Me esforcé eh! Pero no había forma de hacerle entender a la chiquilla que empujé la pecera por accidente.    ¿Cómo iba a saber que la abuela las había llevado a su habitación y que el bulto en la mesita de luz era Doña Ana y Don Alberto? ¡Yo solo fui a buscar sus píldoras como me dijo! Pero claro, le pareció gracioso gastarme una broma con esos bichos horrendos.     Y a pesar que desde hace ya dos días seguidos dejó de tirar piedras a mi ventana en la madrugada, es más, hasta puedo jurar que no he visto ni un atisbo de ella en la calle. Aún me dan escalofríos cuando salgo al pórtico de mi casa, pues Lily, la vecina de tan solo doce años, no es catalogada como el demonio de la cuadra por nada.    Lo que quiero resaltar, es que todo había sido casi idílico en mi hogar. Así que, eventualmente, ya me esperaba desastres y no me sorprendió para nada el caos un lunes a primera hora de la mañana.    Mamá está regañando a Lolo en los pasillos de la segunda planta, la abuela anda vestida como hippie persiguiendo a Toni por toda la casa para que tome uno de sus jugos raros, al tío Juan lo vi en la sala de cine tomando un trago y llorando mientras veía "Yo antes de ti". Por lo tanto, al llegar a la cocina ni siquiera parpadeé al ver a papá preparando el desayuno y cantando canciones de Britney Spears a todo pulmón.    Sí, como que a todos en esta casa les falta un tornillo.    —¿Ya te vas? —me pregunta una vez deja dos platos junto con dos tazas de café en la isla y se sienta frente a mí.    Sin demora, comienzo arrasar las tortitas de mi plato, deleitándome con su sabor. Jamás lo diré en voz alta, pero papá cocina mil veces mejor que mamá.    —Sí, en unos veinte minutos—le digo una vez puedo tragar el enorme mordisco que di.    Los ojos negros como el carbón de papá me observaron fijamente un par de segundos. Es casi una costumbre que me analice con extrema suspicacia. Él siempre fue muy observador y tranquilo, todo lo opuesto a mi madre que es explosiva e incluso hasta despistada a veces.    —¿Te llevo yo o lo hace Juan? —inquiere luego de terminarse su desayuno. Observa que mi plato también está vacío por lo que agarra los dos para llevarlos al fregadero, luego vuelve a sentarse en el mismo lugar con los codos apoyados en la isla.    Algunos mechones de su cabello, un poco largo ya, se colocan en su frente. Eso, junto a sus facciones y su expresión de tranquilidad, me hace recordar mucho a Toni. Mi hermano es casi una copia de papá sólo que, con la personalidad de Linda, además tiene mucha influencia por parte de Luis.      —¿Me llevas? El tío Juan está mirando esa película otra vez—comento sin evitar esbozar una sonrisa burlona.    Mi papá, el siempre serio Mason, me imita y hasta rueda los ojos con diversión.     —No lo quiere admitir, pero le tiene un amor a las películas tristes que es de no creer. Y después dice que yo soy un debilucho—comenta mordaz.    Hago un ademán para sacarle importancia en lo que me termino mi café. Nunca entenderé esa relación rara que tiene papá con su cuñado, en donde se tiran veneno a diestra y siniestra para luego ir a beber juntos.    —No vas a llevarme así, ¿cierto? —señalo su ropa de andar en casa. Un pantalón deportivo de quién sabe cuántos años y una camiseta de los Power Rangers.    —¿Por qué? — mira su vestimenta, luego levanta la mirada otra vez— ¿Acaso me queda mal?    —No, pero...—qué más da si él se ve así, ni siquiera saldrá del auto— olvídalo. Voy a terminar de aprontarme y vamos.    Él enarca una ceja, luego me señala con incredulidad.    —Yo ya te veo linda y presentable.    Observo lo que tengo puesto; un pantalón de vestir n***o junto con una blusa de vuelos esmeralda, quedando otra vez satisfecha de lo bien que combinan ambos y lo mucho que luce mi figura.   Me levanto del taburete de un salto, luego resueno mis uñas en la isla para después guiñarle un ojo a papá, quién mira divertido mi show.    —Lo sé, pero una siempre debe fijarse antes de salir—suelto, y sin esperar respuesta, camino hacia la salida de la cocina haciendo resonar los tacones en el suelo.    Paso por la sala de estar con rapidez, evitando el caos de gritos entre Toni y la abuela, así como los de mamá con mi primo en el pasillo.     Una vez entro al baño, voy directo al lavabo. Me cepillo los dientes, retoco mi leve maquillaje —el cual no es más que un poco de polvo, rímel y labial rosa—, arreglo algunos mechones de mi caballo con los dedos hasta que logran quedar quietos por la diadema negra. Me sonrío más que conforme con mi aspecto, simple pero formal a la vez. Mi cabello castaño oscuro cae en mis hombros en ligeras ondas y mis ojos almíbar parecen resaltar con la blusa esmeralda.     Es que traigo unos genes que… Niego con la cabeza, ya se me está empezando a pegar el narcicismo de Lolo otra vez.       Mi celular vibra encima del lavabo y asumo que son mis amigos deseándome suerte. Sonrío cuando leo las notificaciones con sus mensajes en nuestro grupo.    Jess:    Suerte reina!!!!!!!!    Ness:    Se dice “ten mucho éxito hoy”. Si le deseas suerte estás dándole malas vibras, tarada    Jess:     A QUIEN LLAMAS TARADA CABEZA DE HUEVO???   Ness:    Ten mucho éxito hoy amor, demuéstrales tu gran talento y déjalos con la boca abierta     Jess:    ME ESTÁS IGNORANDO??!!!!! ESTOY A TU LADO, MISERABLEEEEEE      Me es imposible no reír de sus tonterías. Y es que, aunque pasen años, ellos seguirán discutiendo sin parar, lo tengo más que asumido. Es por eso que sé que no debo darle importancia o se pondrán peor.    Si el público supiera que se comportan peor que niños peleando por juguetes.       Yo:    Gracias chicos uwu   Yo:    Más tarde les digo qué tal me fue    —¡Se te hace tarde, Ann! —grita papá dando golpes en la puerta.     —¡Ya voy!    Me apresuro a salir del baño y guardar el teléfono en mi bolso, que está colgado en el perchero de la entrada. Sin más, camino hacia la salida detrás del perezoso andar de papá, gritando un adiós a todo pulmón antes de cerrar la puerta.    (...) —Esa niña diabólica nos estaba mirando fijo—comenta en cuanto nos alejamos del vecindario.    Le miro de refilón para luego seguir buscando algo interesante en la radio del auto.     Bien dicen, piensa en el diablo y aparecerá.    —Ni te sorprendas, puede que ya no ande lanzando huevos a la puerta, pero de que me sigue odiando, lo hace—digo tratando de restarle importancia, y suelto un gritito de felicidad cuando logro dar con la emisora favorita tanto de papá como mía, la cual siempre pone canciones que a ambos nos gustan.     El resto del camino, la pasamos cantando a todo pulmón, riéndonos cada que nos detenemos en un semáforo y las personas nos miran raro cuando escuchan nuestros ladridos.    En cuanto llegamos al estudio, saludamos al guarda que nos da la luz verde para ingresar al estacionamiento. Nos miramos con renuencia cuando no tenemos otra que bajarle a la radio, aunque le hago prometer que él me fuese a buscar para seguir con nuestro concierto. A lo que acepta entre risitas, para luego carraspear y soltar ese discurso de padre protector para que tuviese cuidado, no aceptara malos tratos, entre algún que otro consejo exagerado.    —Papá, ya soy mayor. Sé cómo cuidarme—río, interrumpiendo su discurso.    Él estira un brazo para acariciar mi cabello con cariño.    —Eres mi bebita, una cosita babosa a la que prometí proteger.    —No sé si sentirme querida o insultada—bromeo, sacándole una corta carcajada.    Escucho cómo saca el seguro de mi puerta y luego señala al ascensor que da al interior del edificio.    —Ya ve, que llegarás tarde y luego estarás quejándote de que te regañaron.     Finjo indignación, llevándome una mano al corazón con un suspiro de total desconcierto.    —Esos trucos ya no funcionan conmigo, Ann. Mueve ese trasero que a mí también se me hace tarde—apremia con visible prisa.    —¿Tarde... para qué? —inquiero enarcando una ceja, sin disimular mi curiosidad.    Papá me guiña el ojo para luego, literalmente, pasar sobre mí y abrir la puerta del copiloto. Una vez más repitió el, horriblemente exagerado gesto, solo que señaló al cinturón de seguridad.     ¿Acaso cree que soy telepática o qué?     — No entendí ni madres — suelto rápido y en español sin siquiera pensarlo. Supongo que ver anoche la telenovela de la abuela hizo que se me volvieran a pegar las frases que ella grita viendo sus cosas.     Su cara de WTF es tan épica que no puedo evitar carcajearme.     Mason rueda los ojos mientras murmura un: “Suficiente tenía con mi suegra”. Una vez puedo calmar mis risas le vuelvo a decir que no entendí solo que en inglés.    —Hoy debo ir a la oficina en busca de nuevos manuscritos, ¿o es que acaso esta vez no quieres chismear los libros como siempre? — río por su fallido intento de hablar en español, pero trato de disimularlo con una tos fingida cuando me observa expectante con una ceja enarcada.    Dijo shismal JAJAJAJAJAJA.    Papá es editor en una muy reconocida editorial de LA, y como la mayor parte del tiempo trabaja desde casa soy propensa a ir a su oficina a leer los probablemente próximos libros best seller. De ahí esas comedias románticas que leo ocasionalmente. No negaré que leer algo que aún no ha salido al mercado es emocionante, sobre todo si toman un poquito en cuenta tu opinión en el proceso.     —Sí quiero —contesto, le doy un beso rápido, me desabrocho el cinturón y salgo a paso apresurado camino al ascensor del estacionamiento. Una vez estoy frente a las puertas, ladeo ligeramente la cabeza para ver el auto de papá partir y despidiéndose, tocando la bocina.    Mientras espero a que el ascensor llegue, saco mi móvil de mi bolso para comprobar la hora. ¡Santa María madre de Jesús! El director me va a matar, en mi primer día. ¿Que no la había cagado? Ja, aquí está la desgracia que estaba esperándome. Estoy llegando casi diez minutos tarde, todo por entretenerme con papá.     ¡Ten éxito y una mierda! Ya veo a Billy diciendo que había apostado a que duraría al menos hasta el segundo día, perfecto. Nótese el sarcasmo    —A la próxima le pido al tío Juan que me traiga, al menos querré salir del auto en cuanto comience a cantar como perro afónico. —comienzo a balbucear por los nervios— ¿Y esta cosa que? Estúpida cosa del diablo, ¿justo ahora te tomas el tiempo para tomar el tecito antes de andar? Y es que claro, cuando una va tarde el universo confabula para que te atrases aún más de ser posible y así obtener el odio del jefe quien parece no tolerar ni la más mínima fa… — me detengo de golpe en cuanto las puertas se abren y rápidamente entro a presionar el piso de reuniones, el número cuatro.     Casi me da un patatús cuando las luces de la caja metálica del diablo comienzan a tintinear.    —No dije nada, me retracto ¿bien? ¡Pido perdón por ser una bocazas! —digo mirando el techo como idiota.      La cosa endemoniada se detiene de golpe.    —¡Te pedí disculpas, mierda! — Y pum, se escucha la musiquita por lo que las puertas se empiezan a abrir lentamente en el cuarto piso.     ¡Casi me da un paro cardíaco, j***r!  Frente a mí está George, el abogado de mi jefe, mirándome con el ceño fruncido. Casi que suelto un suspiro de alivio de que no sea el director, casi, porque profesional ante todo.    —Señorita Crewe— saluda en un carraspeo. Se vuelve a escuchar la musiquita por lo que tanto yo como George detenemos las puertas con una mano.     Salgo del ascensor y me planto a tan solo un par de centímetros de él, observo fingiendo serenidad, aunque por dentro estoy rezando que no haya escuchado nada de lo que dije y chillando porque no sé si ahora debo saludarlo e irme o debo preguntarle indirectamente si me oyó. Opto por la segunda opción, ¿cómo podría quedarme tranquila con la posibilidad de que le diga a mi jefe lo cucú que estoy? No me puede despedir por el contrato, pero sí…    —Señor George —asiento con una tenue sonrisa.     Él mete una de sus manos en el bolsillo de su blazer gris, y no puedo evitar notar que es la primera vez que lo veo en algo que no sea un traje. Sino que es una simple camiseta blanca—color que debo decir le sienta muy bien— un jean azul claro  junto con unos tenis blancos.     Decir que estoy un poquito shockeada con su look es atenuar. ¿Qué? He crecido al lado de una mujer loca que no duda en silbar como camionero cada que pasa un hombre guapo. Mi abuela diría algo como: “Pero cómo se ha puesto la tecnología, estoy viendo un bombón que camina”. Así que el disimular ante la belleza masculina no está precisamente en mis genes, por más años de experiencia que tenga actuando.    Una vocecita en mi cabeza me hace caer en cuenta que el abogado está hablando, así que salgo de mis pecaminosos pensamientos para concentrarme en lo que sea que me esté diciendo.    —… día o tal vez mañana— parpadeo confundida, pero no dudo en asentir para pretender que escuché absolutamente todo lo que dijo.    —Por supuesto. Disculpe, pero ya me retiro que estoy llegando tardísimo— digo un tantito ansiosa.    —Está reunido en la doce— comenta con amabilidad, aún si su rostro solo exprese seriedad. Le agradezco y cuando estoy pasando a su lado, él murmura cerca de mi oído —. No eres la última en llegar— Volteo a contestarle, pero ya está entrando al elevador, por lo que decido seguir de largo.       Maldigo cuando me fijo que ya voy casi veinte minutos tarde pero, aunque esté en medio del pasillo, no logro ver la bendita puerta doce por ningún lado. Pocas veces he estado en esta planta por lo que se me es difícil ubicarme bien. Me acerco de una en una, y es la nueve, diez, once, trece… ¡¿se saltaron el número o qué?!     Siento un portazo a lo lejos junto con pasos firmes, observo a todos lados pero no veo nada. Por un momento creo que es mi imaginación, hasta que veo al  dem… a mi jefe doblar en el pasillo, viniendo a zancadas hacia mí.    Ten piedad de esta pobre alma.    Por los nervios, coloco las manos a mi espalda con la intención de concentrarme para disimular absoluta tranquilidad. Aunque debo admitir que el semblante impasible del director hace que mi expresión titubee un poco. Sobre todo, cuando se coloca a tan poca distancia que hasta logro ver sus labios en una fina línea de desaprobación.    —Buenos días — suelto con jovialidad, e incluso con una descarada sonrisa de alegría.     Para qué necesito enemigos si ya solita me hundo.     —Llega tarde — dice frío, hosco. Y si no fuera porque estoy acostumbrada a fingir, se notaría lo nerviosa e incómoda que me siento.     ¿Me disculpo por llegar tarde? ¿Me excuso? No, eso sería peor. Asume las consecuencias, Annelise. ¿Qué te pasa, eres adulta no? ¡Ponte los pantalones, mujer! No obstante, al verlo darse la vuelta y caminar por donde vino, me quedo con las palabras en la boca.     —Nos están esperando— agrega con autoridad, sin siquiera molestarse en voltear.  Por lo que decido dejar de cavar mi propia tumba e ir detrás de él en completo silencio.     Doblamos al final del pasillo a la izquierda y la primera puerta es la doce, maldición. Él la abre, dejándome pasar primero para luego cerrarla detrás de sí. Ni siquiera di dos pasos en la habitación, cuando cientos pares de ojos se posaron en mí. Mínimo hay unas treinta personas alrededor de una enorme mesa observándome fijamente, algunos incluso murmurando entre sí, si esto no fuera habitual sin dudas me incomodaría bastante. Sin embargo, sonrío a la espera de que me indiquen en donde sentarme.     Advierto a la imponente figura de Dominick Eragon a mis espaldas, no pudiendo evitar percibir un tenue olor a naranja en el proceso —la cual es demasiado atrayente para mi salud mental—, y luego un absoluto silencio en la sala.    —Les presento a Annelise Crewe, quien le dará vida al personaje de Amelia— declara el director con la firmeza característica de su voz grave. Todos saludan casi que en sincronía, luego él me señala un asiento vacío en medio de una morena de cabello rizado que me es imposible reconocer y un señor de unos cincuenta tal vez, con el cabello totalmente blancuzco. Por poco que me sale preguntarle cómo logra mantenerlo, porque tengo conocimiento de lo difícil que es teñirse de blanco.    Por el rabillo del ojo, veo al director sentarse a un par de asientos más adelante junto a un chico de barba y cabello largo, que transmite un aire de hípster o algo así.    —Soy Clear Bree, la que hace el papel de amiga— se presenta la chica a mi lado.     —Klaus Mohn, el abuelo— le sigue el señor arrastrando las palabras en un extraño británico muy marcado, hasta me estrecha la mano como si fuera un aristócrata o algo. ¿Será cierto que los británicos son tan educados y correctos como dicen?    —Lisa John, estilista— exclama una joven pelirroja bastante llamativa, no solo por su cabello sino por lo demasiado dulce que es su voz.     —Marcus Lawson. Haré de Rafael, uno de los mafiosos— dice el castaño de pelo un tanto largo, guiñando uno de sus ojos verdes con demasiada coquetería, llamando bastante la atención.    Se van presentando uno por uno, varios son del elenco, pero la mayoría son parte del equipo de producción, de sonido, vestuario, etc. Aunque ya al décimo en decir su nombre comencé a olvidarme quién era quién, por suerte luego nos dan identificaciones así es más fácil ubicarlos.     Cuando todos terminaron de identificarse, el director toma un fardo de papeles en la mesa. Nos mira a todos, fijando su mirada en cada uno.  Mas cuando llega a mí, frunce el ceño y voltea rápidamente al siguiente. Si así se enfada por llegar tarde no quiero ni imaginar cuando sale mal alguna escena.     Ay pobre de mí. No, no dejes que te afecte Ann, ¡tú puedes! Perfectamente podrías seguir fingiendo indiferencia y nunca se enteraría que te intimida un poquito.     Eragon carraspea para comenzar a hablar, pero unos golpes en la puerta le dejan con la palabra en la boca. Y no voy a negar que eso me dio cierta satisfacción, sobre todo cuando sale de la habitación bufando por lo bajo.     Todos nos observamos entre sí expectantes, preguntándonos en silencio quién podría ser. La ansiedad grupal aumenta cuando vemos al director entornar la puerta para luego salir y cerrarla detrás de sí. Nadie disimula querer escuchar con quién está hablando o de qué. Pasan un minuto, dos, tres hasta que por fin lo vemos entrar delante de un chico que camina cabizbajo. El director se aparta, dejando a la vista a un rubio bastante corpulento casi que de su altura vestido con jeans y chaqueta de cuero. Quien, por alguna razón se me hace bastante familiar.    —Preséntate —demanda el director con un leve desdén mal disimulado.     El chico suspira, para luego lentamente levantar la cabeza con una sonrisa de picardía pintada en su cara e incluso sus ojos índigos reflejan descaro.    —¿Para qué si ya nos presentamos antes? —pregunta con altivez, sin siquiera voltear a verle.    —Sólo hazlo — murmura a regañadientes Eragon.     Entonces el chico se fija en mí y enarca las cejas con curiosidad.    —Ah, ya entendí.     Todos los presentes observamos atentamente cómo pasa de él caminando lentamente alrededor de la mesa. Llega a mi lado, le susurra algo a la chica de mi lado, Clear si recuerdo bien, quien se levanta casi tan rápido como un parpadeo.    —Gracias, preciosa —dice dándole palmaditas en el hombro, Clear se sonroja, murmura algo y se dirige al asiento libre que está casi que en la punta de la enorme mesa. Entonces, sin más, él se sitúa a mi lado ante la vista expectante de todos.    —Bright — lo llama el director con voz helada, poniendo los pelos de punta a todos. Pero el chico vuelve a ignorarle, esta vez volteando a observarme con una sonrisa de oreja a oreja plantada en su cara.    Por el rabillo del ojo observo a Dominick bufar y dirigirse a donde estaba antes, sentándose bruscamente totalmente impasible. Trago con dificultad cuando repara en mi presencia con sus ojos tormenta totalmente oscurecidos, mientras que aún siento la mirada del tal Bright sobre mí.     —Crewe —dice y nunca mi apellido me había hecho sentir tanta ansiedad como ahora.     No titubees, no titubees. Aparenta que no te afecta.    —¿Sí?     — Él es Bright Keith, será Dylan, el protagonista—lo presenta, para luego observar a todos en general —. Ahora sí, demos comienzo a la primera reunión y a la lectura del guion. Mi asistente, Luke, se los irá repartiendo. Les pido que pongan su nombre completo en cuanto lo reciban, en la mesa verán un bolígrafo para cada uno.   Parpadeo incrédula, volteo a ver al director para luego volver al tal Bright tantas veces en menos de un minuto, que me empieza a doler el cuello y los párpados. Mas ni así logro entender un carajo lo que acaba de suceder. Tan ensimismada estaba en saber por qué la única que parece no saber nada en la sala soy yo, que incluso me sobresalto cuando el menudo pelirrojo pasa por mi costado, dejándome mi guion encima de la mesa.     Por el rabillo del ojo noto que todos están siguiendo a raja tabla las órdenes del director, apenas y se escuchan murmullos. Sin más preámbulo, me dedico a hacer lo mismo, así que busco el tal bolígrafo en la mesa, pero no lo encuentro. Frunzo el ceño cuando este aparece frente a mí, a centímetros de mi rostro. Giro la cabeza, encontrándome cara a cara con el rubio altivo y su sonrisa de granuja.     —¿Buscabas esto?    Tengo la intención de rodar los ojos, pero me detengo y simplemente hago una breve mueca de molestia casi que imperceptible antes de volver a mi semblante profesional.     —Sí, gracias —suelto cordial, agarrando el lapicero de un extremo. Sin embargo, Bright no tiene intenciones de soltarlo. Aprieto los labios con molestia, tragándome mil improperios hacia su persona.     —Annelise, ¿cierto? —asiento lentamente, él suelta el bolígrafo para apoyar su cabeza en su mano y enarca una ceja con curiosidad —¿Me recuerdas?   Niego, totalmente convencida de que jamás lo había visto en mi vida. Sí, me resulta familiar, pero sabría si lo conociera de algún lado.     — Nos presentaron en el rodaje de “Ladrona de Ramos” —asegura mas yo vuelvo a negar, Bright rueda los ojos sin dejar de sonreír. Incluso tiene el descaro de tomar un mechón de mi cabello con su otra mano —. No me sorprende que no te acuerdes, hace tres años no lucía como ahora.     Hago memoria de todas las personas que conocí en el rodaje de esa película mientras le analizo meticulosamente. Ojos índigos, cabello rubio platinado, lunar en el cuello, se apellida Keith...    —¡¿Bright Keith?! —exclamo en un jadeo totalmente estupefacta. ¡Claro, es el hermano menor de Charlie!   —¿Sucede algo? —preguntan varios a la vez y me doy cuenta que estamos bajo el foco de todos. Hasta el director nos observa curioso, aunque sin dejar su semblante imperturbable.    El hermano de Charlie voltea a ver a los presentes con tranquilidad, aún con el mechón de mi cabello envuelto en sus dedos.    —Nop, solo nos conocemos —responde jocoso. Disimuladamente le pateo bajo la mesa por soltar tal cosa en ese tono, pero él ni siquiera se inmuta.    —Tendrán tiempo de conocerse después, ahora enfóquense en leer que en breve les explicaré los horarios de cada uno —nos reprende con voz plana el director.    ¡Nos reprende! ¡Como si...agh!   Observo a Bright con enfado, pero él me guiña el ojo totalmente sereno. Le gesticulo que lea el libreto y que después hablaremos bien, a lo que responde tomando los papeles mientras se ríe bajito.    —Mi hermano te manda saludos —susurra en mi oído para luego volver a simular leer los papeles con tranquilidad.    No puedo evitar esbozar una leve sonrisa, que se borra al instante en el que siento los témpanos de hielo de Dominick Eragon.    Maldición, y esto recién empieza.    
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