MÁXIMO
Estamos sentados en una mesa apartada, rodeados por el murmullo de voces bajas y el tintineo de cubiertos de plata contra porcelana fina. El restaurante es una burbuja de lujo londinense, pero para mí no es más que otro escenario donde debo mantener el control. Mientras esperamos a que el mesero llegue con nuestras órdenes, el silencio entre Lara y yo se vuelve denso, casi sólido. Ella observa el lugar con una mezcla de fascinación y desconfianza, como si temiera que las paredes fueran a cerrarse sobre ella.
Decido romper la tensión y me sirvo una copa de un tinto reserva, dejando que el aroma a madera y frutos rojos llene el espacio entre nosotros. El color del vino es casi tan oscuro como mis propios pensamientos.
—¿Te gustaría una copa? —le pregunto, sosteniendo la botella con un gesto que pretende ser casual, aunque mis ojos no se apartan de ella.
—No, gracias. Nunca he probado el vino —me contesta, y me quedo viéndola con un asombro genuino que trato de ocultar tras la copa.
Vaya, esta niña es toda una santa. Me pregunto en qué burbuja de cristal la mantuvo encerrada su familia. En mi mundo, el alcohol es una herramienta, un refugio o un arma; ella, en cambio, parece ver la copa como si fuera un cáliz prohibido. Su pureza no solo me irrita por lo ajena que me resulta, sino que despierta en mí un instinto oscuro: el deseo de ser yo quien la corrompa, quien le enseñe que el mundo no es blanco ni n***o, sino de un gris profundo.
—Deberías probar un poco. Es un buen año y sé que te gustará —le digo, bajando la voz. Es casi una orden disfrazada de sugerencia.
Ella duda un segundo, pero finalmente asiente, quizás cansada de llevarme la contraria o simplemente curiosa. Le sirvo una copa, apenas un poco para empezar. Ella la toma con dedos temblorosos y, antes de que pueda advertirle, se bebe el líquido carmín de un solo golpe, como si fuera agua después de una larga caminata.
—Más despacio, pequeña —le digo con una risa seca mientras la veo arrugar el rostro—. O se te subirá el alcohol a la cabeza antes de que llegue la comida.
Como era de esperarse, el fuerte sabor del vino y el contacto directo con su garganta virgen la hacen entrar en un ataque de tos. Sus mejillas se tiñen de un rojo súbito que compite con el color de la bebida.
—¡Lo siento! —me contesta en medio de la tos, visiblemente apenada. Me mira con los ojos llorosos por el esfuerzo, y la expresión que tiene es idéntica a la de un cachorro al que acaban de regañar por algo que no comprende.
—No tienes por qué disculparte —le respondo, suavizando mi tono más de lo que pretendía—. Solo aprende a disfrutarlo.
Le doy una sonrisa de medio lado, observando cómo se relaja un poco. El mesero llega finalmente con nuestras órdenes: su pasta humeante y mi corte de carne en su punto. Comenzamos a comer en un silencio mucho más llevadero, interrumpido solo por los sonidos ambientales del restaurante. Sin embargo, noto que ella no deja de mirar la botella.
Después de unos minutos, Lara deja el tenedor de lado y me mira con una curiosidad que parece haber cobrado fuerza gracias a los primeros efectos del alcohol.
—¿Por qué se fueron tan rápido Luciana y el señor Aldo? —pregunta, intentando sonar indiferente.
—Digamos que Aldo no está del todo de acuerdo con la oferta que le acabo de proponer —le digo con desdén, cortando un trozo de mi carne—. Me ha pedido que reflexione unos días y que le presente otra oferta. Cree que puede regatear conmigo como si estuviéramos en un mercado de pulgas.
—¿Entonces pensarás en otra oferta? —pregunta ella, ladeando la cabeza.
—No. Yo solo hago una oferta una vez, y es la mejor que van a recibir. Sé que aceptará; lo hará por las buenas o por las malas.
Lara frunce el ceño, dejando que la palabra "malas" flote en el aire entre nosotros.
—¿Cómo que por las malas? ¿Qué significa eso exactamente?
Dejo los cubiertos y me inclino hacia ella, invadiendo su espacio personal. El aura de peligro que siempre me acompaña parece intensificarse bajo las luces tenues del local.
—Escucha, pequeña. Le he dado una oferta justa. Lo mejor para su bienestar, y el de su organización, es que la acepte. Él me conoce mejor que nadie, sabe quién soy y de lo que soy capaz. Sé que recapacitará y me dirá que sí antes del viernes. De lo contrario, será obligado a aceptar, y la manera en que yo obligo a la gente no es algo que quieras ver. No suelo ser paciente con los que obstaculizan mis negocios.
Ella traga saliva, pero en lugar de asustarse y callar como lo haría normalmente, estira la mano hacia la botella de vino. Sus movimientos son un poco más sueltos, más erráticos.
—Me sirves un poco más —dice, señalándome la botella.
Acepto, intrigado por este cambio de actitud. Vuelvo a llenar su copa y veo cómo la toma con más confianza. Me sorprende que, para ser alguien que nunca había probado el vino, ya lleve cuatro copas en menos de una hora. El alcohol está empezando a derribar sus muros, y lo que emerge es una versión de Lara que no conocía.
—Dime algo... esa mujer que llamó hoy, Stella... ¿Qué es lo que quería realmente? —me pregunta de repente, lanzando el nombre como un dardo.
Me quedo helado por un microsegundo. No esperaba que sacara el tema de la llamada, y mucho menos con esa franqueza. El asombro me recorre; sé que no se atrevería a cuestionarme así a menos que estuviera bajo los efectos del vino. Sus ojos están un poco más brillantes de lo normal y sus mejillas mantienen ese rubor constante.
—¿Te sientes bien? —le pregunto, tratando de desviar la atención.
Lara suelta una risita suave, una que suena peligrosamente encantadora.
—Claro que sí, me siento de maravilla. Solo quiero saber qué quería ella. Me dijo que era urgente que te comunicaras, que eras muy importante para ella... o ella para ti. No recuerdo bien —dice con un gesto vago de la mano mientras toma otro sorbo de vino.
—Nada importante, Lara. Asuntos del pasado que no tienen lugar en el presente —le contesto con firmeza, esperando dar el tema por cerrado.
Ella asiente, pero hay una chispa de rebeldía en su mirada. Sigue comiendo, aunque se nota que su interés está más en el líquido rojo de su copa que en la comida.
—Deberías dejar de tomar. El vino engaña a los que no lo conocen —le advierto, viendo cómo se sirve una quinta copa ella misma.
Lara me mira de mala gana, entornando los ojos.
—Disculpa, abuelo, pero sé perfectamente lo que hago. No necesito que me cuides como si fuera un bebé —me contesta.
Me quedo mudo por un instante antes de soltar una carcajada genuina. Nadie, absolutamente nadie en mi organización o fuera de ella, se atrevería a llamarme así.
—¿Acabas de llamarme "abuelo"? —le pregunto, recostándome en la silla, divertido por su audacia.
—Bueno... ¿cuántos años tienes? ¿Cincuenta? ¿Cuarenta? Es lógico que eres mucho mayor que yo —dice ella, riéndose también, una risa que ya suena claramente ebria—. Y otra cosa... puedo hacer lo que yo quiera. No porque estemos casados significa que tengo que hacerte caso en todo. Este matrimonio es un contrato, no una prisión de máxima seguridad.
En un segundo, la diversión se evapora de mi rostro. La risa se me muere en la garganta y siento cómo la mandíbula se me tensa. Esta cría me está retando. Piensa que porque le he dado un poco de cuerda y un par de copas puede pisotear mi autoridad y burlarse de la diferencia de edad que, aunque real, nunca ha sido un impedimento para que yo obtenga lo que quiero. Está ignorando deliberadamente las advertencias que le he dado durante días.
Me levanto del asiento, sintiendo una furia fría recorriéndome. Saco la cartera, dejo 1500 dólares sobre la mesa —mucho más de lo que cuesta la cena— y la tomo del brazo con una fuerza que no deja lugar a discusiones.
—Se acabó la cena. Nos vamos —sentencio.
La saco del restaurante casi a rastras. Ella intenta protestar, pero sus piernas no le responden con la misma rapidez que su lengua. El valet parking trae mi BMW y la subo al asiento del copiloto con movimientos bruscos. Lara se desploma contra el cuero del asiento, riéndose de nada en particular. Está más que ebria; está en ese punto donde la realidad se vuelve un chiste.
Arranco el coche, dejando atrás las luces del restaurante. El silencio del vehículo solo es roto por su respiración algo agitada y sus pequeñas risas contenidas.
—¿A dónde me llevas ahora, gran jefe? —me pregunta, arrastrando las palabras.
—Vamos al hotel. Necesitas dormir y que se te pase la tontería que traes —le contesto sin mirarla, concentrado en el camino, aunque mis nudillos están blancos de tanto apretar el volante.
Ella se ríe con ganas, una risa ronca que empieza a jugar con mis nervios.
—Tú lo que quieres es follarme, ¿verdad? —me pregunta de golpe, soltando las palabras con una crudeza que me obliga a frenar el auto de golpe a un lado de la carretera solitaria.
Giro la cabeza para verla. Sus ojos están entrecerrados, su coleta se ha soltado un poco y el vestido se ha subido por sus muslos. Me mira con una mezcla de desafío y algo más... algo que nunca había visto en ella.
—No, niña. No soy ese tipo de hombre. No pienso tomarte así, no estando en este estado —le digo con voz gélida. Mi orgullo me impide aprovecharme de su embriaguez, aunque por dentro me esté quemando.
Lara suspira, encogiéndose de hombros.
—Que lástima... quizás y si me lo pedías bien, hoy me dejaba —me contesta.
Antes de que pueda procesar sus palabras, se inclina hacia mí. Me toma por el cuello de la camisa y me planta un beso. Es un beso torpe, húmedo, con un fuerte sabor a vino tinto, pero tiene una urgencia que me golpea directo en el pecho. De un segundo a otro, la excitación me golpea con la fuerza de un tren de carga.
Siento sus manos pequeñas moviéndose por mi pecho. Una de ellas baja con una lentitud tortuosa, rozando mis abdominales hasta que llega a mi entrepierna, apretando con curiosidad mi m*****o, que ya está reaccionando violentamente a su cercanía.
—Estás duro... —susurra ella cerca de mi oído, y puedo ver cómo una sonrisa triunfal se le dibuja en los labios.
Esta niña me está volviendo loco. El autocontrol que tanto me jacto de tener se desmorona. La tomo del cuello con una mano, no para lastimarla, sino para asegurar su posición, y comienzo a besarla con una desesperación que no sabía que tenía guardada. La beso como si mi vida dependiera de ello, reclamando su boca mientras ella comienza a gemir, un sonido suave que se pierde en el interior del coche.
Bajo mis besos a su cuello, mordisqueando la piel sensible, y ella enseguida se arquea hacia atrás, entregándose al contacto. Una de mis manos sube hasta su seno, apretándolo por encima de la tela del vestido, y sus gemidos se vuelven más constantes, más necesitados.
—Luciana me dijo hoy... que no sabía de lo que me estaba perdiendo... y creo que tiene razón —balbucea ella entre suspiros.
Sus palabras son como gasolina al fuego. Sigo besándola mientras mi mano baja desde sus senos, recorre su vientre plano y llega a su entrepierna. Ella, lejos de cerrarse, abre las piernas rápidamente en el estrecho asiento, dándome paso libre.
Mi mano comienza a jugar con la fina tela de su panty, haciéndola a un lado hasta que mis dedos entran en contacto con su coño. Está húmeda, increíblemente húmeda, y el calor que desprende es embriagador.
—¡Qué rico...! —es lo único que dice, soltando un jadeo que termina de romper mi resolución.
Es suficiente. Necesito enterrarme en ella, necesito que entienda a quién pertenece, pero no quiero que el primer recuerdo real que tenga de nosotros sea en el asiento de un coche al lado de una carretera de Londres.
—Vamos al hotel. Allá te haré mía como es debido —le digo con la voz rota por la necesidad.
Ella asiente con la cabeza echada hacia atrás, sus ojos apenas abiertos.
Pongo el coche en marcha y conduzco a una velocidad temeraria. Me paso un par de luces rojas, ignorando las leyes de tránsito tanto como ella está ignorando sus propios miedos. Lara solo me sonríe desde su asiento, observando la ciudad pasar como un borrón de luces. Conduzco tan rápido que llegamos al hotel en menos de quince minutos. El motor del BMW ruge cuando me detengo en la entrada principal.
Respiro hondo, tratando de calmar los latidos de mi corazón antes de bajarme. Volteo a verla para ayudarla a salir, pero me quedo congelado.
Lara se ha quedado profundamente dormida. La cabeza le cuelga hacia un lado y su respiración es pesada y rítmica. El efecto del alcohol finalmente la ha noqueado por completo.
Maldigo en voz baja. Mi suerte se ha esfumado en el último segundo. El deseo que me recorre sigue ahí, punzante y doloroso, pero la ventana de oportunidad se ha cerrado. Con un suspiro de resignación, bajo del coche, rodeo el vehículo y la tomo en mis brazos. La cargo con cuidado, sintiendo su peso ligero contra mi pecho, y subo con ella por el ascensor privado hasta llegar al penthouse.
Entro en la recámara y la acuesto sobre la cama. Le quito los zapatos y la cubro con la manta, observándola dormir por un momento. Se ve tan pacífica, tan ajena al caos que acaba de desatar en mí.
Entro al baño y abro la llave del agua fría. Necesito una ducha que me baje el calor que esta cría ha dejado en mis venas. Mientras el agua helada golpea mi espalda, me doy cuenta de la ironía de la situación.
Otra vez más tendré que masturbarme para buscar algo de alivio. Al parecer, su entrega solo fue el efecto pasajero del vino, una promesa borrosa que se desvaneció con el sueño, dejándome a mí, el hombre que supuestamente lo controla todo, preso de una necesidad que ella ni siquiera recordará mañana.