LARA
El despertar fue un castigo lento y martirizante. La luz de Londres, generalmente gris y benevolente, hoy se filtraba por las pesadas cortinas del penthouse como si fueran cuchillas de plata apuntando directamente a mis ojos. Sentí un martilleo rítmico detrás de mis sienes, un recordatorio constante de que mi cuerpo no estaba diseñado para los excesos que, por alguna razón que aún no terminaba de procesar, cometí la noche anterior.
Me removí entre las sábanas de seda, sintiendo el roce frío de la tela contra mi piel. Estaba extrañamente ligera. Al bajar la mirada por debajo de la manta, un grito de horror quedó atrapado en mi garganta. Llevaba puesta solo una camiseta de algodón blanco que me quedaba inmensa y mi ropa interior. ¿Dónde estaba el vestido n***o? ¿Dónde estaba el collar de diamantes?
Cerré los ojos con fuerza, tratando de obligar a mi memoria a reconstruir el rompecabezas de las últimas doce horas. Los fragmentos llegaron de golpe, como ráfagas de viento helado.
Recordé el restaurante. Recordé a Luciana y sus palabras sobre la lealtad y el placer. Recordé el vino… Oh, Dios mío, el vino. El sabor amargo y dulce bajando por mi garganta, la sensación de que el mundo se volvía más blando, más fácil de manejar. Recordé haber llamado «abuelo» a Máximo. Un gemido de vergüenza escapó de mis labios y me cubrí la cara con las almohadas. ¿Cómo pude ser tan imprudente? ¿Cómo pude soltar semejante insolencia frente al hombre que sostiene el hilo de mi vida y la de mi madre?
Pero entonces, el recuerdo se volvió más nítido. Más físico.
Sentí el fantasma de la tapicería de cuero del coche contra mis muslos. Recordé la oscuridad de la carretera y el coche deteniéndose de golpe. Y luego… el calor. Un calor abrasador que no tenía nada que ver con la calefacción del vehículo.
Me vi a mí misma inclinándome hacia él. Recordé mis manos —esas manos que solían unirse en oración en la capilla— enredándose en su camisa, tirando de él con una urgencia pecaminosa. El recuerdo de sus labios sobre los míos me golpeó con la fuerza de una excomunión. No había sido un beso suave; había sido una colisión de dientes, lengua y necesidad. Recordé el sabor a tabaco y autoridad que emanaba de él, y cómo, en lugar de apartarme, yo había profundizado el contacto.
Un calor sofocante comenzó a subir desde mi pecho hasta mis mejillas. Me sentía arder. Pero lo peor no fue el beso. Fue lo que siguió.
Sentí de nuevo, con una claridad aterradora, su mano subiendo por mi pierna. Recordé la sensación de sus dedos largos y rudos apartando la seda de mi ropa interior. Recordé el sonido de mi propia voz, un jadeo que no reconocí como mío, llamando a un placer que mi mente siempre había catalogado como pecado mortal. «¡Qué rico!», me escuché decir en el eco de mi memoria.
—No, no, no… —sollocé contra la almohada, sintiendo que el sonrojo se extendía por todo mi cuerpo hasta las puntas de los dedos de mis pies.
Mi corazón comenzó a latir con una fuerza salvaje. No era solo la vergüenza de haber perdido el control; era algo mucho más peligroso. En el centro de mi vientre, una pequeña y persistente pizca de deseo, un hormigueo que nunca antes había experimentado, comenzó a florecer. Mi cuerpo recordaba su tacto con una traicionera nostalgia. Recordé la dureza de su m*****o contra mi mano y, por un segundo, mi imaginación voló hacia lo que habría pasado si no me hubiera quedado dormida. Imaginé sus manos despojándome de todo, su peso sobre el mío, la culminación de ese fuego que él mismo había encendido en el coche.
Fue entonces cuando mis pensamientos puros, aquellos que habían sido cultivados durante años de devoción y castidad, alzaron un muro de acero.
«Detente, Lara. Por el amor de Dios, detente», me increpé a mí misma.
La imagen de la Virgen en la pequeña capilla de mi pueblo vino a mi mente, con su mirada serena y llena de gracia. Me sentí como una traidora. Yo quería ser monja. Yo quería entregar mi vida al espíritu, a la oración, a la pureza absoluta. ¿Cómo podía estar aquí, en una cama de lujo en Londres, deseando el toque de un hombre que era un asesino, un pecador, un hombre que se había acostado con una asistente de vuelo hacía apenas unos días?
—Es el demonio tentando tu carne —susurré para mí misma, tratando de usar las palabras de mi tío para calmar la tempestad en mi interior—. Es solo el efecto del alcohol que aún nubla tu juicio. No lo deseas a él, solo deseas el pecado porque estás débil.
Me senté en la cama, respirando agitadamente. Tenía que recuperar el control. Máximo Bernard no era mi salvador, era mi dueño. Un hombre que me chantajeaba con la vida de mi madre no podía ser objeto de mis fantasías. Sin embargo, el recuerdo de cómo me sostuvo en el coche, de la intensidad de su mirada cuando me dijo que me haría suya en el hotel, se negaba a desaparecer.
Me levanté y caminé hacia el espejo del tocador. Mi reflejo me devolvió la imagen de una desconocida. Mis labios estaban ligeramente hinchados, mis ojos tenían un brillo turbio y mi cabello estaba en un desorden total. Me toqué el cuello, justo donde recordaba que él había hundido su rostro. Un escalofrío me recorrió, y por un momento, cerré los ojos deseando que él estuviera allí de nuevo para terminar lo que empezamos.
—¡Basta! —grité en un susurro, golpeando el borde del mueble.
Me dirigí al baño con la intención de darme una ducha helada. Necesitaba purificarme, necesitaba que el agua borrara el rastro de sus manos invisibles. Mientras me despojaba de la camiseta inmensa —que claramente era de él, lo cual me hizo sonrojar aún más al darme cuenta de que él me había desvestido—, me obligué a rezar un Ave María en voz baja.
“Dios te salve, María, llena eres de gracia…”
Mis labios recitaban las palabras, pero mi mente me traicionaba. Con cada frase de la oración, una parte de mí recordaba la presión de sus dedos en mi piel. Era una lucha encarnizada entre mi alma y mi biología. Me metí bajo el agua fría, soltando un jadeo cuando el impacto del hielo golpeó mi cuerpo.
«Él es un ninfómano», me repetí, intentando recuperar el odio que sentía por él. «Él es un hombre que usa a las mujeres. No eres especial para él, solo eres una propiedad más. Recuerda a Stella. Recuerda a la asistente del jet».
El agua fría cumplió su propósito a medias. Logró bajar la temperatura de mi piel, pero el nudo en mi estómago seguía ahí. Salí de la ducha y me envolví en una toalla, sintiéndome un poco más dueña de mis actos. Al regresar a la habitación, me encontré con un par de bolsas de compras sobre la cama que no estaban allí antes.
Me acerqué con cautela. Dentro de una de las bolsas había una caja pequeña y elegante. La abrí. Era un teléfono móvil de última generación, de un color dorado suave. Al lado, había una nota escrita con una caligrafía firme y aristocrática:
> “Para que no tengas que pedir servilletas prestadas a desconocidos. Luciana te llamará a mediodía. Pórtate bien, abuela.
> —M.”
>
Mi corazón dio un vuelco al leer la palabra «abuela». Me estaba devolviendo la burla de anoche. Volví a sonrojarme, esta vez por una mezcla de rabia y una extraña alegría que no quise admitir. Él me había escuchado, se había burlado, pero también me había dado lo que necesitaba.
En la otra bolsa había un conjunto de ropa para el día: unos pantalones de tela fina en color crema y una blusa de seda verde esmeralda que resaltaría mis ojos. Todo era de una calidad exquisita, pero me sentía abrumada. Cada regalo de Máximo se sentía como un eslabón más en la cadena que me ataba a él.
Me vestí con rapidez, tratando de no pensar en que sus manos habían elegido estas prendas para mí. Me peiné con cuidado, ocultando mi nerviosismo detrás de una apariencia pulcra. Justo cuando terminaba de ponerme los zapatos, escuché que la puerta de la suite se abría.
Mi respiración se detuvo. Sabía que era él.
Me quedé de pie junto a la ventana, mirando hacia el horizonte de Londres, tratando de invocar toda la rectitud moral que me quedaba. No podía permitir que viera en mi rostro que recordaba el coche. No podía dejar que supiera que, por un momento, yo había deseado ser suya.
—Vedo que ya has despertado —su voz retumbó en la habitación, enviando una vibración directa a mi columna vertebral.
Me giré lentamente, tratando de mantener mi expresión neutra. Él estaba allí, impecable como siempre, con un traje gris oscuro que le quedaba como una segunda piel. No parecía haber dormido en toda la noche, pero su energía era arrolladora. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en mis labios.
—Buenos días —dije con la voz un poco ronca—. Gracias por el teléfono… y por la ropa.
Máximo se acercó a mí, acortando la distancia con esa seguridad depredadora que tanto me asustaba. Se detuvo a escasos centímetros, obligándome a levantar la cabeza para mirarlo.
—¿Recuerdas algo de anoche, Lara? ¿O el vino borró por completo tu memoria de “santa”? —preguntó con una sonrisa cargada de malicia.
Sentí que mis mejillas se encendían de nuevo. El calor era insoportable. Quise mentir, quise decir que no recordaba nada después del postre, pero mi mirada me traicionó.
—Recuerdo… algunas cosas —susurré, bajando la vista hacia sus zapatos perfectamente lustrados.
—¿Ah, sí? ¿Recuerdas haberme llamado abuelo? ¿O prefieres recordar lo que pasó en el asiento trasero de mi coche?
El silencio que siguió fue atronador. Mi mente gritaba por auxilio, pidiendo a Dios que me diera la fuerza para rechazarlo, pero mi cuerpo… mi cuerpo traicionero se inclinaba sutilmente hacia él. La pizca de deseo volvió a encenderse, recordándome la sensación de su mano entre mis piernas.
—Fue el alcohol, Máximo. Yo no soy así —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque temblaba como una hoja en otoño—. Yo… yo iba a ser monja. Mis pensamientos no deberían estar en estas cosas. Lo que pasó fue un error, una debilidad de la carne que no volverá a repetirse.
Él soltó una risa baja y oscura, inclinándose hacia mi oído. Su aliento cálido me hizo estremecer.
—Puedes rezar todos los rosarios que quieras, niña. Puedes intentar convencerte de que tu alma es pura, pero anoche tu cuerpo dijo algo muy distinto. Y te aseguro una cosa —hizo una pausa, y su voz se volvió un susurro peligroso—: me gustó mucho más la Lara que me pedía placer que la que ahora intenta esconderse detrás de una castidad hipócrita.
Se apartó y me miró con una intensidad que me dejó sin aliento.
—Luciana vendrá por ti en una hora. Disfruta de tu día de compras. Y Lara… —se detuvo antes de salir de la habitación—, no te molestes en pedirle perdón a tu Dios por lo que sentiste anoche. Porque antes de que este viaje termine, vas a sentir mucho más.
Salió de la habitación cerrando la puerta con firmeza, dejándome allí, temblando de rabia, de vergüenza y de un deseo que empezaba a odiar. Me dejé caer en una silla, apretando el teléfono contra mi pecho.
«Dios mío, ayúdame», supliqué mentalmente. «No dejes que me pierda en él. No dejes que olvide quién soy».
Pero mientras miraba el vestido verde que él había elegido para mí, una pequeña parte de mi corazón, esa parte rebelde que el convento nunca pudo domesticar, se preguntó qué se sentiría al dejar de luchar. Se preguntó qué se sentiría al entregarse por completo a la oscuridad que Máximo Bernard ofrecía.
Me sacudí la idea de la cabeza, horrorizada por mis propios pensamientos. Me levanté y me dirigí al espejo para retocar mi maquillaje. Tenía que ser fuerte. Tenía que ser la mujer virtuosa que me enseñaron a ser. Pero mientras me miraba a los ojos, supe que la batalla apenas comenzaba, y que mi mayor enemigo no era Máximo, sino el despertar de mi propio cuerpo.
El teléfono vibró en mi mano. Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla:
"¿Lista para un poco de libertad, Lara? Te espero abajo en 20 minutos. —Luciana."
Suspiré, tratando de serenar mi pulso. Salir con Luciana sería bueno. Quizás ella podría darme las respuestas que tanto necesitaba. Quizás ella podría enseñarme a vivir en este mundo sin perder mi alma en el proceso. O quizás, como todo en este lugar, solo sería otro paso hacia el abismo que Máximo había cavado para mí.
Me puse el abrigo, tomé mi bolso y salí de la habitación, tratando de dejar atrás el eco de aquel beso prohibido que aún quemaba mis labios.